La media naranja del lector

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Para enamorarse de un libro solo hay un método seguro: leerlo. (Foto: ACN)

El mejor envase que se ha inventado para la imaginación es el libro

Llegué de la Feria del Libro, es ahora que estoy en la feria del libro. No ensayo un retruécano: en realidad, la verdadera fiesta comienza cuando, ya en casa, empiezas a leer los ejemplares adquiridos.

En la Feria del Libro no hay tiempo para la lectura: saludas a aquel, conversas con el otro, asistes a la presentación de una obra… Yo voy a las presentaciones de libros más por compromiso con el autor que por necesidades literarias. Prefiero hojear con calma, de pie frente al estante, ver por mí mismo si el texto azuza la imaginación. Me escapo entonces a los pabellones donde exhiben las novedades, pero siempre aparece un conocido.

Todo lo creado por el hombre primero debió ser imaginado. En la imaginación opera la máquina más perfecta, se funda la ciudad más bella; podemos ser artistas famosos o campeones olímpicos. Son tan libres nuestros pensamientos que en ellos podemos modificar el pasado, inventar el futuro, abolir las leyes de la Física. El mejor envase que se ha inventado para la imaginación es el libro.

Son tan libres nuestros pensamientos que en ellos podemos modificar el pasado, inventar el futuro, abolir las leyes de la Física. El mejor envase que se ha inventado para la imaginación es el libro.

Pero lo único que no puede hacer la imaginación es imaginar lo que otro ha imaginado. Además, la mayoría de las presentaciones son, en esencia, lo mismo. Reducidas a sustancia, son loas al amigo, gestión de venta, pretendida ingeniosidad, despliegue de citas y conocimientos técnicos. Naturalmente, alguna vez la promoción superó la obra, pero las excepciones solo confirman la regla.

¿Entonces para qué sirve una Feria del Libro? Bueno, para lo mismo que sirve un banquete. ¿A quién no le gusta ir a un banquete? ¿Cuándo los humanos hemos renunciado a lo espectacular y excelso? Es el holgorio de los libros, donde uno come y bebe más con el espíritu que con el cuerpo. Suerte de orgía espiritual, laberinto de la múltiple seducción.

Ese es un punto de vista, desde luego: hay otros más tangibles. Allí los editores exponen sus catálogos; los libreros maximizan ventas; los organizadores promueven la literatura y los escritores pretenden que te enamores de su libro. Sin embargo, para enamorarse de un libro solo hay un método seguro: leerlo. Es como enamorarse de una mujer. Nada resuelve que te digan: tiene 90-30-90 de busto-cintura-cadera; es bellísima e inteligente… Tienes que verla y conversar con ella.

El lector no es un voyeur, sino alguien que complementa la actividad creativa. Aporta la escenografía, da rostro a los personajes, se desdobla en cada uno de ellos y termina sufriendo o alegrándose por sus destinos. La relación entre libro y lector es de media naranja. Por eso una obra literaria casi siempre supera su mejor versión fílmica.

Y tampoco un amor progresa si no estimula soñar. El lector no es un voyeur, sino alguien que complementa la actividad creativa. Aporta la escenografía, da rostro a los personajes, se desdobla en cada uno de ellos y termina sufriendo o alegrándose por sus destinos. La relación entre libro y lector es de media naranja. Por eso una obra literaria casi siempre supera su mejor versión fílmica.

He visto varias películas o series basadas en obras literarias: Madame Bovary, Ana Karénina, El Quijote… ¡Horror! La cámara funciona como una prótesis de la imaginación: pruebe usted a correr 100 metros con una pata de palo y será lo mismo. Y más se sufre cuando es necesario mostrar los pensamientos del personaje.

En un libro el monólogo fluye de modo natural: las ideas y las emociones no son meras abstracciones, sino hechos que por lo común superan en intensidad la acción física; pero cuando en la película aparece un personaje no muy bien justificado, uno dice: ¡Caramba!, lo incluyeron para que el protagonista comunique sus pensamientos. Ya sabemos, menos lógico parecería que de pronto este empezase a hablar solo. Ciertamente, hay un poco de colonización en la filmografía. El director no solo impone el paisaje, el vestuario y demás tramoyas; también pretende que te seduzca la mujer que él considera más bella. No sé, a mí casi siempre me gusta más la contrafigura o la actriz secundaria.

En un libro el monólogo fluye de modo natural: las ideas y las emociones no son meras abstracciones, sino hechos que por lo común superan en intensidad la acción física; pero cuando en la película aparece un personaje no muy bien justificado, uno dice: ¡Caramba!, lo incluyeron para que el protagonista comunique sus pensamientos. Ya sabemos, menos lógico parecería que de pronto este empezase a hablar solo.

Pero también imaginar es más barato. El libro se ahorra todos esos carísimos despliegues pirotécnicos a que acostumbran las películas modernas: no hay explosión ni incendio como el que puede generar la mente. Ninguno tampoco es más auténtico.

Esto lo sabían muy bien los griegos de Homero, inventores de su propio “cine”. En el caos de estrellas cada noche veían desfilar sus mitos y hazañas. Nos es difícil imaginarlos bocarriba para que en lo alto surgieran batallas y monstruos. Cada constelación era un capítulo: Hércules, el León de Nemea, Cástor y Pólux, el enamoradizo Orión… Imagino el sobresalto de algún chico cuando de pronto le mostraban a Algol, una curiosa estrella en la constelación de Perseo. Como esta varía periódicamente su brillo, era comparada con el ojo mortal de Medusa. Para nada era gracioso que de pronto la Gorgona pudiera convertirlo en piedra.

Hablando de piedras, en 1969 Neil Armstrong fue el primer humano que puso un pie en la Luna, un viaje que costó miles de millones de dólares. Sin embargo, para los griegos la Luna era una mujer bellísima: la diosa Selene. Supongo que alguna tarde, cuando la Luna llena asomaba en el horizonte, un aqueo le diera un codazo a otro y suspirante dijera: ¡Qué hermosa! Con absoluta seguridad no veía una gran roca cubierta de cráteres, sino los pechos rutilantes de Selene. Y para viajar hasta ella no hacía falta nave espacial.  

Julio Verne fue un viajero incansable. En su imaginación, desde luego, porque en lo físico apenas anduvo por Escocia y Escandinavia. Con él no solo viajé a la Luna, sino que también di varias vueltas al mundo, incluyendo las profundidades oceánicas. Qué manera de conocer otras culturas sin apenas él salir de Francia y yo, de Taguasco. Mi padre, que era un lector voraz, visto el flaco presupuesto de la casa, solía decirme: “No te comas un helado, mejor viaja al centro de la Tierra”.

Por otra parte, tengo algunos amigos que se suponen universales porque se hicieron un selfie en el Partenón y otro en la Torre Eiffel. A veces da la impresión que les basta comerse un sushi en Okinawa para titularse en historia de Japón. Bajo esa óptica, inculto sería Lezama, que apenas estuvo en Jamaica y México, y solo por breve tiempo. Analfabeto Tolstoi, que jamás salió de Rusia. ¿Pero alguien en este mundo puede considerarse más universal que estos dos grandes “viajeros inmóviles”?

Es asombroso, muchas personas gastan una fortuna y arriesgan salud drogándose en vez de leer. Un gramo de cocaína es más caro que un gramo de oro; y ¿para qué sirve? ¿Para alucinarse o sentirse eufóricos? ¿No es más sano y barato leer a Kafka o a Cervantes?

Es asombroso, muchas personas gastan una fortuna y arriesgan salud drogándose en vez de leer. Un gramo de cocaína es más caro que un gramo de oro; y ¿para qué sirve? ¿Para alucinarse o sentirse eufóricos? ¿No es más sano y barato leer a Kafka o a Cervantes?

En fin, aquí estoy con la carga de libros que me traje de La Habana: buenos, bonitos y baratos como dice el eslogan. Leo y escribo, leo y escribo, porque son fábricas de la imaginación. Ciertamente, recién he llegado de un largo viaje; pero no tan largo como el que ahora emprendo sin siquiera salir de casa. 

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