Las corduras del Psiquiátrico (+fotos) – Escambray

Las corduras del Psiquiátrico (+fotos)

Casi un centenar de pacientes reciben los servicios que se brindan en la instalación hospitalaria. La reparación constructiva del centro y la elevada calificación del personal ha mejorado notablemente la calidad de la atención a los pacientes. Durante más de cinco décadas, amén de tratamientos médicos, allí también se cobijan orfandades

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La institución también deviene escenario docente. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Iván no sabe nada: ni de sus padres ni cómo llegó allí y mucho menos recuerda cuántos años pesan en aquel cuerpo encogido de siempre. Solo oye, a veces, que dicen que lo trajeron a los 14 años y que parece tiene el mismo tamaño y que tras aquellos muros aprendió lo poco que habla.

Lo único que sabe Iván, a fuer de escucharlo, es que su casa está en Topes de Collantes y que la única vez que lo montaron en una guagua y lo pararon frente a la que fue su vivienda se resistió a poner un pie fuera del carro. Lo que verdaderamente tiene claro Iván es que su hogar, desde hace mucho, es aquel lugar, el cual él ni imagina que se llama Hospital Psiquiátrico Docente Provincial.

Es la cobija de muchos Ivanes. Ha sido así por muchos años, tantos que, actualmente, casi un centenar de pacientes reciben los servicios que se brindan en la institución hospitalaria.

Y aunque con el tiempo se han renovado las salas de hospitalización, se han perfeccionado tratamientos, se han modernizado los equipos, se ha calificado todo el personal… siguen moviendo las mismas esencias: sanar desde los afectos.

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Ángel López Espinosa, director del hospital. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

EN EL PRINCIPIO: UNA CASA

Cuando el médico Barrios llegó al sanatorio, que comenzó a conocerse más allá de los límites de Cabaiguán con el propio nombre del galeno, solo tenía a mano una enfermera y pocas camas para atender a tantos pacientes. Corría 1960 —porque la construcción del centro había empezado un año antes— y de a poco le comenzarían a crecer servicios y más servicios.

Según el licenciado en Enfermería Ángel López Espinosa, actual director de la institución, el Hospital Psiquiátrico no es ni la sombra de lo que era antes. “Todas las salas se reconstruyeron —asegura—.  Nosotros no teníamos aquí una central de esterilización que cumpliera el flujograma como tal y ya tenemos una que se ajusta a las normas internacionales. Se dispone de un laboratorio con todo el equipamiento nuevo, tenemos dos lavadoras de última tecnología con dos secadoras y una cámara de frío, pues antes los alimentos que requerían refrigeración había que llevarlos a otros centros, y, además, está aprobada la adquisición de una máquina para una cámara de mantenimiento”.

A tantas inversiones se añade la renovación de una cocina comedor que ha pasado del fogón de leña y de queroseno a los más modernos equipos. “Esa inversión ronda los 700 000 CUP, sostiene López Espinosa, y debe quedar terminada este año. Lo que nos va quedando es la lavandería, el supiadero y el pavimento de toda la institución”.

Pero, quizás, lo más relevante sean las salas de hospitalización totalmente reparadas —durante el 2016 hasta se logró independizar la sala de hombres con patologías crónicas de la de las mujeres—, donde existen desde camas nuevas con sus cubrecamas y colchones hasta televisores.

A juicio de la doctora Lianna María Martínez Rodríguez, especialista de primer grado en Psiquiatría y vicedirectora de Asistencia Médica del centro, resulta notable la mejoría de las condiciones para la atención a los pacientes.

 “El año pasado se abrió la sala de psiquiatría forense, que tiene un carácter territorial, la cual cuenta con un sistema cerrado de cámaras, porque allí se ingresa a personas que, en un estado de enajenación mental, como no tienen la capacidad de discernir sus actos, de seguir su conducta, cometen hechos de gravedad y se consideran peligrosos socialmente. Están allí hasta que el terminal dictamine que se pueden reinsertar a la sociedad”.

Ha venido a completar otros servicios, entre los que figuran el cuerpo de guardia —abierto las 24 horas—, las salas para pacientes con patologías agudas, las instalaciones habilitadas para larga estadía y el local para la terapia electroconvulsivante —popularmente llamado electroshock—, en la que se cuenta con un novel equipamiento.

“Aquí se reciben pacientes remitidos por otros especialistas; desde otras instituciones de salud y los que llegan espontáneamente. Las afecciones más frecuentes que se ingresan son las esquizofrenias en brote de agudización, los trastornos afectivos bipolares descompensados —ya sea en episodio maníaco o depresivo—, los trastornos psicóticos agudos, las discapacidades intelectuales en agudización —antiguamente llamado retraso mental— y los trastornos esquizoafectivos”, revela Martínez Rodríguez.

Más de un centenar de camas se dispone para tratar tantas enfermedades y aún son insuficientes. Aseguran los especialistas que la veintena de camas que resta para completar la capacidad del hospital se habilitarán este año, lo cual, a la postre, saldará otra deuda: disponer de una sala de aislamiento para atender los casos en la propia instalación sin necesidad de remisiones.

“Todavía nos golpea que no poseemos ambulancia y para el traslado de los enfermos dependemos del control. No tenemos aquí los medios diagnósticos necesarios ni otros especialistas, si alguien necesita traslado a otra institución de salud, a veces, hay que hacerlo en nuestros propios carros”, acota López Espinosa.

Luego de tratamientos, algunos logran compensar sus afecciones en 45 días, a lo sumo, mientras que otros requieren de ingresos más prolongados para rehabilitarse; pero a todos les ponderan los mismos cuidados, los mismos chequeos estrictos, los mismos desvelos.

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La calificación del personal ha garantizado una mejora en la atención a los pacientes. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

  DOSIS DE SENSIBILIDAD

De un lado a otro de la sala se siente el sonido intermitente de las chancletas sobre el piso. La mujer, enfundada en una bata de casa estampada, vuelve una y otra vez sobre sus pasos. La vista fija y el y venir a deshora, casi por inercia. Ese otro es su mundo.

Y se sabe. Más de una vez hasta Yanisleidy Mesa Vadés, licenciada en Enfermería y supervisora del hospital, ha tenido que levantarse de la silla y contener esas pisadas interminables.

“Es una labor compleja —reconoce la enfermera—, porque muchos no hacen caso debido a la afección que padecen. Tenemos que supervisar todos los procesos: el horario de los medicamentos y que se los tomen, el de sueño, la alimentación, el baño… Muchos requieren de cuidados especiales, otros gritan por las noches o deambulan, pero hay que tener mucha paciencia y sensibilidad”.

Para atender a quienes requieren ingreso no basta el personal médico y de enfermería, también se precisan de asistentes de enfermería, psicólogos, fisiatras, nutricionistas… y, más allá de tratamientos médicos que se garantizan a capa y espada, también existen otros espacios como los terrenos de pelota que sirven para apoyar terapias.

A ello se añade la exigencia de la superación del personal, la acreditación del Psiquiátrico para servir de escenario docente no solo a alumnos de pregrado, sino también a residentes de Psiquiatría y la inclusión hasta de un epidemiólogo en el equipo de médicos que prestan servicios allí. “Se ha logrado humanizar mucho más el trato al paciente”, afirma Martínez Rodríguez.

Pero, pese a que se ha elevado la calificación del personal —desde especialistas hasta asistenciales—, la fluctuación de los trabajadores sigue siendo un mal crónico. Quizás, porque lidiar con el desvarío ajeno precisa más que lucidez.

“Nosotros somos quienes les hacemos todo a los pacientes —cuenta Elizabeth Fernández Oliva, una joven asistente de Enfermería—. Yo comencé trabajando en la cocina y luego venía a traerles la comida a los que ingresan en esta sala. Me fui enamorando de este trabajo hasta que me hice asistencial. A veces hay que darles la comida, hay que velarlos, cambiarlos si se orinan… es una labor difícil”.

Para muchos de los que habitan las salas —algunos casi que de por vida— esas personas de batas blancas son su única familia. Porque, en la mayoría de los casos, aunque la institución médica insista, hasta la sociedad voltea la espalda a quienes viven con una afección mental.  

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La cocina-comedor ha sido una de las mayores inversiones que se han ejecutado en la instalación. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

¿COMUNIDAD A PUERTAS CERRADAS?

“Doctora, estos locos me ponen mal. Yo quiero ir a mi casa, afuera, a trabajar, a dar una vuelta”. Dicen los médicos que el reclamo de aquel hombre, de mirada medio perdida a ratos, se ha vuelto rutina. Luego de más de un año de compensar su enfermedad a fuerza de tratamientos, el profesor universitario que fue ansía volver a las aulas.

No lo sospecha: las salidas esporádicas son solo paseos ocasionales, porque lo cierto es que la familia toda abandonó el país y cuando vienen de visita es que lo buscan, le dan una vuelta y en la tarde lo regresan al hospital. La penosa verdad es que el profe ya no tiene una casa a donde volver.

Y tampoco deviene excepción. Otros, aunque estén compensados de su enfermedad y tengan una familia supuestamente a la espera, lo único que reciben es el portazo que los condena al retorno obligatorio.

Aunque suceda desde siempre, el Psiquiátrico no se concibe para permanecer de por vida. Lo aclaran los médicos. “Hasta las salas de larga estadía están diseñadas para rehabilitar al paciente, pero pasa que como en la mayoría de los casos los enfermos no cuentan con el apoyo familiar tienen que quedarse aquí —asegura Martínez Rodríguez—. Hemos logrado en los servicios de corta estadía que la familia se involucre y acompañe al enfermo, pero no en todos los casos es posible. También tenemos pacientes que se hallan bien, que egresan y cuando intentan buscar trabajo, porque el paciente psiquiátrico se compensa, nadie se lo quiere dar”.

Pese a tantos molinos, el pasado año lograron reinsertar a la sociedad casi una treintena de personas. Resulta insuficiente, quizás; mas, el desamparo no se cura en medio de aquellas cuatro paredes, si en las calles siguen doliendo las miradas de rechazo, si en las casas reniegan hasta los lazos sanguíneos.

Mientras Iván sigue sin saber, o no quiere saberlo, que allá en Topes de Collantes un día tuvo una casa y el profe universitario sigue repitiendo la misma letanía de vivir fuera aunque sea solo por un rato. En aquellas salas donde a veces se canta, se grita, se baila o se trillan los mismos pasos habitan hombres con historias y desgarros de sobra que ya no pueden ni advertirlos, pero que, con los años, han hallado en el Psiquiátrico o, más que un hospital, su propio hogar.

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Lianna María Martínez Rodríguez, vicedirectora de Asistencia Médica. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

            

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