Ramon Huerta: el hombre león

Fiero en el combate y generoso en el campamento, este aragonés devenido mambí ascendió en apenas dos años (1869-1871) de soldado raso a comandante del Ejército Libertador, siempre al servicio de los más exigentes jefes de la jurisdicción espirituana

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De la serie Héroes humildes. (Obra de José Alberto Rodríguez)

Hace tiempo contraje un compromiso, para mí sagrado, que quiero cumplir, y fué el de escribir sobre la vida y hechos militares de algunos hombres de la revolución de Yara, de aquéllos que habiendo surgido de la obscuridad humilde no andan muy en boca de la generación actual, que, equivocando a veces el concepto de la justicia, que manda dar a cada uno lo que le corresponde, y confundiendo así el mérito verdadero del diamante con el oropel que deslumbra a las multitudes idólatras de lo superficial y aparatoso, ve fascinada y reverente cómo se quema incienso a los falsos dioses que la pasión ha idealizado, y ha consagrado la ignorancia. Deseo cumplir ese que tengo por deber desde el día en que ofrecí a mis buenos compatriotas y amigos, señores José Martí y Gonzalo de Quesada, que relataría algo a propósito de los hechos que realzan la vida heroica de ciertos hombres que a mi lado vivieron, combatieron y murieron por dignificar el concepto de la patria libre, único que cabe en la conciencia honrada de los pueblos que como el de Cuba sufren la injuria de una dominación extraña que lo explota, lo arruina y lo envilece; pero la obligación viene a ser más sagrada aún, por la conveniencia y necesidad de evocar el recuerdo de esos hijos de la Revolución, y de ponerlos donde se les vea de relieve, para que la gratitud de nuestro pueblo los lleve hasta la Historia como ejemplo y enseñanza de lo que valen el valor y la virtud republicanos puestos al servicio de las grandes ideas de libertad y concordia por los hombres, sea cualquiera su origen o cuna, siempre que se sientan capaces de engrandecerse por el esfuerzo y el sacrificio.

Por lo pronto, y en primer término, colocaré el nombre de tres que me fueron familiarmente conocidos en la Revolución: Ramón Huerta, José Antonio Legón y Manuel Rodríguez (a) La Brujita. Ramón Huerta nació en Aragón, España, y fue soldado; estuvo en la guerra de Africa en 1859 y luego vino a Cuba. En Cuba, al romper la Revolución de Yara, lo halló en la cárcel de Puerto Príncipe. Había sido sargento, y no sé en detalles por qué acto personal de dignidad altiva fue juzgado y condenado a la pena de degradación y encierro temporal. Había chocado con un subteniente que pertenecía a su mismo cuerpo, y la disciplina militar, que las más de las veces nada tiene que hacer con la justicia, lo condenó irremisiblemente a las penas citadas. Huerta fue siempre persona de virtud ejemplar, y el subteniente que provocó su justa ira era un truhán petulante, de esos que a granel se encuentran en los cuarteles, y en todas partes. Pero el sargento había reñido con el subteniente, y el Código Militar cayó sobre él, conforme al uso de todos los tiempos: el sargento fue a la cárcel. Mas la cárcel ahora, y antes el cuartel, no lograron deformar aquella alma diáfana y pura, que pasó inmaculada por esos sombríos lugares de la abyección y del crimen, y salió de ellos dignificada por la conciencia: a bien que no cabía merma ni mordedura en aquel corazón generoso, modesto y bravío.

De la cárcel, lo arrancaron para incorporarlo a las filas del batallón del “Orden”, que mandaba el coronel don Francisco de Acosta y Albear. El, Huerta, me contó sus penas y quebrantos de alma en medio de aquella gente desalmada de que se componía el batallón del “Orden”, y su juramento interior y sincero de separarse en la primera oportunidad y para siempre de aquellos “demonios” del presidio y del crimen, como él los llamaba. Cumplió su juramento marchándose desde la ciudad de Sancti Spíritus a la Revolución en marzo de 1869. Se unió, armado de su rifle Remington, a una comisión cubana que recorría la zona de aquella ciudad, y seis días más tarde llegó al Cuartel General de la División de Sancti Spíritus. El general Honorato del Castillo era el jefe de esa División, y acogió a Huerta como correspondía a un hombre que venía voluntariamente a la Revolución y más siendo español y procedente de su ejército de línea. El general le dijo: —“¿Cómo y por qué ha venido usted a mi lado?” —“Me he desertado, general, y he venido a la Revolución por dos motivos: el primero, porque amo la libertad en todas partes, y el segundo, porque oí decir allá en la ciudad de su naturaleza que usted andaba casi solo, y yo me dispuse a acompañarlo en ese caso hasta la muerte”. Tales fueron las sencillas y expresivas palabras de aquel hombre: —verdad que no sabía mentir ni afectar hipócritas alardes de resolución y sentida lealtad a la causa que había elegido. Así hizo su entrada en la Revolución Cubana ese notable hombre de bien, que tanta gloria conquistó en el corto espacio de dos años, sucumbiendo al fin gloriosamente, aislado y solo, llevándose como galardón de sus virtudes y sus hazañas las lágrimas y el luto de la piedad y gratitud de Cuba…

Desde aquel instante el general Castillo le dió de alta en su escolta, porque comprendió con sagaz penetración que tenía delante a todo un hombre. Faltábale, sin embargo, conocer y apreciar el temple del alma y brío guerrero de aquel hombre, pero a los pocos días, en los combates de Las Coloradas, La Yana, Judas el Grande, Santa Gertrudis y El Jobo, pudo ya convencerse de que entre los hombres escogidos y bravos de su escolta había un león por el valor y la nobleza: Ramón Huerta. Seguirlo ahora en su vida de campamento, en sus proezas, en sus audacias temerarias, sería tarea difícil para quien, como el que escribe estas líneas, ha visto, en más de diez años de cruenta lucha por la independencia de su tierra, palidecer el épico libro de la Historia Universal ante la abnegación y el heroísmo pasmoso de los cubanos, del puñado de cubanos que tuvo el arrojo de encararse y desafiar a España, y con España a los cubanos mismos que la servían con armas y dinero, y al mundo olvidadizo y desleal, a quien no logró conmover ni humanizar el reclamo de la justicia decapitada por la barbarie y por la fuerza: bastará decir que Huerta, poco tiempo después de su incorporación a las filas del Ejército Libertador de Cuba, llegó a ser para sus compañeros de armas el hombre-león y para los españoles el hombre-tigre. Y no que fuera sanguinario; muy lejos de eso. Era como el ángel exterminador de la justicia en el combate; y, al cesar la matanza cuerpo a cuerpo, como el ángel, ruborizado por la sangre. El rudo batallar y la sangrienta brega de todo el año de 1870 en Sancti Spíritus, bajo el mando de Payán, Dorado y Villamil, son la crónica de las hazañas de Ramón Huerta. Los espirituanos todos de la guerra, y muchos otros villareños que todavía viven, podrán certificar conmigo esto que escribo aquí como bosquejo de la vida militar y superior de Ramón Huerta. Y para completar en lo posible la semblanza verdadera de ese hombre como guerrero insigne, sólo diré que habiéndose incorporado en Marzo de 1869 al Ejército Libertador, como soldado raso, dos años después, en marzo de 1871, era ya comandante, ascendiendo por toda esa escala difícil, grado por grado, bajo la escrupulosa mirada disciplinaria del coronel Payán, y del no menos exigente Dorado, que discutían palmo a palmo el terreno a los ascensos militares. Pero no quiero concluir este relato de su vida de guerra sin referir una de las hazañas que entre tantas otras acreditan el valor incontrastable y la pujanza acometedora de Huerta, que en el campo de la acción crecía y se multiplicaba con su aliento y arremetida de alma de largo tiempo opresa. En febrero de 1871 se hallaba el general Francisco Villamil con unos 400 hombres de la fuerza de Sancti Spíritus, acampado en la finca “La Ceniza”, de aquella jurisdicción; Huerta estaba en ese campamento al frente de 30 hombres de caballería, y había salido a explorar las cercanías de aquel lugar. Esa finca “La Ceniza”, se hallaba enclavada en un espacio de terreno que puede pintarse así: un potrero pequeño circundado de fajas de monte por tres frentes, y después sabanas extensas; en el otro frente inmenso potrero colindante, y el camino real de Jobosí a la ciudad de Sancti Spíritus en la misma dirección. Allí como avanzada o retén, acampaba Huerta con sus 30 jinetes. Alcanzó en su salida á ver al enemigo ya cerca del campamento, y corrió con sus parejas exploradoras a dar parte al general. El enemigo, compuesto de unos 700 hombres, se había dividido en tres columnas para atacar en combinación y á un tiempo. Huerta había visto la distribución del enemigo, y hasta la dirección de cada una de las columnas de ataque; en pocas palabras explicó al general todo eso, y agregó: “Por el frente que yo ocupo, viene una columna de más de 200 hombres; las dos restantes atacarán por esa misma parte”, y apuntaba al norte: “ahora, si usted me refuerza siquiera con una compañía de infantería, yo le prometo que esa que viene por mi lado no entrará dentro de las avanzadas del campamento”. Eso fué mucho decir; pero aquel hombre era muy capaz de cumplir cuanto ofreciese en achaques de pelear, y por eso él, el sér menos jactancioso que yo he conocido en mi vida, cuando descansaba de la lucha solía transfigurarse y echar alguna bravata que se escapaba de su alma heroica y tenaz tan pronto como el enemigo se presentaba, ó cuando el peligro y el conflicto parecían mayores. El general Villamil puso á sus órdenes 40 hombres de infantería, con sus oficiales, y él avanzó con aquéllos y con sus 30 jinetes sobre la tropa que venía ya llegando a la avanzada; la lucha se trabó, porfiada y furiosa, por aquella parte del campamento, mientras que por las otras el general y nosotros fuimos atacados de firme, haciéndose total el combate, que duró más de media hora, y siendo al cabo de ese tiempo desalojados nosotros de nuestras posiciones por el enemigo superior y abierto en dos columnas que se habían unido al fin. Nos replegamos a retirarnos en buen orden después de quemar nuestros últimos cartuchos, y el enemigo ocupó el campo. Cesó el fuego de un todo entre nosotros y la tropa española, pero á lo lejos, á más de media legua de distancia, se oía disparo graneado de guerrillas, y era el de Huerta, que echándose materialmente sobre los españoles los hizo atrás cuerpo á cuerpo, y los persiguió después por todo el camino real, que ellos en su fuga eligieron como el más franco para la huída. Una hora más tarde Huerta se nos incorporó, trayendo caballos, rifles y provisiones de los españoles, que habían sufrido muchas bajas y el consiguiente descalabro por aquella parte del campamento atacado. Tal era el hombre y su modo de pelear. Entonces era capitán, y el general lo propuso al Gobierno de la República para el grado inmediato de comandante.

Pasemos ahora a hablar del carácter y fisonomía moral de ese hombre singular, que ya se indican de perfil en lo que llevo escrito. Su vida, sus maneras, su trato y hasta su vestir eran sencillos, llanos y modestos; la benevolencia su carácter, su dulce sonrisa, su tranquilidad exterior, que seguramente venía del reposo del alma, lo hacían simpático y atractivo para todo el mundo; su generosidad en nada desmentida, su desinterés personal, su inclinación á hacer el bien á los demás olvidándose de sí propio, y su angustia ante las necesidades que él no podía remediar, hicieron de aquel hombre especial y bueno el ídolo de cuantos le conocieron y trataron. Yo lo ví mil veces, —lo ví siempre— inquiriendo cuál era entre sus compañeros el más necesitado para darle la mitad de su pobreza, por ejemplo, una muda de ropa de las dos que él tenía; y eso lo hacía con todos indistintamente, ya fueran sus iguales en grado y categoría, ya soldados de los más infelices y desvalidos. Después de que la fuerza de su mando saqueaba tiendas y caseríos enemigos, se le veía solícito por entre los suyos recordando a cada hombre el deber en que estaba de dar parte de su botín á los que no habían podido ir á la pelea, y sobre todo, á los enfermos y heridos de los hospitales y de ese modo hacía su recolección general de ropas y víveres que inmediatamente repartía entre los menesterosos, tan satisfecho y feliz como podría sentirse un avaro á quien dijeran de improviso que le había crecido de golpe la fortuna. Muchos, muchísimos supervivientes de la Revolución recuerdan esas cosas, por lo que ellas tienen de encantadoras, y aún diré que como divinas; y no habrá ninguno de ellos que no se sienta conmovido a leer estas líneas que evocan la memoria de aquel hombre extraordinario por el valor y la virtud.

Y ahora me viene á la memoria un hecho que mejor que otro alguno prueba la moral y el desinterés casi evangélico de Huerta. Su fuerza de caballería, con él al frente, saqueó un poblado rico de la jurisdicción de Sancti Spíritus, y en él se apoderaron sus soldados de una gruesa suma de dinero que encontraron en el almacén de un enemigo de la Revolución; los soldados se repartieron el dinero como justo botín de guerra. Huerta no sabía nada de eso; pero á la mañana siguiente, al pasar lista, sus soldados, que lo adoraban tanto como lo respetaban, quisieron hacerle entre todos un presente, y éste era el de seis onzas españolas que trataron de poner en sus manos, explicándole que ellos se habían hecho de ese dinero la noche anterior en un establecimiento español del pueblo atacado y que deseaban que él aceptase aquella pequeña cantidad como demostración de su cariño hacia él. El les dió las gracias y luego agregó: —“Ese dinero es bien adquirido, porque tales son los usos y necesidades de todas las guerras, y de ésta más que de otra alguna, por su pobreza material; pero yo no aceptaré esa cantidad que ustedes me ofrecen porque en mis manos sería inútil, y digo inútil, porque yo, como ustedes saben, no fumo, ni tomo licor, ni juego á nada, ni bailo, ni voy á reuniones de ningún género, y, en cuanto a comprar zapatos y ropa, no tengo necesidad de eso, porque mi asistente se ocupa de ello, y luego las pobres cubanas de los montes me cosen mi poca ropa y me la lavan con natural regocijo, sin retribución alguna; ya ustedes ven por qué no acepto, aunque agradecido, ese obsequio”. Pero los soldados persistieron, y él, no queriendo desagradarlos, tomó el dinero y se lo guardó en el bolsillo. Pasó tiempo, como tres o cuatro meses, y la situación de la Revolución se fué haciendo más precaria; ya iba escaseando todo entre nosotros, y principalmente el calzado y la ropa: Huerta entonces formó un día á sus soldados y les devolvió íntegras las seis onzas, diciéndoles: —“Aquí está el dinero que me disteis en depósito, puesto que yo no lo he necesitado para nada y vosotros ahora lo necesitáis para vestiros y calzaros”. Así practicaba aquel hombre la virtud, haciéndola consistir en saludable ejemplo de bondad y de moral: y todos esos actos de seráfica grandeza los ejecutaba con humildad tanta que tal parecía como que se ocultaba, temeroso de aparecer indiscreto o vanidoso a los ojos del mundo. Pero no se crea, por lo dicho hasta aquí sobre el carácter bondadoso y especial de Huerta, que él como militar permitiese siquiera un desliz en cuanto a la obediencia que se le debía por sus subordinados, y que él á su vez sentía por sus superiores gerárquicos. Era él en la guerra, antes que todo, soldado, y soldado de “verdad” educado en la escuela ordenancista del ejército español. Además, su misma naturaleza de hombre honrado y justo, en el más alto concepto de estas palabras, le impulsaban á ser inflexible contra todo abuso ó falta cometida por los demás en el desempeño de sus deberes recíprocos, y así fué que las fuerzas á su mando brillaron siempre por su orden, compostura y disciplina.

Ya basta con lo dicho para apreciar debidamente el valor intrínseco de Ramón Huerta y para hacer pensar á los inteligentes y reflexivos sobre ese hombre excepcional, hijo del pueblo, de instrucción rudimentaria aunque correcta, que fué soldado, que fué penado, lo que no le impidió elevarse por la moral y la justicia hasta el supremo sacrificio… Murió asesinado. Aislado y enfermos lo encontraron los guerrilleros cubanos que servían bajo la esclavitud española, y lo mataron a mediados del año funesto de 1871, en un rancho de la jurisdicción de Sancti Spíritus. Pero enfermo y todo, sin poderse poner de pié por impedírselo las lesiones que sufrió en la cintura al estrecharlo su caballo contra un árbol en la carga que en esos mismo días había dado a los españoles con algunos números de su deshecha caballería, dió rostro firme con su revólver á sus matadores, é hirió á tres de ellos antes de ser sacrificado. Así murió por la libertad de Cuba ese moderno héroe que á haber vivido hasta la terminación de nuestra guerra malograda, hubiera con sus hazañas oscurecido las que ilustran los nombres inmortales de los Villapol y las Minas en la Historia de la emancipación americana.

Nota: Escambray respeta la ortografía y el estilo de Cuadernos Cubanos. No. 8. Universidad de la Habana. Comisión de Extensión Universitaria. 1969.

One comment

  1. MARCOS ANTONIO MIÑO

    No necesita comentarios, su vida ya es una Gran Obra !!!

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