Un bravo entre los bravos

El general espirituano Adolfo del Castillo y Sánchez cayó en desigual combate el 25 de octubre de 1897 en la finca La Chorrera del Calvario, en la provincia de La Habana, después de numerosas hazañas militares

adolfo del castillo, sancti spiritus
Adolfo del Castillo por los días de su matrimonio con María Fresneda.

Si el infortunio pudiese forjar héroes, entonces el oscuro destino proveyó al niño Adolfo del Castillo Sánchez, nacido en Sancti Spíritus el primero de noviembre de 1864 en el seno de culta y solvente familia, con los atributos reservados a los elegidos, pero en este caso a costa de grandes penurias…

Si se buscara un responsable de la historia dolorosa y patética que aquí se narra, se puede sentenciar con seguridad plena que ese fue el régimen colonial español: criminal y corrupto, capaz de insuflar en los corazones de las personas con dignidad y patriotismo ansias irrefrenables de libertad y justicia.

Baste decir que en febrero de 1869, cuando el pequeño Adolfo tenía cinco años, su ilustre tío Honorato del Castillo Cancio se fue a la manigua como jefe del levantamiento independentista en la jurisdicción espirituana, a lo que su padre, Antonio del Castillo, y su madre, Rita del Espíritu Santo Sánchez, respondieron destruyendo casa y pertenencias para irse a la guerra libertaria.

La dura contienda cobró pronto la vida de Antonio, por lo que Rita, atribulada por la desventura, regresó pronto a la ciudad natal, donde la tristeza y la congoja pusieron rápido fin a sus días. Entonces, la familia se hizo cargo de los dos vástagos más chicos y Adolfito, quien por entonces contaba ocho años, fue adoptado por su tía doña María Sánchez Cañizares, quien lo mimó como a uno de los suyos.

Quizá el exceso de cuidados de María hacia el sobrino influyó en que el muchacho, travieso y bromista, apenas adelantara en la escuela donde fue matriculado, por lo que fue trasladado al aula del reputado educador don María Obregón, exigente y culto, quien logró que adquiriera algunos conocimientos elementales, pese a su poco interés en el estudio.   

Pero las penalidades económicas de la guerra tocaron prácticamente todas las puertas y, necesitado de brazos de labor, uno de sus tíos maternos lo llevó a una finca cercana a la villa donde el muchacho tuvo que dar su aporte. Terminada la contienda, se traslada la familia a Guanabacoa, con la intención de labrarle un camino. Allí, a costa de grandes esfuerzos, logra que Adolfo —devenido fiestero y trasnochador— se gradúe de bachiller.

Ahora también practica deportes, lidera al elemento juvenil del Instituto y no deja de hacer bromas, lo que, por la insistencia de los suyos, no le impide a los 21 años matricular Medicina y llegar al quinto año de la carrera. 

A poco de casarse con su novia María Felicia Fresneda, el 5 de junio de 1890, su tío y protector se mudó para la ciudad de Remedios y el joven, ya sin su apoyo económico, se vio obligado a dejar truncos sus estudios. Decide entonces trasladarse a San Antonio de las Vegas, donde da clases desde 1892 a los hijos del señor Martín Caruso en el ingenio La Julia.

 El 13 de noviembre de 1893 les nace a los Castillo-Fresneda su única hija, la que por derecho propio pasa a ocupar lugar cimero en sus vidas. Menos de dos años después, el 24 de febrero de 1895, estalla la Guerra Necesaria, de cuyos preparativos Adolfo del Castillo ha estado al tanto. Antes de terminar ese año ya la Invasión liderada por Máximo Gómez y Antonio Maceo se encuentra en La Habana. Adolfo sabe que su deber está en el bando libertario, por lo que se despide amorosamente de su hija y su esposa y se va a la manigua redentora.

En los campos de Cuba libre no tarda el espirituano Adolfo del Castillo Sánchez en destacarse en los múltiples combates y escaramuzas que se libran a diario entre los cerca de 3 000 insurrectos que allí operan bajo las órdenes del Generalísimo y el Titán, y las decenas de miles de soldados españoles que intentan aniquilarlos. El valor temerario y la agresividad de Adolfo van agregando grados sobre sus hombreras hasta llegar a coronel.

Poco antes de pasar con su aguerrido contingente a Pinar del Río, el general Antonio Maceo, llevado por recomendaciones de la jefatura, decide crear la Brigada del Centro y propone que la encabece el coronel Adolfo con el grado de brigadier. El 12 de febrero, al frente de sus hombres, Castillo ataca por sorpresa el pueblo de Madruga, donde ocupa al enemigo armas y víveres.

Pasados tres días, junto a otro espirituano, el también brigadier Pedro Díaz, Adolfo del Castillo ataca y ocupa el pueblo de San Antonio de las Vegas, lugar donde vivió junto a su esposa e hija. Cuando Maceo asalta a Jaruco, allí avanza Del Castillo en vanguardia, y a escasas semanas ya lo tenían encima los españoles en Güines, sumando nuevos lauros a su intensa hoja combativa.

A lo largo de 1896, España concentra en el occidente de la isla el grueso de su ejército de operaciones, pues quiere decidir allí la guerra. Gómez vuelve al centro tratando de reanimar el espíritu guerrero y organizar el envío de refuerzos al general Maceo. Pero el 7 de diciembre se produce la caída irreparable del Titán, golpe muy sensible para las tropas cubanas.

En aquellos momentos críticos, el espirituano asume el mando de la Segunda División del V Cuerpo del Ejército Libertador. Mientras no pocas partidas de insurrectos se trasladan a territorio matancero ante la presión redoblada de los españoles, Adolfo persiste en su accionar, sin cejar en su objetivo de atacar La Habana para golpear el prestigio de los peninsulares.

Según refieren biógrafos (*), el 23 de octubre de 1897 el brigadier Del Castillo se dirigió con tres compañeros a Babiney. Estando en dicho pueblo tuvo la confidencia de que el alcalde de Managua y el cura se dirigían a la capital, este último montado en un caballo que había sido propiedad de Adolfo, el que había tenido que abandonar tiempo antes en una tembladera.

Profundamente molesto por el hecho, Del Castillo juró que recuperaría su corcel y ordenó al comandante José Miguel Valle que se le uniera con cuatro hombres, formando así una partida de siete, todos a caballo. Sin pérdida de tiempo, el 25 de octubre de 1897 el grupo se dirigió a la finca La Chorrera del Calvario, ignorando que cerca merodeaban unos 200 españoles.

Aunque el práctico Manuel Delgado instó a retirarse de esa área, que le parecía sospechosa, Del Castillo, que se puso colérico, persistió en la idea de recuperar su jamelgo, pese a habérsele escapado un tiro que puso sobre aviso al adversario. Cuando el espirituano se percató, ya le apuntaban los españoles y aunque intentó tirarles antes, un hispano se le adelantó y lo hirió de muerte.

Mientras sus compañeros escapaban milagrosamente, los soldados de Iberia se acercaron con cautela al cuerpo del caído y cuando se convencieron de que estaba muerto, un cabo de apellido Carreño Sánchez le dio tres machetazos al cadáver. 

Luego llevaron el cuerpo al pueblo cercano y lo tiraron al suelo como si se tratara de un fardo y cuando recibieron instrucciones del mando, cubrieron al occiso con sucios sacos de harina y lo condujeron a la capital en una carreta. Refieren que en el trayecto al cementerio de Coló, una turba desaforada iba gritando y celebrando al paso del carromato fúnebre.

Ignoraban victimarios y carroñeros que al podrido y criminal dominio colonial de España en Cuba apenas le quedaban nueve meses, y que ya en las semanas finales de la guerra, esos mismos revoltosos —como los que humillaron y exigieron la muerte de los estudiantes de Medicina en el 71— correrían a esconderse como ratas, ante la inminencia del desastre. 

A ellos, como a la España mala, se les recuerda con desprecio y asco, mientras al brigadier Adolfo del Castillo y Sánchez, su pueblo lo ubicó, ya en 1900 —cuando sus restos fueron exhumados—, entre los grandes de la patria.

* Archivo del historiador de San José de Las Lajas, Daniel Martínez Quintanal.

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