Agosto de 1874: acción mambí en Sancti Spíritus

En una incursión nunca vista antes ni después en tres guerras independentistas, un destacamento insurrecto recorrió la villa del Yayabo en la noche del 14 al 15 de agosto de 1874 dando vivas a Cuba y disparando sus armas, para humillación de las tropas colonialistas y su jefe, el brigadier Acosta y Albear

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Según Acosta y Albear, la esperada invasión de su distrito por gruesas fuerzas insurrectas, pesó en su decisión de no hacer nada.

Que Sancti Spíritus era en 1874 una plaza fortificada en la cual existían fuertes y blocaos cubiertos por soldados en los cuatro confines de la ciudad, y puntos defensivos dentro de su casco urbano, eso lo sabía plenamente el entonces teniente coronel mambí Francisco “Pancho” Jiménez cuando decidió lanzar por sorpresa una incursión armada sobre la villa en la noche del 14 al 15 de agosto del citado año.

En los casi seis almanaques que ya duraba la Guerra del 68, la villa del Yayabo había devenido centro neurálgico para las operaciones de las tropas de Iberia en una amplia zona al oeste de la Trocha de Júcaro a Morón, y también para bárbaras acciones represivas que provocaban una mezcla de inseguridad, repulsión y miedo entre los espirituanos.

Sirvan como botón de muestra el permanente estado de excepción, las detenciones arbitrarias, torturas y maltratos a la población civil y, sobre todo, las ejecuciones realizadas en la Real Cárcel, donde solo en el período comprendido entre enero de 1870 y diciembre de 1872 fueron fusilados 37 detenidos por causas políticas, entre ellos el general Francisco de León Tamayo y Viedma, y su ayudante yayabero, el barbero y sanitario Francisco “Panchito” Álvarez. 

De la falsa seguridad oficial y del estado de ánimo imperante entre la población estaba consciente el coronel Jiménez cuando planeó su golpe de mano en Sancti Spíritus, cuyo sistema defensivo se aprendió de memoria. Él y su aguerrido contingente habían cruzado la famosa trocha por órdenes del General en Jefe Máximo Gómez en la noche del 19 al 20 de abril de 1874, con el objetivo de preparar las condiciones para la invasión a Occidente, la que finalmente tendría que esperar hasta enero del siguiente año (*).

Pero Jiménez no recesó en sus acciones, sino que operó en las jurisdicciones de Sancti Spíritus, Trinidad y Remedios, asaltó fuertes y convoyes españoles, destruyó fincas y propiedades de afectos a España y ajustició a esbirros y voluntarios, como el cruel oficial Hilario Sandoval, responsable de numerosos crímenes y tropelías.

Luego, en el momento de ejecutar la acción comando, y de acuerdo con patriotas residentes en la localidad, Pancho Jiménez escogió bien la hora y el lugar de penetración, con tan buen tino que él, su Estado Mayor y elementos selectos de la tropa recorrieron impunemente las calles espirituanas a banderas desplegadas y dándole vivas a la Revolución.

HUMILLACÍON Y RIDÍCULO

Mientras Jiménez y sus valientes hacían sonar los cascos de sus caballos sobre las chinas pelonas de las arterias de la villa, gritando consignas contra España y disparando sus armas, alguien propuso ir a la casa del gobernador, brigadier José de Acosta y Albear para aumentar el impacto de la operación.

Dicho y hecho. Minutos después el grupo de intrépidos jinetes llegó a la amplia casona colonial, tocó a su puerta, se identificó cortésmente, y se retiró sin tomar nada, cuidándose de no dañar la propiedad donde vivían familiares del encumbrado personaje. Luego se sabría por la servidumbre que, ante la irrupción del comando libertario, el alto oficial se tiró de cabeza en el estercolero de la caballeriza buscando escurrir el cuerpo de quienes él creía que venían a ejecutarlo.

Como era de esperar, tan gran ridículo y la maestría de la operación, que se saldó sin una sola baja, provocó la hilaridad del pueblo, que se burló de Acosta y no dejó de componer décimas para recordar el hecho, así como proliferaron las chanzas a costa de España y su aparato represivo.

El efecto psicológico del osado golpe resultó muy beneficioso y preparó el terreno para las operaciones que el teniente coronel Jiménez se proponía desarrollar en la jurisdicción espirituana y en territorios aledaños, en espera de la anunciada invasión a Las Villas, iniciada finalmente el 6 de enero de 1875, cuando el Generalísimo Máximo Gómez, cruzó a sangre y fuego la célebre Trocha de Júcaro a Morón, para iniciar una nueva fase de la contienda. 

REPERCUSION OFICIAL DEL HECHO

A raíz de aquel suceso escandaloso, el general José Gutiérrez de la Concha (**) publicó en Madrid una Memoria en la cual daba parte del combate de Charcas, donde el propio Pancho Jiménez batió a una fuerza hispana bajo el mando del coronel Puello, formando parte Acosta y Albear de su jefatura, encuentro que se saldó con la muerte de 46 efectivos españoles, gran número de heridos, y la apropiación por los insurrectos de 104 caballos. 

Y apunta Concha: “Siendo después gobernador de Sancti Spíritus, tuvo lugar la entrada de los insurrectos en la población que por algunas horas se enseñorearon de ella”, y exclama el general a propósito de este hecho: “¡Qué gran responsabilidad para un brigadier comandante general de operaciones que así se deja sorprender por una corta fuerza de caballería sin tener guardias en las avenidas de la población que dieran aviso de la proximidad del enemigo, retenes para apoyarlos y sin dar él primero el ejemplo de la resistencia!”.

Más adelante, señala: “La destitución en el mando de aquel brigadier y la formación de una causa habría sido la medida que habría adoptado en vista de la gravedad de aquella falta militar, si no me hubieran detenido consideraciones políticas y las personales que siempre tuve al brigadier Acosta por las pruebas de su amor a España siendo hijo de la Isla”.

EL BRIGADIER SE JUSTIFICA

Bombardeado por las críticas, el Brigadier Acosta y Albear, jefe de la plaza militar de Sancti Spíritus, adujo tiempo después sobre el suceso en su libro Compendio sobre la historia del pasado y el presente de Cuba, “que no los atacó —a los mambises— con los 800 hombres que tenía, por la sencilla razón de no querer nadie singularizarse contra un enemigo que todo lo respetaba y a nadie dañaba”, y añadió más adelante “que en la previsión de que grandes fuerzas enemigas podrían invadir pronto el distrito pretendían todos contemporizar con la fuerza de los acontecimientos”.

Eso, en buen cubano, quería decir que se sintió agradecido con el hecho de que los atacantes no hubiesen mancillado la integridad de su casa ni la de sus moradores, y, de otra parte, reconocía que existía temor entre los jefes y tropas de la guarnición sobre la eventualidad de la llegada de un numeroso contingente mambí a la jurisdicción espirituana, que hubiera podido ensañarse luego sobre sus defensores, incluyéndolo a él, quien fue nombrado poco después gobernador de Matanzas.   

(*) El plan de invasión a Las Villas en 1874 tuvo que posponerse debido al gran gasto de parque provocado por la Batalla de Las Guásimas, Camagüey, donde en cuatro días de acción, los españoles sufrieron 1037 bajas entre muertos, heridos y prisioneros.(**) Gutiérrez de la Concha fue Capitán General en Cuba, de abril de 1874 a mayo de 1875.

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