Bolivia: evocaciones a partir del golpe

La asonada cívico-militar que rompió la democracia en el país del altiplano sentó un nuevo y nefasto precedente en los excesos de la oligarquía en Iberoamérica contra la voluntad de los pueblos

Evo Morales
Evo Morales ha expresado su confianza en el retorno del MAS al poder, con o sin él al frente.

Ahora se teoriza intensamente acerca de lo ocurrido en Bolivia y la derecha nativa y una parte de la izquierda tradicional intentan justificar el golpe de estado contra el presidente Evo Morales bajo falsos o contradictorios argumentos, con el fin evidente de tergiversar lo ocurrido y restarle culpas a la oligarquía, apéndice execrable de Estados Unidos y sus estructuras de dominación imperiales. 

La problemática es tan compleja que solo se puede abarcar en este acercamiento una parte mínima de la realidad imperante en el país del altiplano. Partiendo de tal supuesto, este redactor se toma la licencia de llamar la atención acerca de un grupo de factores esenciales que deben estar presentes en cualquier análisis, o que al menos los observadores deben tener en cuenta.

En primer lugar, Bolivia es uno de los países con menor tradición democrática en el subcontinente ya que ostenta el triste récord del mayor número de golpes de estado de la región en su historia republicana de dos siglos, que derrocaron sobre todo a gobiernos legítimos para entronizar en el poder a caudillos militares. De otro lado, sus primeros años estuvieron matizados por conflictos entre sectores del propio país y con otros de Perú, Argentina y Chile, principalmente, a los que siguieron la Guerra del Pacífico contra Chile (1879-1883), en que perdió su salida al mar, y la Guerra del Chaco contra Paraguay (1932-1935).

Quizá no haya otra nación latinoamericana que muestre de forma tan paradigmática al caudillismo y los grupos de influencia como elementos condicionantes de la realidad nacional, por encima incluso de la Colombia.

Alvaro-Garcia-Linera-exvicepresidente
Álvaro García Linera pudo haber encabezado una fórmula presidencial con Evo como vicepresidente.

Lo que tal vez tuvo un atenuante en las condiciones históricas imperantes en Bolivia a lo largo del siglo XIX, se reprodujo en el siglo XX de alguna manera en su tradición de ingobernabilidad democrática, donde predominaron gobiernos militares o testaferros de los espadones. En 1952 hubo un movimiento progresista encabezado por Hernán Siles Zuazo y continuado por Víctor Paz Estenssoro al frente del Movimiento Nacionalista Revolucionario, que fue neutralizado por la oposición de Estados Unidos y grupos de poder endógenos.

De golpe en golpe, de dictadura en dictadura, en 1967 se produce la experiencia guerrillera encabezada por el Che Guevara y su pequeño contingente internacionalista, en un contexto político regido por militares como los generales Alfredo Ovando Candía y René Barrientos Ortuño, que contaron con el apoyo masivo de Estados Unidos para lograr el aniquilamiento de aquellos heroicos aprendices de libertadores.

La orfandad de apoyo interno y la precariedad de una izquierda donde el Partido Comunista, encabezado por Mario Monje, dio la espalda al Che y sus hombres retratan de cuerpo entero las contradicciones presentes entre la izquierda boliviana y los movimientos populares, incluidos los de prevalencia indígena, etnia mayoritaria en esa nación.

Vino entonces una etapa no menos convulsa caracterizada por el rechazo a la odiosa injerencia de Washington en los problemas internos, la continuación de los complejos problemas económicos, signado el país por el atraso y la discriminación de las amplias capas populares.

El siglo XXI comenzó en Bolivia bajo iguales presupuestos, pero el 22 de enero del 2006, en un evento sin precedentes, asumió la presidencia el líder cocalero aimara Evo Morales Ayma, al frente del partido Movimiento al Socialismo (MAS), luego de ganar las elecciones con el 60 por ciento de los votos, iniciándose una nueva e inédita era para el tercer país más atrasado de la región, después de las republiquetas de Haití y Honduras, en ese orden.

Ya al frente del Gobierno, Evo y su vicepresidente, Álvaro García Linera, nacionalizaron el petróleo y el gas y algunos sectores de la minería, a la vez que llevaron adelante un amplio programa de medidas de beneficio popular, como la creación del bono Juancito Pinto, de ayuda a los niños de la educación primaria y otro en forma de pensión especial para jubilados de menores ingresos.

Luis Fernando Camacho golpista Bolivia
El ultra reaccionario santacruceño Luis Fernando Camacho, principal impulsor del golpe contra la democracia en Bolivia.

Bajo la presidencia de casi 14 años de Morales, se mejoraron radicalmente el sistema de salud y el educativo, eliminándose el analfabetismo y reduciéndose notablemente los índices de pobreza general y extrema, a la par que se desarrollaba un ambicioso proyecto de industrialización de la rama del litio —un mineral estratégico—, y de los hidrocarburos, y se emprendían importantes obras de infraestructura como la instalación de teleféricos y construcción de carreteras.  

Y todo ese tiempo en medio de una lucha política sin cuartel contra conatos sediciosos como el de la llamada media luna separatista de los estados de Santa Cruz, Pando, Beni y Tarija, así como revueltas e intentos de asonada en distintas comarcas del país, donde no faltó un referendo revocatorio que Evo ganó por amplio margen, convirtiéndolo en reafirmatorio.

Así las cosas, el 7 de febrero del 2009 entró en vigencia la nueva Constitución boliviana que fue aceptada por el 61. 43 por ciento de los votantes, mientras el 38. 57 votaba en contra. Posteriormente, el 21 de febrero del 2016, se desarrolló un referendo con el propósito de obtener el aval de la población para que Evo y Linera pudieran aspirar a la reelección en los próximos comicios presidenciales, pero el “No” triunfó con el 51 por ciento de los votos y el presidente obtuvo entonces una autorización del Tribunal Supremo para acudir como candidato.

La mesa quedó servida para la conjura, en la que la prensa y las redes sociales actuaron como puntas de lanza de la oligarquía para denigrar las elecciones programadas para el 20 de octubre del 2019, rebelándose ya el 4 de ese mes en Santa Cruz de la Sierra, donde bajo el liderazgo del extremista Luis Fernando Camacho, en cabildo abierto, desconocieron la autoridad de Evo y llamaron al resto de los departamentos a que se les sumaran.

Sin dejar de denunciar “el golpe de estado en marcha”, el Gobierno siguió adelante con los preparativos de los comicios, en los que, con la esperanza de ganar en una segunda vuelta, los candidatos opositores, con Carlos Mesa al frente, se presentaron para constatar su fracaso al obtener el binomio Evo-Linera la mayoría de los votos válidos con una ventaja de 10.57 puntos porcentuales por encima de Mesa, lo que hacía innecesario ir al balotaje en una segunda ronda, algo rotundamente inaceptable para los conjurados.

En ese contexto el mandatario incurrió en el error de confiar en la OEA como organismo verificador principal de los resultados de los comicios, ignorando la historia de injerencias y traiciones del desprestigiado instrumento al servicio de Washington, cuyo veredicto, hecho público tres días antes de lo previsto, resultó un golpe decisivo contra la estabilidad democrática de Bolivia. 

Ello dio fuerza a la denuncia de fraude de Mesa, seguida por el desborde del movimiento sedicioso impulsado por Luis Fernando Camacho desde Santa Cruz, y el incremento de marchas violentas en distintas partes del país hacia La Paz, para forzar la dimisión de Morales, lo que consiguieron el 10 de noviembre, después que la Policía se amotinara y el jefe del Ejército, general William Kaliman le “sugiriera” al Presidente la renuncia.

Morales no tuvo más remedio que aceptar y acogerse a la propuesta de México de otorgarle asilo político. Observadores se preguntan: ¿por qué Evo, conociendo la virulencia de la oposición en su contra, no soslayó la derrota en el referendo acudiendo a una fórmula de enroque como la de Putin-Medvedev en su momento en Rusia, o la de Alberto y Cristina Fernández en fecha más reciente, en Argentina, asistiendo a los comicios como aspirante a vice de Linera?

¿Por qué Evo en sus casi 14 años en el poder no modificó la composición de los altos mandos y cuadros intermedios del Ejército y la Policía? ¿Acaso lo intentó y no pudo? ¿Por qué fue tan lenta e insuficiente la respuesta de las bases políticas del MAS al movilizarse en defensa del gobierno legítimo? Son solo algunas interrogantes que por ahora no tienen respuesta, pero que aparecen entre los errores estratégicos del presidente, que le costaron el cargo.

Por paradojas de la vida y de acuerdo con el diccionario, evo significa un lapso de tiempo que tiene principio, pero que no tiene fin, y, en todo caso, este se enmarca entre mil y 10 000 años. Quizá por eso expresó inequívoco, repitiendo las palabas del mártir indígena Túpac Katari: “Volveré y seré millones”. De lo que si puede haber certeza absoluta es que esta historia no termina aquí. Seguirán ocurriendo cosas en Bolivia y se alternarán certidumbres e incertidumbres, pero al final, como dijo Fidel: “La última palabra la dirán los pueblos”.

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