Comisarios del pueblo (+fotos)

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Fidel junto a la delegación espirituana al VII Congreso de la UPEC.

Así definió Fidel a los integrantes del gremio periodístico al intervenir en el VII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba. En su larga y fecunda vida, el líder de la Revolución cubana mantuvo con la prensa nacional un vínculo de preferencia

Para el momento de la foto con la delegación espirituana, cuando su mano suave, casi tierna, se posó sobre el hombro izquierdo de la colega, ya ella no lo veía como al estadista inalcanzable, sino como al hombre común, al amigo con el que habían intercambiado confidencias por espacio de casi 20 horas. Eran pasadas las cuatro de la madrugada.

Más tímida que nunca, no habló nada ante el plenario de aquella sesión, pero con cada instante que pasaba reafirmaba la idea de que asistía a un suceso inédito y difícilmente repetible. En su intento de conocer hasta el más mínimo detalle sobre la labor de sus interlocutores, Fidel indagaba, sugería, alentaba, esclarecía, pero, sobre todo, escuchaba.

Sería aquel, el VII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, celebrado en marzo de 1999, el encuentro de su tipo que más calaría en la memoria de los presentes. No solo porque se extendió, a solicitud del Jefe de Estado, por dos días más; o porque, también atendiendo a su recomendación, tuvo prolongaciones semestrales para valorar la concreción de todo lo acordado allí.

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Durante un diálogo con la prensa en Banao, Sancti Spíritus, en septiembre de 1996.

La marca más perdurable de la cita, aseguran quienes asistieron a ella, fue el grado de complicidad que Fidel le impregnó a cada uno de los diálogos. Nacían de aquel interés suyo por todo, desde las condiciones de trabajo o el esparcimiento, pasando por la superación profesional —en este punto se produjo, cuentan, una verdadera conspiración—, hasta los conocimientos relativos a Internet, red a la que calificaría como un instrumento revolucionario y diría de ella: “Parece inventada para nosotros”.

Como resultado de decisiones derivadas de aquellos intercambios, poco después se produjeron sustanciales mejoras en el quehacer periodístico. Entre ellas, la entrega de vehículos y ordenadores para el trabajo a un grupo de reporteros destacados. También comenzarían otras atenciones, como la asignación de teléfonos al gremio.

UNA PRENSA LIMPIA, PURA Y HONESTA

“¿Cómo los veo a ustedes, los periodistas? Los veo como comisarios del pueblo en esta batalla”, definía en el VI Congreso de la UPEC. Pero no se refería solo de la batalla por un mejor país, sino de una que involucraba a la humanidad toda.

Al comentar la fuerza decisiva que le atribuía a la prensa, hablaba de la lucha que se estaba librando —y que se libra aún—, en la cual, advertía, “no solo nos estamos jugando nuestra obra, nos estamos jugando la obra de todas las generaciones que nos precedieron y estamos defendiendo la herencia de los que vendrán después de nosotros”.

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Rodeado por periodistas, en uno de los encuentros de seguimiento al VII Congreso de la UPEC.

Sentía verdadera pasión y respeto por el oficio de los periodistas. Llegó a ejercerlo incluso en la época en que se enfrentaba a la tiranía batistiana, cuando, desde una celda solitaria y utilizando zumo de limón, enviaba mensajes en forma de manifiestos clandestinos que se regaban y eran leídos por todo el pueblo. Fue así que denunció los crímenes que se cometieron contra sus compañeros a raíz del asalto al Moncada, pues del juicio, recordaría luego, en su momento no se publicó nada.

Elogiaría siempre el papel de Radio Rebelde, nacido por idea del Che, en los difíciles tiempos de la ofensiva y también después de la victoria. En múltiples oportunidades, desde el triunfo de 1959, enviaría mensajes a los medios de prensa reconociendo sus aportes. La primera esquela con ese fin fue escrita el 4 de enero de aquel propio año: “A la revista Bohemia, mi primer saludo después de la victoria porque fue nuestro más firme baluarte. Espero que nos ayude en la paz como nos ayudó en estos largos años de lucha, porque ahora comienza nuestra tarea más difícil y dura”.

Su anhelo era, lo dijo desde entonces, tener una prensa no solo totalmente libre, sino también enteramente limpia, pura y honesta. En el VI Congreso de los periodistas cubanos se encargaría de aclarar: “Cualquier tipo de problema de relaciones entre el Partido y la prensa puede ser resuelto, cualquier tipo de queja que tengan nuestros periodistas puede ser atendida y puede ser resuelta porque (…) el país necesita un trabajo óptimo de la prensa, si fuera posible alcanzar un trabajo óptimo”.

A los representantes del sector repitió una y otra vez las misiones que les tocaba cumplir. “Cada periodista debe ser un gladiador contra las cosas que a su juicio marchan incorrectamente”, definiría.Veíaa la prensa con un papel importantísimo en la elevación de la moral y en la preservación de todos los valores sagrados de nuestro pueblo; en la denuncia, en el combate, en la lucha contra todas las cosas mal hechas. Sostenía que nadie mejor que ella para educar.

Pero también planteaba retos a los representantes de un gremio cuyamisión primordial es, subrayaba, defender la Revolución. “Los periodistas deben investigar, saber qué anda mal, qué hechos lesionan a la economía del país, qué corrompe a la gente, y no solo exponer, sino combatirlos a través de ese poderoso instrumento que son los medios de difusión masiva”.

Tuvo siempre a los medios como algo determinante “en este mundo que llaman globalizado, donde, entre otras cosas, las más globalizadas son la desinformación y la mentira”. Una y otra vez alertó, al hablar de su papel en el mundo capitalista, sobre el modo en que se utilizaban para desatar nuevas guerras. Era, sin dudas, un comunicador excepcional, experto en captar las esencias, procesarlas y transmitirlas para que fueran asimiladas por los públicos.

“Con ellos me siento en familia. ¡Cómo me habría gustado estudiar las técnicas de su oficio!”, escribiría en su reflexión La historia real y el desafío de los periodistas cubanos. En esa oportunidad recordó que la verdad en nuestros tiempos navega por mares tempestuosos, que los mass media están en manos de quienes amenazan la supervivencia humana con sus inmensos recursos económicos, tecnológicos y militares y apuntó que es ese precisamente el desafío de la prensa cubana.

LOS SUEÑOS, LA CRÍTICA Y LA BATALLA POR EL MUNDO

En cada visita suya a las provincias, incluidos momentos de tensión o peligro, Fidel no pasaba por alto la presencia de la prensa. Tanto se preocupaba de lo que alguien pudiera considerar detalles, que de un diálogo nacido por su deseo de saber qué haría Rafael Daniel con las imágenes que acababa de captar, se gestó, aún en los crudos tiempos del período especial, el telecentro espirituano Centrovisión. A soñar y ser utópicos llamaba, para conseguir grandes obras.

En sus conversaciones con Ignacio Ramonet, compiladas luego en el libro Cien horas con Fidel, el líder histórico expuso al detalle su punto de vista sobre uno de los aspectos más polémicos en cualquier latitud: la crítica periodística. “Mire, aquí ha habido durante bastante tiempo la tendencia a suponer que los señalamientos críticos, la denuncia de las cosas mal hechas, hacían el juego al enemigo, ayudaban al enemigo y a la contrarrevolución”, adelantó.

A seguidas, remató la idea, sin medias tintas: “Hay temor de informar sobre algo, porque se piensa que puede ser útil alenemigo. Y nosotros hemos descubierto que en la lucha contra los hechos negativos es muy importante el trabajo de los órganos de prensa. (…). Y yo he estimulado al máximo ese espíritu crítico porque es un factor fundamental para perfeccionar nuestro sistema. Claro, sabemos que hay inconvenientes, pero queremos una crítica responsable. Y a pesar de las posibles consecuencias, todo es mejor que la ausencia de críticas”.

Mis colegas, los que pudieron disfrutarle por horas y más horas en aquella oportunidad, no olvidan su risa a carcajadas, su mano sobre la barbilla, mientras aguzaba los sentidos; sus ideas “conspirativas”. También para Fidel, según reconocería luego, aquella sería una ocasión especial y feliz.

“Tomamos más conciencia que nunca de que (…) ya la lucha de nuestro país y (…) de nuestros comunicadores se convertía en una batalla por el mundo. (…) Pude ver con más claridad que nunca cuán decisivo puede ser el papel de la prensa en el socialismo (…) y qué infinitas posibilidades tiene”, confesaría en la clausura del VIII Congreso de la Federación Latinoamericana de Periodistas, en noviembre de 1999.

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Desde los primeros años de la Revolución, e incluso antes, Fidel ejerció el periodismo, oficio que le apasionaba.

Por eso no es de extrañar que, al hablar de la necesidad de un antídoto contra el embrutecimiento, dijera: “Esa vacuna la tienen ustedes, esa vacuna es la verdad, dirigida a un objetivo: a la razón del hombre y al corazón de los hombres”.

Amigo de los grandes desafíos, tampoco es de extrañar aquel deseo suyo, expresado con vehemencia no mucho antes de colocar, ya convertido en amigo, su mano suave sobre el hombro de mi colega: “Me gusta el oficio, de verdad, ténganme por uno de ustedes”.

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