Cuando se aprende del padre

Cuando los padres inculcan en sus hijos, con ejemplo y palabras, modelos de actuación concordantes con las necesidades de su época y con las suyas propias para enfrentarse a la vida, los marcan positivamente

sancti spiritus, dia de los padres
“Espera de tu hijo lo mismo que has hecho con tu padre”, advirtió el filósofo griego Tales de Mileto.

Ordenado y puntual, responsable y entregado al trabajo. Así aprendió de su padre el niño José Julián Martí Pérez. No dado a las contemplaciones ni a los mimos, el hombre recio no se guardó su amor, aunque callado, y dejó en su hijo una huella tan profunda que un día este hablaría a su hermana Amelia de la virtud extraordinaria de don Mariano. De él diría: “Ha sido más que honrado: ha sido casto”.

Eso tienen los padres: que cuando inculcan en sus hijos, con ejemplo y palabras, modelos de actuación concordantes con las necesidades de su época y con las suyas propias para enfrentarse a la vida, los marcan positivamente. Y ya no deben preocuparse más por cómo serán una vez convertidos en hombres.

Supe, hace días, de un papá que tiene a su hija de la mano desde poco después del nacimiento, porque la madre se ausentó. Sé de otro cuya esposa falleció e hizo de su prole admirables personas. He visto manos masculinas cambiar pañales, preparar la leche o el baño, acompañar a la consulta, asumir cuidados de cualquier índole mientras la parte femenina de la pareja desempeñaba responsabilidades hogareñas o laborales. Siempre me ha parecido algo muy natural.

Los padres guían, aconsejan, reprenden, aleccionan. Pero también a ellos son inherentes las manifestaciones de amor que necesitan los infantes. Yerra el progenitor que escatime cariño por creerlo una influencia “débil” en la educación. Yerran también esos que dejan solas a las madres, por presumir que es tarea de ellas cuidar de los hijos y guiarlos por el buen camino.

De ahí que se admire, cada vez que se conoce, al hombre que, aun siendo destacado en su quehacer como trabajador o dirigente, es a la vez buen padre. Y emocionan esas escenas en las que los abrazos funden a la figura frágil con el cuerpo recio; en las que manos jóvenes —e incluso ya no tanto— se deslizan, tiernas, por la seda gris de alguna cabellera o por la piel rugosa; en las que se susurran palabras dulces que ayudan a espantar la desmemoria y a tocar el presente.

No es cuestión de perfecciones forzosas. Existen padres excelentes o buenos; hay otros de conductas lamentables. Como regla, actúan según la crianza que recibieron de sus progenitores. En ocasiones, ya en el declive de la vida, comprenden en qué se equivocaron y hay un lamento, muchas veces silencioso.

Si se mira bien, de todos quedan siempre memorias tiernas, conmovedoras, útiles para el padre o la madre que serán esos hijos. Y a la hora de satisfacer necesidades reales o aparentes de los tiempos que corren, triunfará en su papel de padre el que anteponga, en la dicotomía entre lo espiritual y lo material, lo que más huella dejará en su hijo.

Padre, ya se sabe, no es cualquiera. Fecundar es una cosa. Otra bien diferente es asumir la paternidad con todas sus implicaciones, pensando en ese ser social que se avecina. “Un buen padre vale por cien maestros”, escribió el filósofo francés Jean Jacques Rousseau.

En esa cadena en la que cada generación determina el carácter de la que vendrá, vale considerar el criterio de Fidel Castro, quien subrayó que los padres deben ser los primeros que eduquen a sus hijos. Pero no se precisa venir a la contemporaneidad; antes de Cristo el filósofo Tales de Mileto, a quien se le consideraba uno de los siete sabios de Grecia, había advertido: “Espera de tu hijo lo mismo que has hecho con tu padre”.

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