De cómo la Alemania nazi “ayudó” a la Rusia actual

La evacuación forzada por el avance alemán de la industria pesada soviética en 1941-1942 a las regiones orientales del inmenso país permitió crear una base técnico-productiva de valor estratégico

Bajo la enorme presión alemana, miles de fábricas fueron evacuadas a los Urales, Siberia y el alto Volga, a cubierto de los enemigos de entonces y… los de ahora.

Obnubilada la historiografía militar por las grandes acciones en los frentes de combate de la II Guerra Mundial, en especial el oriental, raras veces se destaca el papel esencial que tuvo el traslado masivo de la industria pesada soviética desde las regiones situadas en las direcciones del avance de las tropas hitlerianas en el oeste de la URSS, hacia los Urales, el Cáucaso y Siberia, con frecuencia bajo el fuego de la aviación y las cuñas blindadas del enemigo.

Aunque se dice que esa masiva evacuación comenzó ya a las 48 horas de iniciada la traicionera agresión fascista del 22 de junio de 1941 contra la Unión Soviética, fue el 2 de julio de ese año cuando se inicia de forma masiva el traslado de plantas industriales completas para ubicaciones situadas a miles de kilómetros de distancia, en regiones poco pobladas o desiertas del inmenso país, donde tenían que empezar a producir en un tiempo increíblemente breve que fluctuó desde cinco meses como máximo, a dos o tres semanas.

Según datos del medio británico The Guardian, del 13 de abril del 2006, en total entre julio y noviembre de 1941 fueron evacuadas 1 503 fábricas, de las cuales 226 a la zona del Volga, 667 a los Urales, 224 a la Siberia Occidental, 228 a la Siberia Oriental y 308 al Asia Central, para lo cual fueron necesarios un millón y medio de vagones-viaje de ferrocarril.

Una hazaña dentro de la hazaña lo constituyó el aseguramiento de hierro, acero, arrabio, aluminio y otros metales imprescindibles, muchas veces a partir de altos hornos erigidos en regiones cercanas junto a nuevos yacimientos, para tributar a las industrias recién reinstaladas, lo que hizo posible fabricar al finalizar 1942 cerca de 25 000 aviones de diferentes tipos y 22 000 carros blindados, incluidos los modernos —para la época— tanques KV-1 y T-34.

Fue una labor titánica de los pueblos de la URSS que les impidió a los alemanes cumplir sus designios de destruir en las primeras semanas de guerra al grueso del Ejército Rojo y ocupar sus principales industrias, yacimientos de minerales e hidroeléctricas, y dejó como resultado al cabo de unos meses, una base industrial restablecida y pujante, lejos no solamente de los enemigos del momento, sino también de los futuros adversarios.

Frederick Von Paulus testifica como parte de la acusación soviética en el Tribunal Internacional de Nuremberg que juzgó a los criminales de guerra nazis.

A diferencia de los instantes iniciales de la Gran Guerra Patria —como le llamaron los soviéticos a su participación en la Segunda Guerra Mundial—, cuando las fábricas estaban rodeadas en muchos casos por cinturones de viviendas y otras construcciones en los cascos urbanos de diferentes ciudades en el oeste del país, ahora se encontraban enclavadas en regiones alejadas, con pleno espacio para su desarrollo y modernización y con fuentes de materias primas abundantes, formando parte de grandes cadenas productivas.

Esa fue la base de los grandes complejos industriales militares creados por la Unión Soviética a raíz de la terminación de aquel colosal enfrentamiento, los que le permitieron potenciar al máximo la producción de armamento convencional de última generación y de nuevas ramas estratégicas completas, como la coheteril nuclear y la cosmonáutica, gracias a lo cual logró, ya en 1983, alcanzar y superar a sus adversarios de la OTAN en poderío estratégico.

Cierto que el cataclismo que representó la desaparición del gran país del socialismo en 1991 mermó sensiblemente la capacidad defensiva de su heredera: la Federación Rusa, pero en los últimos años, bajo la presidencia de Vladimir Putin, Rusia ha vuelto a ser una superpotencia respetada a nivel mundial, con una pujante, desarrollada y desconcentrada industria, distribuida estratégicamente en un inmenso territorio, que asegura su vitalidad en caso de conflicto, y todo como resultado de la forzada evacuación a causa de la invasión nazi iniciada aquel ya lejano domingo de junio de 1941. 

EL CASO DE LOS PRISIONEROS ALEMANES

Si bien es un hecho que gran parte de los cerca de 3 millones de prisioneros soviéticos capturados por la Wehrmacht en los primeros meses de la lucha en el frente oriental fueron llevados a servir como esclavos en la industria y la infraestructura de Alemania y países ocupados de Europa —donde una gran parte perecieron a causa de maltratos, enfermedades, inanición y represiones—, la situación no tardaría en experimentar un vuelco.

Con el cambio paulatino de la situación militar a partir del gran desastre nazi fascista de Stalingrado, a inicios de febrero de 1943, cayeron en manos soviéticas cantidades crecientes de soldados del Reich alemán que —mal que les pesara— tuvieron que dar su contribución a la reconstrucción del país que ellos mismos destruyeron con saña a partir de su pérfida agresión y la política de exterminio llevada a cabo por Hitler y su pandilla en el Este de Europa.

Según Boris Yégorov —russiainphoto.ru, 13 septiembre de 2017—, los prisioneros alemanes se utilizaban para labores de tala, para la construcción de casas, puentes y presas, así como demás trabajos reconstructivos. La labor de los prisioneros, alemanes en la URSS, añadió, estaba lejos de la esclavitud, pues tenían jornadas de ocho horas y se les pagaba salario mínimo. Los que superasen sus cuotas recibían un bono que podían colocar en una cuenta bancaria. Algunos prisioneros compraron todas las joyas de las tiendas locales antes de volver a casa, y conste que Rusia abunda en gemas preciosas.

Solo como resultado de la Operación Bagration fueron capturados más de 56 000 soldados y oficiales alemanes que luego desfilaron por las calles de Moscú con sus generales al frente.

De acuerdo con informes de 1956 del Ministerio del Interior soviético, en total sus fuerzas armadas capturaron a 2 388 443 jefes, oficiales y soldados alemanes de todos sus tipos de fuerzas, incluidas las SS, la Fuerza Aérea (Luftwaffe) y la Kriegsmarine, de los cuales 356 700 perecieron en cautiverio, lo que significa un 14 por ciento, aunque en occidente dicen que la cuarta parte.

Empero, debe tenerse en cuenta que, de acuerdo con reportes de organismos internacionales, la mortandad mayor ocurrió en los primeros tiempos de la contienda, cuando la URSS atravesaba una situación desesperada por el avance enemigo y la falta de alimentos, medicinas y ropa de invierno para su propio pueblo, entre otros recursos. A partir de ahí, señalan esas fuentes, el número de muertes entre los cautivos se redujo drásticamente.

Pero como Alemania utilizó a mercenarios y contingentes de varios países títeres en su aventura contra la URSS, entre los prisioneros figuraban también italianos, alemanes, rumanos, húngaros, croatas y finlandeses, entre otras nacionalidades, como por ejemplo españoles de la llamada División Azul enviada a la zona de Leningrado por el dictador Francisco Franco en ayuda de las tropas del III Reich.

También vale la pena consignar que un número importante de los prisioneros germanos de origen obrero o provenientes de familias de ideas izquierdistas, fueron captados por el Comité Nacional Alemania Libre, liderados por los comunistas Walter Ulbrich y Wilhelm Pieck, refugiados en la Unión Soviética, y comenzaron a militar progresivamente en el embrión de lo que sería el Partido Socialista Unificado, en la República Democrática Alemana (RDA). 

La repatriación de los prisioneros de guerra comenzó poco después del final del conflicto. En 1946 se enviaron a sus países a los enfermos y a los discapacitados y entre 1946 y 1955 se repatriaron alrededor de 2 millones de personas. La última amnistía tuvo lugar en 1955, tras la visita del entonces canciller de la República Federal Alemana, Konrad Adenauer, a la URSS.

Uno de los casos más significativos de prisionero captado dentro de los que integraron la Liga de Oficiales Alemanes, sino el más prominente, lo fue el feldsmarshall Frederick von Paulus, jefe de las tropas cercadas y rendidas en Stalingrado, quien acudió en 1946 al Tribunal de Nuremberg que juzgó a los criminales de guerra nazis, como testigo de la acusación soviética.

Después de Nuremberg, Paulus regresó a la URSS, donde vivía en una dacha en Suzdal, cerca de Moscú, sin derecho a salir del país. El trabajo con el gobierno soviético continuó y Paulus incluso sirvió en 1949 como consultor en la película de Vladimir Petrov, La batalla de Stalingrado. Después de la muerte de Stalin —quien nunca accedió a sus pedidos de audiencia—, Paulus se trasladó a Dresde, donde trabajó como jefe civil del Instituto de Investigación Histórica Militar de la RDA, hasta su fallecimiento por enfermedad en 1957.

One comment

  1. Muy bueno e interesante trabajo. Todo lo que sucedió en esa guerra y los horrores que cometieron los nazis nunca podrán olvidarse para que nunca vuelvan a repetirce.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *