El «colaborador» de Maisinicú (+fotos)

Hace 55 años fue asesinado el agente de la Seguridad del Estado Alberto Delgado Delgado, el legendario hombre de Maisinicú*, uno de los imprescindibles en la lucha contra las bandas de alzados en el Escambray

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Alberto Delgado junto a su esposa Tomasa del Pino, en una de las pocas fotos que se conservan de la época. (Foto: Archivo del Museo de la LCB)

En su corta pero fecunda carrera como agente de la Seguridad del Estado, Tomasa del Pino se acostumbró a todo: a que su hijo Albertico, de cuatro años, les dijera tíos a los bandidos y saliera corriendo a esconderse cuando se acercaba alguien vestido de verde olivo; a que aquellos salvajes festejaran sus crímenes en Maisinicú como algo natural e incluso se ufanaran del asesinato de algún brigadista; a beberse las lágrimas a escondida en el velorio de su marido «gusaneando» como la que más y haciendo creer a los contrarrevolucionarios que la muerte de Alberto «era obra de los comunistas».

«Cuando sacaron a Carretero yo me quedé sola con el niño en la casa esperando por Alberto y esa día me salió un lunar de canas, yo tenía el pelo negrísimo, como un azabache, pero como él no aparecía, no me dormí en toda la noche», relató la luchadora en una entrevista exclusiva, realizada varios años antes de su muerte.

Tomasa y Alberto se miraron por primera vez en el cuartel de Chambas, en la actual provincia de Ciego de Ávila, bajo un aguacero que ella describió como bárbaro: «Pase, señorita; escampe el agua aquí», le dijo el joven militar, al que luego ella le enseñaría las primeras y únicas letras, las mismas que se conservan con celo en la casa museo dedicada al mártir de la Seguridad del Estado a orillas del río Guaurabo, en Trinidad.

En aquel aguacero Tomasa no solo pescó al hombre «dulce, romántico y fino», al príncipe azul que ella había estado esperando hasta sus 28 años, sino al compañero de lucha que le cambió radicalmente la vida y la metió de lleno en una vorágine de contradicciones, de cálculos, de máscaras, en la que había que controlar hasta la manera de respirar frente aquellas bestias.

«Todo se hacía muy oculto –relató ella–, había que tener bastante cuidado, nunca tuvimos miedo. Ellos creían mucho en mí, Albertico se enfermaba y Carretero venía a curarle el mal de ojos. Me decía, qué niño más gordito y más lindo, y lo cargaba. Ese es un trabajo inexplicable, la vida de un agente de la Seguridad no es fácil. No sabíamos nada y ninguno de los oficiales que nos atendía había pasado escuela sobre eso. Además, nosotros estábamos en el medio del monte y ellos en la ciudad, a veces no teníamos chance de encontrarnos, hubo momentos en que tuvimos que decidir solos, ser agentes y oficiales a la vez».

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La casa donde vivió y operó Alberto es hoy un museo abierto al público. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

NECESITO QUE SÁNCHEZ BUSQUE UN CAMIÓN

De todo cuanto se hizo en el Escambray para acabar con las bandas de alzados que infectaron las lomas villareñas entre 1959 y 1965, quizás nada haya resultado tan espectacular como la llamada Operación Trasbordo, una estratagema del Ministerio del Interior que hacía simular el traslado a los Estados Unidos, por vía marítima, de grupos de alzados, cuando en realidad estos resultaban capturados y puestos a disposición de la justicia.

Alberto, que ya había sido instalado en la finca Maisinicú por los órganos de la Seguridad del Estado con la fachada de un eficiente colaborador de bandidos que mantenía contactos con contrarrevolucionarios de La Habana, conoce personalmente a Benilde Díaz, madre de Tomás David Pérez Díaz, Tomasito San Gil, un comandante de bandidos ya muerto en combate, quien le pide que interceda por su hija y por un hijastro suyo –Alfredo Amarantes Borges Rodríguez–, apodado Maro Borges.

Para entonces, el Ministerio había echado a rodar lo que hoy muy bien pudiera clasificar como una original fake new: que un pariente de Alberto en Camagüey, un tal Sánchez, acostumbraba a sacar gente del país, un anzuelo que mordieron sin objeciones lo mismo Benilde Díaz que su protegido.

Todo el plan marchaba a la perfección hasta que Alberto y Maro se encontraron frente a frente en el campamento de Boquerones, relativamente cerca de lo que hoy es La Sierpe, donde el comandante insurrecto había conseguido uno de sus «éxitos más rotundos», el asesinato y posterior desaparición de varios de los integrantes de una brigada de topógrafos que trabajaba en los estudios y la preparación de lo que luego serían los sistemas de riego vinculados a la presa Zaza y el plan arrocero Sur del Jíbaro.

«Nos vamos hoy mismo y tú te vas con nosotros», le dijo Maro al hombre de Maisinicú, quien no tuvo tiempo ni para razonar aquella propuesta insólita, una prueba urdida por el bandido, que lo desconectaba por completo de sus jefes y lo dejaba sin capacidad para crear las condiciones del embarque ficticio, algo que implicaba traslado hasta los predios de Morón, búsqueda de un transporte que los llevara hasta el litoral, la preparación de un guardacostas con tripulación «norteamericana» y hasta música en inglés y buen wisky para los luchadores.

“Como un perro con bicho”, según sus propias palabras, quedó en Sancti Spíritus el joven oficial Emerio Hernández, al frente del Sector F de la Seguridad del Estado en el Escambray: el administrador de Maisinicú se encontraba desaparecido y lo que se sospechaba no era precisamente lo mejor.

La zozobra estuvo rondando entre los revolucionarios que conocían la misión hasta que por fin, el 3 de febrero de 1964, Alberto, a escasos centímetros de uno de los hombres de Maro, que no le perdía pie ni pisada, le telefoneó a Emerio con una noticia que por suerte este último logró traducir:

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El hombre de Maisinicú, dirigida por Manuel Pérez, recrea la vida de Alberto como agente de la Seguridad del Estado.

Oye, la familia que fui a buscar vino conmigo, estoy aquí, en Morón, y necesito que Sánchez busque un camión.

Si las cosas salieron bien con la «salida» de Maro fue por la agilidad con que actuó el Ministerio del Interior y especialmente por esa inteligencia natural que tenía Alberto, un don que según su jefe Luis Felipe Dennis, al frente del Buró de Bandas Escambray, de la Lucha Contra Bandidos (LCB), en esta ocasión le permitió salvar la vida y la operación.

La supuesta sugerencia de Maro de que “metiera todo el ganado en el barco” y se fuera a los Estados Unidos, llegaría luego a oídos del mismísimo Comandante Julio Emilio Carretero Escajadillo, a la sazón jefe del autotitulado Ejército de Liberación Nacional, asesino de Manuel Ascunce, Pedro Lantigua y la familia Romero, quien ya con la derrota persiguiéndolo de loma en loma, terminaría en la misma trampa de Operación Trasbordo.

CON MÁSCARA DE BANDIDO

Dicen que Rubén Cordobés no se cansaba de repetirlo: «A mí no hay quien me joda, este tipo es del G-2»; que Carretero, ya preso, le entregó a la Seguridad una clave diferente a la que había acordado con su sucesor, Cheíto León, quien al escucharla por la radio descubrió al «colaborador» de Maisinicú; que Alberto, como el agente temerario que era, dejó pistas suficientes para que sus enemigos fueran a pedirle cuentas entre la noche del 28 y la madrugada del 29 de abril de 1964.

Colgado de un árbol y con evidentes señales de tortura, a escasos metros del Circuito Sur, la carretera que une a Trinidad con Cienfuegos, lo encontró un niño a la mañana siguiente, quien salió corriendo con el susto en los ojos y la notica en la boca: «Ahí hay un hombre ahorcado».

La Seguridad del Estado presentó entonces el asunto como una reyerta entre bandidos y la verdadera identidad del héroe quedó oculta otros tres años, hasta que en abril de 1967 fueron exhumados sus restos y sepultados con honores militares en el Panteón de las FAR.

Tomasa del Pino comprendió entonces que todo era cierto, que había terminado la doble suerte «de rastreadores y de perseguidos», como luego diría el poeta, y que ella, inexorablemente, seguiría soñando con el hombre que se le aparecía por la ventana con aquellos collares de bejuco de campanillas, que de buena gana hubiera querido llevarse a la tumba.

En contexto:

-La llamada Lucha Contra Bandidos se extendió en Cuba desde 1959 hasta mediados 1965, con el nefasto saldo de 549 muertos entre combatientes y civiles y un número indeterminado de heridos, de los cuales al menos 200 quedaron incapacitados.

-Organizadas y financiadas por la Agencia Central de Inteligencia en el contexto de la guerra fría, las bandas de alzados llegaron a sumar 299 con 3 995 integrantes y aunque se asentaron en todo el país, incluido el sur de la provincia de La Habana, su epicentro fue el Escambray.

-Entre los crímenes más repugnantes cometidos por los terroristas figuran el asesinato de varios alfabetizadores, campesinos, milicianos, obreros agrícolas, jefes de finca e incluso niños como el caso de Albinio Sánchez Rodríguez, de solo 10 años de edad.

-El bandidismo se liquidó definitivamente en Cuba en el año 1965 al ser localizada y derrotada la última banda, dirigida por Juan Alberto Martínez Andrade, entonces jefe del llamado Frente de Camagüey.

Fuente: Demanda del Pueblo de Cuba al gobiernos de los Estados Unidos por daños humanos.  

* El verdadero nombre de la finca donde se asentó Alberto es Masinicú, pero por razones artísticas los realizadores del filme que recrea sus días como agente usaron Maisinicú, denominación hoy ampliamente extendida.

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Alberto se sumó a la Seguridad del Estado tras su licenciamiento como militar. (Foto: Archivo del Museo de la LCB)

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