Francisco Lufriu y Arregui: Patriota de nacimiento

Postrado en medio de la manigua “sin más entretenimiento que el que me ofrecían los caguayos con sus libidinosas escenas y las auras que se posaban en mi rancho dispuestas á atacarme, creyéndome algunas veces muerto y otras esperando”, Francisco Lufriu y Arregui jamás transigió con la idea de entregarse al enemigo o claudicar frente al acoso de las circunstancias

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Ilustración perteneciente a la serie Héroes humildes, de José A. Rodríguez

Id á Ibor City, población manufacturera creada por cubanos emigrados, correspondiente y cercana á la naciente ciudad de Tampa, y allí, en el gran taller de tabacos del señor Martínez Ibor, ó por las calles, ó en su limpio hogar al lado de su modesta familia, encontraréis á un hombre inválido que se apoya para caminar en sus muletas. Ese hombre tiene su historia, historia heroica que envidiarían miles de sus conciudadanos que en su infelice patria no alcanzan más grandeza que la poca y mezquina que se cría en la infatuada soberbia colonial. Allí lo veréis siempre triste, lánguido el rostro, la mirada profundamente ensimismada por el pesar interno, por el dolor constante, por la patria ausente y esclava, y por el torcedor, de los recuerdos de gloriosos días pasados. Se sienta diariamente á la mesa del taller donde trabaja y medita; trabaja para sí y para los suyos, sin gravar á nadie, y medita, porque el pensamiento sirve de consuelo cuando se alimenta como el de él, de los recuerdos de grandes días y de grandes cosas. Y quien lo viese pasar por esas calles y no lo conozca, indiferente, triste, pensativo, apoyado en su gloriosa muleta, lo creería un desgraciado pordiosero; ese es el exterior que engaña, y que no deja descubrir el fondo misterioso y oculto de un corazón bravío y de un alma heroica y abnegada. Eso es común, y se ve todos los días en la superficie de la sociedad y de las cosas; y el mundo vano y frívolo no acierta en su miopía de á distinguir entre lo que debiera reverenciar como su propia gloria y lo que debiera maldecir y execrar como ignominioso y vil; pero el héroe de la gloria y del sacrificio llenó lo mejor que pudo sus deberes para con la patria, y cumplidos aquéllos más allá de los límites de lo humanamente posible, volvió silencioso y casi exánime de la larga y sangrienta refriega de patriotismo al seno ingrato de la sociedad, que desagradecida y degenerada no lo vió siquiera, ni supo por su honra estimarlo, ni por su gloria supo acoger á ese hijo legítimo de su grandeza histórica. El, el heroico glorioso de la honra patria, se conformó con el desvío de los suyos, los vió pequeños, ingratos, frívolos, y los compadeció volviéndoles la espalda, y huyó de Cuba…

Francisco Lufriu nació en la Habana el 17 de octubre del año de 1847 de una familia honrada y conocida. A los dieciseis años salió del colegio para cursar Medicina en la Universidad, pero habiendo fracasado en ese empeño por causas imprevistas y accidentales, se colocó de dependiente en la casa de comercio de Samá, Sotolongo y Ca., en cuyo destino, que era el de segundo tenedor de libros, estuvo hasta el año de 1868, en que lo abandonó para tomar parte en la Revolución que acababa de estallar en Oriente. Pronto se inició en los trabajos revolucionarios que hacían en la Habana, siendo destinado á servir á las órdenes del conocido conspirador y distinguido patriota Agustín Santa Rosa, tomando parte en el movimiento de la Quinta de Cintra, en Luyanó, (barrio de la Habana), que fracasó, y en el que salvó, corriendo gran riesgo, un número de fusiles y pertrechos de guerra que llevaba á depositar á casa del buen patriota cubano Esteban Pursía. Más tarde, marchó á Vuelta Abajo con el referido Santa Rosa, en compañía de trece más, que componían el grupo aquel de conjurados contra España. Al llegar á Candelaria, uno de los del grupo, de apellido Molina, oyó decir á Lufriu, dirigiéndose á Santa Rosa: —“¿Qué hacemos? Vamos á empezar: allí está una pareja de guardias civiles; tendremos dos armas, y además le quitaremos á la fuerza al guarda-almacén el depósito que nos ha negado, damos el giro y enarbolamos la bandera cubana”, y se escondió Molina, regresando á la Habana en un tren de carga. Santa Rosa no hizo caso de la proposición de Lufriu que éste acababa de hacerle, é inmediatamente marchó con los doce compañeros, desarmados, que le quedaban, hacia las lomas de Cabañas, incorporándoseles tan solo un hombre en aquella marcha Julio Bigoa, que los internó en las lomas y los colocó en un lugar que consideró seguro cerca de un manantial de rica agua. Allí se acampó Santa Rosa y los suyos, y Bigoa, con algún dinero que le dieron, se separó en busca de víveres. En ese lugar permanecieron cuatro días, alimentándose con agua solamente, al término de los cuales, y viendo que Bigoa no retornaba, Santa Rosa ordenó la marcha que emprendieron por aquellos derriscaderos con mucho trabajo y fatiga, y sin práctico, calzados con botines de tacón al uso de la Habana y con sus levitas colocadas ó echadas sobre el hombro, escuálidos y desfallecidos por el hambre, (brusca transición de una vida regalada á marchas á pie, forzadas y faltos de alimentos, que produjo en ellos un efecto terrible, convirtiéndolos en semi-cadáveres) Lufriu y sus compañeros, ya en el último trance de la vida á la muerte, fueron alcanzados y hechos prisioneros por los españoles allí presos en bartolina hasta fines de noviembre, que los trasladaron al Morro de la Habana. Fueron juzgados y sentenciados á muerte; más en esos días relevó el general Dulce á Lersundi en el mando de la Isla, y fueron amnistiados. Lufriu retornó al seno de su familia, que residía de temporada en el pueblo de El Calabazar, y allí bien pronto tomó parte en un nuevo movimiento que había de tener lugar, capitaneado por el cura del lugar, señor Sal y Lima, cuyo plan fué descubierto y preso el citado sacerdote, enviado poco después á Fernando Póo. Lufriu escapó milagrosamente á la persecución que se le hacía gracias á la influencia de su familia, y el día 3 de abril de 1869 pudo embarcarse con rumbo á Nassau. Júzguese por lo dicho del patriotismo tenaz y esforzado de nuestro héroe, que habiendo fracasado en sus repetidas tentativas revolucionarias cuando sólo contaba de veinte a veintiún años de edad, no fueron esas desgracias ni los grandes peligros de muerte que corriera parte á desalentarlo ni á detenerlo en sus patrióticos empeños; empeños nobles que entonces demostró con su ejemplar conducta de cubano independiente y, que después, en el dilatado curso de diez años, ratificó y selló con su sangre y con su martirio continuado y doloroso, allí donde tanto sufrió la heroica generación cubana que tomó á su cargo la dignificación de la patria escarnecida y deshonrada por los déspotas extranjeros que aún la oprimen todavía. Pero tales rasgos de valor patriótico no nos admiran en hombres del temple de alma de Francisco Lufriu, porque él es patriota de nacimiento, así como lo es de nacimiento para la poesía el poeta, y el artista para las artes de su natural afición. Al llegar á Nassau se alistó en la expedición armada que en esa Isla preparaba el coronel cubano Rafael Quesada con destino á Cuba en el vapor “Salvador”. Esa expedición, compuesta de ciento treinticinco hombres, rifles y pertrechos de guerra, dejó a Nassau el 11 de mayo de 1860, y desembarcó tres días después, el 14, en “Nuevas Grandes”, cerca de Nuevitas, sin novedad alguna. Desde ese momento comienza para Lufriu el bautismo de penas y calamidades sin cuento de que está lujosamente adornado el sagrado libro de la Revolución cubana. El siguió la suerte de aquella, que tuvo sus estremecimientos de agonía, sus grandezas y sus miserias, pero que al fin sus héroes y sus mártires la consagraron y elevaron por el sacrificio á la altura envidiable y magna de la epopeya. En seguida se incorporó á fuerzas cubanas que operaban en el Camagüey, y con ellas estuvo y peleó en todas partes. Un mes después de haberse incorporado á la Revolución quedó descalzo, y descalzo permaneció cuatro años… pero entonces, en aquellos tiempos de patriotismo heroico y santo, andar descalzo era el mejor título con que se hombreaban los cubanos de la guerra por la independencia. A los cuatro años, en 1873, obtuvo el primer par de zapatos que le diera la Revolución en pago de sus buenos servicios como capitán-ayudante é instructor en las fuerzas de las Villas, esto por orden expresa del general Agramonte. Entre otros combates de importancia á que asistió en el período que nos ocupa —1869 a 1873— se cuenta el muy glorioso de Sabanas Nuevas, en Camagüey, donde las fuerzas cubanas se apoderaron á sangre y fuego de ese campamento español, haciendo prisionera toda su numerosa guarnición de tropas de línea, siendo herido allí levemente y padeciendo, no obstante, mucho de esa herida á consecuencia de una úlcera tenaz y grave que sobre la misma se le formó. Esa úlcera rebelde que le careó el hueso de la tibia, le fué operada después de la guerra, en 1879, por médicos cubanos, hallándose ya en el seno de su familia, y sufriendo grandes y agudos dolores á causa de aquella operación. Lufriu sirvió casi todo el tiempo de la guerra en las fuerzas villareñas, sin separarse de ellas ni una vez siquiera, por lo que puede colegirse cuánto sufriría su débil naturaleza física en aquellos memorables tiempos, que corresponden á los años de 71 y 72, en que la Revolución, perdida en las Villas, perseguida y aniquilada en Camagüey, parecía que tocaba á su término, y con ella nosotros, que habíamos resuelto perecer envueltos en sus ruinas antes que someternos al implacable enemigo de nuestras libertades patrias. Aquella persecución constante del enemigo, aquella escasez absoluta de recursos de guerra para defendernos, la desnudez, el hambre, las enfermedades, el desamparo, el aislamiento, la traición que nos rodeaba por todas partes y la muerte que diezmaba a diario nuestras filas, sólo nos dejaban si no la esperanza del triunfo, que parecía imposible, al menos la firme resolución de vivir libres ó morir honrados. A ese precio nos salvamos y salvamos la Revolución, que corría inevitablemente á su ruina, después de cuatro años de existir y de combatir heroicamente. Lo poco del Camagüey que quedó en pie, y el resto de la gran hueste villareña que supervivía á los desastres de aquel período álgido de la guerra lograron al fin tras supremo y desusado esfuerzo, sacar á flote la Revolución de los bordes del abismo en que amenazaba sepultarse de una vez y para siempre, quizás. Pero la fé de todos en aquel trance doloroso del patriotismo, y el gran caudillo camagüeyano que, soberbio y erecto, supo desde su corcel de guerra encarársele á la derrota y desafiarla hasta uncirla y encadenarla á su pujante brazo, vencieron por último, y la reacción, lenta pero segura, se manifestó en el Camagüey, para dar principio á una nueva era de triunfos y proezas que han inmortalizado la historia de aquella lucha sin igual y única en los fastos del gran libro de la emancipación americana. Lufriu fué del número de esos hombres contra quienes la adversidad no pudo nada, y que se engrandecieron á fuerza de miserias y dolores que aquilataron el temple fornido de sus almas abnegadas… ¡Gloria eterna á tales hombres! En 1873, después de la aciaga y nunca bien sentida muerte del general Agramonte, asistió Lufriu al ataque y toma del pueblo de Santa Cruz del Sur, dirigido por el invicto general Máximo Gómez, y allí fué herido de gravedad. Antes de pasar adelante debemos consignar para ser exactos, en la sentida biografía que nos ocupa, que en el año de 1870 Lufriu, en la fuerza de Sancti Spíritus, y con el carácter de capitán, hizo á las órdenes del coronel Payán parte de aquella gloriosa campaña, que fué el más hermoso timbre de merecida fama con que puede hombrearse el nombre de aquel experto jefe. Cuando en 1871 las fuerzas de las Villas peregrinaron hasta Oriente, nuestro “héroe humilde” marchó con ellas al lado de Payán, que las mandaba. Entonces el Gobierno de la República le reconoció oficialmente su grado de capitán.

De regreso las citadas fuerzas al Camagüey, Lufriu, que se ocupaba en darles instrucción militar á las mismas, tuvo que pasar por orden del general Agramonte á su Estado Mayor para escribir en él las hojas de servicios de la oficialidad del Camagüey y de las Villas, que debían de ser certificadas y elevadas á la Secretaría de la Guerra por dicho general. Sus condiciones de carácter, su competencia en los delicados y asiduos trabajos de oficina, su buena letra y buena ortografía, su sencilla y jovial docilidad para con todo el mundo, abnegado, disciplinado, celoso en el cumplimiento del todas sus obligaciones patrióticas bien pronto le ganaron el buen afecto y distinguidas consideraciones del general Agramonte. Por otra parte, su hoja de servicios acreditaba en él, allá á fines del año de 1872, ochenta ó más acciones de guerra á que había asistido desde su ingreso en las filas del Ejército Libertador. Más tarde sirvió en los Estados Mayores del general Villamil y brigadier Manuel Suárez, y luego, —después de la batalla de Las Guásimas,— el general Antonio Maceo lo reclamó como ayudante para su Estado Mayor, petición que desestimó el general Gómez, debido á su plan de organización general. Entonces fue ascendido á comandante por el Gobierno de la República, despachándole el correspondiente diploma, 1874. En enero del siguiente año, 1875, se efectuó la invasión de las Villas por el general Gómez, y habiéndose dado un ascenso general á los jefes y oficiales invasores, Lufriu fue ascendido á teniente coronel. En Oriente, Camagüey y Villas ganó bien esos grados militares que la patria le dió en compensación de sus muchos y distinguidos servicios. El año de 1875 y parte del 76, en las Villas, en el Estado Mayor del general Gómez, asistió á todas las acciones de guerra que ilustran la historia de aquellos días gloriosos de la invasión de las Villas, días de eterna recordación para todos los patriotas que, como nosotros, soñamos ver realizado el anhelado triunfo de nuestra Independencia nacional; pero el destino de nuestro pueblo y de su dolorosa historia colonial debía ser otro, —estaba escrito, como diría un musulmán,— y así fué que lo que se manifestó al principio como lisonjero y pródigo y que debía asegurar nuestro porvenir de gloria y de patria, se trocó por un revés de la caprichosa fortuna en triste realidad desconsoladora que nos precipitó en el primer escalón de la derrota que había de conducirnos al fondo de negro abismo en que nos hallamos sumergidos… A mediados del año de 1876, cuando los tristes sucesos de las Villas que motivaron la retirada del general Máximo Gómez del mando de Occidente, se encontraba Lufriu muy enfermo padeciendo de su vieja herida recibida en Santa Cruz en 1873. Se le había formado un enorme tumor en la parte lesionada, y como le faltara el auxilio de un cirujano que abriera una incisión y extrajera por ella el pus acumulado y el cuerpo extraño que lo producía (un pedazo de casquillo metálico), el tumor se ensanchó hasta el extremo de interesarle toda la pierna, principalmente la rodilla, sufriendo el pobre enfermos indecibles y horrorosos dolores, con más hallándose sólo y desamparado… “Esto pasaba al Este de la Trocha, en territorio del Camagüey, á donde Lufriu había logrado llegar en esos días montado en un mal caballo; se alojaba en un rancho de una Prefectura, casi abandonada por el Prefecto, á causa de las operaciones del enemigo, que ya se hacía sentir de una manera desusada en todo el territorio de la República, el triste inválido sufrió consecutivamente cinco asaltos de la tropa española, escapando, no obstante, de ellos milagrosamente porque á veces la Providencia se complace en mostrarnos su inmenso poder, sus ocultas miras. Una vez, en uno de esos asaltos fue arrojado, como un mueble inútil, en una manigua próxima al rancho invadido por el enemigo por la mano vigorosa de un insurrecto que huía á todo escape del peligro que lo cercaba, tuvo que ahogar su dolor y sus quejidos, pues se hallaba cara á cara de los españoles que quemaban el rancho y registraban sus alrededores. Esta vez se creyó perdido, y deseando terminar para siempre una existencia tan amarga y cruel, echó mano á su revólver, lo preparó y esperó resuelto la hora fatal; pero esa hora no había llegado, y los españoles desaparecieron de su presencia. Permaneció en aquella manigua tres días sin comer ni beber, y el cuarto fué recogido por un auxiliar de la Prefectura destruída. En otro asalto se encontraba desarmado, porque había prestado su revólver á un explorador de la Prefectura (al mismo que lo había recogido anteriormente) que fué hecho prisionero y no lo delató al enemigo; escapó, pues, de esta manera.

De ese modo pasaba el tiempo y Lufriu permanecía inmóvil sobre su dura tarima de cujes y de dolores infinitos; la inflamación creciente monstruosa que ya le invadía la mitad del cuerpo, la supuración constante que se filtraba á chorros del tumor que por fín se había abierto por sí sólo, el hambre, la extenuación, el desamparo casi completo de los suyos, formaban el sombrío cuadro de su presente calamitoso y lastimero. Un día, entre tantos otros de esos interminables para el triste y abatido en que ya el sufrimiento forma parte de su naturaleza misma, y la muerte se desea como un bien que nos libra de la tortura del vivir, se llegaron al lecho doloroso de Lufriu dos oficiales veteranos del Ejército Libertador y compadecidos de él sin duda, y no hallando medio alguno en aquella extrema situación para salvar su vida, amenazada de una muerte segura, le aconsejaron y le instaron para que se dejara conducir en una camilla hasta la vista del poblado español de Magarabomba y una vez allí dejarle con bandera blanca en señal de paz y auxilio. Lufriu rechazó indignado semejante proposición, diciéndoles á los que tal le aconsejaban que él prefería morir de aquella manera por la honra de la patria vinculada en él y en los demás cubanos que como él pensaban, antes que ir á mendigar un socorro á los españoles. Júzguese por este rasgo de sublime grandeza, del alma cubana que tales palabras lanzara en desprecio de la vida y de la muerte al rostro de sus enemigos, y dígasenos si el espartanismo antiguo de las Termópilas sería superior, ó podría igualarse, á ese arranque iracundo del patriotismo que protesta y muere en lenta y cruel agonía. Por eso nosotros, que vimos y supimos esas cosas que sólo se conocen en los tiempos heroicos y entre hombres de aquella estatura colosal del patriotismo cubano, volvemos el rostro con desprecio é indignados á la turba multa de los danzantes de ahora que allá en la desdichada Patria de nuestros caros amores forman comparsa y se entretienen en hacer política española, que es, como si dijéramos, juego de ñáñigos ó plazuela de pilluelos vergonzantes.

Llegó por fin un día, una hora, la más aciaga de todas hasta entonces para Lufriu, y fué aquella en que le dijo el único ser que quedaba á su lado el solo hombre cubano que le acompañaba y cuidaba de su vida cuando podía: —“Yo tengo que abandonarlo á usted porque son muchas las operaciones del enemigo, y es necesario que yo salve mi familia; si usted quiere yo lo llevaré á un rancho donde ya hemos estado, y allí lo dejaré solo, y si puedo iré á verlo alguna vez y le llevaré alimento, y si no puedo…” Lufriu sintió la desesperación en el alma; había llegado el colmo de su horrible situación y trató de poner fin á su amargos días lanzándose sobre el individuo que le hablaba para arrebatarle el arma que portaba…; fué rechazado fácilmente y entonces apeló á las súplicas para que aquél pusiera su arma en sus manos siquiera por un momento. En aquellos mismos instantes apareció providencialmente en el lugar de esa triste y conmovedora escena otro hombre veterano de la guerra, Francisco Alvarez, sub-prefecto de un lugar distante, —La Hungría,— que puso fin á tan angustioso trance llevándose á Lufriu, montado en un mal caballo, á su casa, un rancho en mitad del bosque, —gastando tres días sin comer ni beber en aquella larga marcha, y sufriendo horribles dolores. El estado de su pierna entonces no puede pintarse; era horroroso; Alvarez, aquel ángel tutelar del desvalido heroico, lo colocó in continente en un rancho distante de todo camino y de toda vecindad, y que solo conocía él y otro empleado de confianza que le acompañaba desde antigua fecha. Unas veces Alvarez, otra su fiel compañero, le llevaban al enfermo provisión de comida, güiros de agua y un poco de miel de abejas; antes de separarse de Lufriu le hacían gran provisión de leña para avivar el fuego colocado al lado de su cama, desde aquélla, acostado boca-arriba, única posición en que podía permanecer, tenía buen cuidado de no dejar apagar el fuego amigo. “Así pasé, —dice Lufriu en carta que tengo á la vista,— algún tiempo en aquella soledad, sin más entretenimiento que el que me ofrecían los caguayos con sus libidinosas escenas y las auras que se posaban en mi rancho dispuestas á atacarme, creyéndome algunas veces muerto y otras esperando. No tenía más que taparme la cara con la hamaca sin hilos que me servía de sábanas, para que, considerándome cadáver, se arrojaran sobre mí para devorarme; por las noches, el aullido de los perros jíbaros. Así pasaba mi triste vida. Un día vino Pancho Alvarez trayéndome abundante provisión de carne, alguna vianda y un panalito de miel; me llenó todos los güiros de agua y me dijo que tardaría algunos días en volver, porque tenía que ir donde José Gómez que lo había mandado buscar; que con esas provisiones él consideraba tendría yo hasta su regreso, y se marchó. Las operaciones del enemigo eran muy activas y los majáes no sabían ya dónde ni cómo ocultarse. Transcurrieron cuatro o cinco días al término de los cuales se consumían todas mis provisiones. Pasé el primer día sin comer ni beber; el segundo, el tercero, el cuarto, y Alvarez no volvía ni su segundo tampoco. Me resolví, pues, para apagar la sed, marchar á la cañada en busca de agua. Conservaba aún un pedazo de frazada, otro de hule y mi hamaca; estos tres objetos los doblé en cuatro, cojí mi jícara y emprendí la marcha, siguiendo el rumbo que yo había visto tomar á mis protectores cuando iban á llenar las vasijas, al romper los claros del día quinto. Con mucho trabajo logré apearme de la cama, lancé á alguna distancia la jícara y coloqué mi pierna enferma en la hamaca otro esfuerzo y la coloqué en la frazada, después en el hule, y de esta manera caminaba hacia la aguada, con la esperanza de saciar la sed que me devoraba y aniquilaba. Llegar al punto y beber y morir bebiendo agua, era toda mi esperanza y lo único que deseaba y anhelaba. Al fín llegué, —a la puesta del sol,— á la cañada y… ¡estaba seca! Juzga cuál no sería mi desesperación. Allí pasé aquella noche horrible. Me pareció que tenía fiebre y pensé que sería la precursora de una crisis fatal. Amaneció, y pensando que podría haber algún charquito más adelante, emprendí de nuevo mi marcha por toda la cañada arriba, arrastrándome de la misma manera que el día anterior, dejando á mi paso un rastro extraño. Al cabo ví coronado mis esfuerzos por el éxito: había encontrado un charco. ¿Bebería agua? Después me quedé dormido, ¿desmayado ó privado de sentido? No lo sé, ni el tiempo que duró ese estado; sólo sé decirte que al abrir mis ojos me vi á don Quirino, (así se llamaba, y lo acabo de recordar, el compañero del sub-prefecto P. Alvarez), con las rodillas en tierra junto á mí llorando, pálido, sin poder pronunciar una sola palabra! Al fin habló, y me dijo que Pancho Alvarez había caído en una emboscada, en una vereda, al ir á cumplimentar la comisión que le había ordenado el teniente coronel José Gómez, y había escapado milagrosamente; que al entrar en la vereda le salieron, de repente los soldados y le sujetaron el caballo por la brida, hizo fuego y mató un soldado, le dispararon y le partieron el brazo derecho, y así fue; que logró llegar al rancho de la familia que habían tenido que estar muy escondidos porque por donde quiera veían á los españoles, hasta que al fin, habiendo vuelto la calma, se habían acordado de mi y él había venido á traerme qué comer, monte á monte; que llegó á mi rancho y lo encontró vacío y me consideró prisionero del enemigo, que se volvía otra vez triste para su rancho á rumbo, cuando al atravesar la cañada, vió un rastro extraño y lo siguió, encontrándome al fin, pensando de que así como cogió aquel rumbo, toma otro, yo hubiera muerto de hambre y de sed. Esta idea lo afligía sobremanera, y era por lo que lloraba. ¡Pobre hombre! ¿Cuál habrá sido su suerte? Pancho Alvarez y don Quirino son dos hombres que venero por considerarlos enviados de la Providencia. Me cargó y me llevó al rancho, donde gusté y saboreé un buen pedazo de carne de verraco con su correspondiente cachaza. Cuando volví a ver a Alvarez ya estaba casi curado de su herida. Poco después llegaron a mí los primeros rumores de la paz, de una manera vaga y confusa, que nos hacían tomar precauciones de seguridad. Un día, era á mediados de abril, se presentó en mi rancho, el teniente coronel José Gómez y me dió cuenta de todo lo que había pasado referente á la capitulación y pacto del Zanjón, presentándome algunos documentos que lo acreditaban. Juzga tú, compañero, con tu corazón el efecto que me produjo la fatal noticia. Lloré y lloraron mis compañeros, tan buenos y tan patriotas. Aquellas lágrimas eran de sangre que manaba de la herida que nos acababan de inferir en nuestros corazones. Pancho Alvarez, en medio de su dolor, exclamaba: —“¡Ah, don Pancho,—se dirigía á Lufriu,— si usted pudiera andar á caballo, no nos presentaríamos nunca”. Pocos días después era conducido en camilla á Morón, donde ingresé en el Hospital Militar. Allí recibí carta de mi familia y supe el fallecimiento de mi padre, que había acaecido el año de 1875. A poco de esto abrazaba á mi pobre madre y á mis buenos hermanos, al abrigo de los cuales volvía después de diez años de ausencia. ¡Pobre madre mía! ¡Cuánto has sufrido por mi causa! ¡Ay, amigo mío! Triste y meditabundo siempre. Ya es un hábito. Constituye mi carácter… Después del 78 empezaron para mí una serie de sufrimientos… Los médicos me desahuciaron y mi familia hizo los preparativos para mí entierro; pero al cabo de dos años abandoné el lecho y empecé á hacer uso de las muletas. Repuestas algún tanto mis fuerzas físicas empecé á hacer gestiones en busca de trabajo. Visité á antiguos compañeros míos, hoy en buena posición; á parientes ricos ó de influencia, hablé, rogué, pero todo en vano, hasta que el 82 mi hermano Narciso me envió para el pasaje y me embarqué para Cayo Hueso. Llegué allí, y después de no pocas dificultades, —muchas más de las que has tenido tú para ingresar en el gremio de los escogedores,— empecé á aprender el oficio de amarrador en el taller de Gato, donde tuve como aprendiz más de un año. Hoy me encuentro aquí en Ibor City, con una fístula aún abierta en la pierna, la cual la motiva el viejo casquillo metálico del tiro recibido en Santa Cruz en 1873, adherido al hueso en el lugar de la herida, la cual, para sanar, necesita de una operación quirúrgica para la extracción de ese casquillo, operación que aún no he podido hacerme por falta de recursos”. Hasta aquí la interesante y triste historia del héroe y mártir que me ocupa. Fué mi antiguo compañero de armas, y ese título, para mí el más valioso de todos, me autoriza a referir los hechos y circunstancias de su heroica y abnegada vida militar. Fué y es, mi amigo, y yo le debo esta justicia del cariño que le profeso y le doy todo entero. Una guerra de diez años, una misma aspiración, un ideal, una consagración, idénticos dolores sufridos por la misma causa, las victorias alcanzadas en los mismos campos de batalla, el común entusiasmo, las derrotas, el desastre, la catástrofe final, la huida, el destierro, la miseria, la ingratitud y la esperanza en el porvenir, he ahí el lazo de amor fraternal que me une á Francisco Lufriu. Mediten en esto los que no aman, los que sirven a la patria y los indiferentes que no la sirven. En este doloroso relato de la vida de un hombre que amó y ama á su patria, que quiso y quiere su independencia, que sufrió y aún sufre por ella; no busqueis, cubanos, lo que entristece y acobarda el alma; sino la que la dignifica y la levanta a los espacios luminosos de la justicia y de la moral. Leed estas grandiosas páginas del patriotismo bien sentido y bien practicado, y reverenciad conmigo, en nombre de CUBA, á Francisco Lufriu, su HEROE HUMILDE!

Nota: Escambray respeta la ortografía y el estilo de Cuadernos Cubanos. No. 8. Universidad de la Habana. Comisión de Extensión Universitaria. 1969.

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