Historia de acero y miel

Pese a infortunios y tragedias, una enfermera espirituana se aferra a la vida con la estirpe que caracteriza a la mujer cubana

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“Mis hijos son el motor que me impulsa”, confiesa Eliaime Valdés. (Foto: José Alberto Rodríguez)

Ni siquiera aquella mañana del 2009, después de desplomarse en el salón del Círculo Infantil Los Reyecitos, temió por ella misma, antes, había impartido la clase a los estudiantes de quinto año de Enfermería, que pudo ser su última lección.

Tres días demoró Eliaime Valdés Milián en comprender que la comida que escapaba por la comisura de la boca y la pierna izquierda que se rezagaba eran la señal de que la vida se le había dividido en dos tiempos: antes del infarto cerebral y después, pero con tres hijos alimentando el corazón, bien se puede pensar que la mente solo necesita un nuevo horizonte, porque el motor está asegurado.

Su pacto con los milagros comenzó cuando asistió el primer nacimiento en el antiguo hospital materno de Sancti Spíritus, porque de su lazo con la Enfermería habían sido testigos los juegos infantiles con el maletín de la cruz roja, y aquella niña, muchos años después, asumió el cargo de jefa de team del salón de parto, gracias a su título de técnico de nivel medio en Enfermería Obstétrica. Su profesionalidad la convirtió también en delegada al IV Congreso de la especialidad.   

Tampoco era casual tanta tenacidad, porque la sangre siempre revela su estirpe, y ella había nacido de Anaberta, madre de tres niños, espirituana que se incorporó a la microbrigada de la Construcción para ganarse un apartamento en Olivos I, mientras su esposo José apoyaba el corte de caña. Él, remediano que se alzó en la Sierra Maestra durante la guerra de liberación nacional y que cedió la primera casa que le otorgó la Revolución.

Pasó la página y empezó de cero, añoraba más tiempo para atender a su pequeño. Abrió la puerta del Consultorio No. 17 perteneciente a Olivos I y devoró el abecé para dominar los deberes en la Atención Primaria de Salud Pública.   

Para acunar su segundo embarazo, echó tierra al dolor de la ruptura matrimonial apenas un año después de la maternidad; le restó importancia a la toxemia grave de la primera gestación que le dejó la hipertensión arterial como secuela, incluso, borró aquel parto traumático.

Que estaba embarazada por tercera vez lo supo a las 19 semanas, pero bastó la noticia para amar la criatura, y las palabras de Anaberta para darle confianza: “Donde caben dos, cabe otro más”.  Y la última gestación le provocaría una diabetes que desde entonces la haría padecer, definitivamente.

Dos meses de nacido tenía su tercer hijo cuando murió su mamá, la matriarca toda ayuda, siempre en la retaguardia. “¿Cómo vivo ahora?”, se preguntó, demasiado dolor le impedía creer en ella misma, y curar la ausencia de la madre requirió la fuerza de la Medicina.    

Aferrada a sus hijos comprendió que sus pasos solo podrían marcar hacia adelante, aún sin una casa propia y una conversación casual delataría su desesperación; sin embargo, encontró humanidad en la gestión de un funcionario, como cuando un sueño se hace realidad y nada más.

Un nuevo hogar en Olivos III, libros, tardes de coopelia, zoológico, clases de Kárate y de Música, un fogón encendido, y amor, suficiente riqueza para criar feliz a sus hijos dentro de la casa.

Bastó que Fidel Castro hiciera la convocatoria masiva a superarse, el hombre que siempre la ha inspirado, para que Eliaime iniciara en el 2005 las noches de estudio con la aspiración de ganar el título de licenciada y así fue tres años después.

Pero aquel día después del diagnóstico que le impuso la hemiparesia, Eliaime dudó, sí, confusión provocada por la silla de ruedas, sin siquiera haber celebrado los 45 años, pero no temió por ella, sino por Osmir, Jamir y Nadir, el primero comenzaba la universidad y los otros aún cursaban la secundaria.

Dos años de rehabilitación transcurrieron para cerrar el capítulo, con la sapiencia del doctor Luna, hasta aquel día que escondió el bastón y tomó el auxilio de Modesta, la administradora del Círculo Infantil Gilberto Zequeira, que, sin creer en su recuperación total, dijo lo contrario y la animó a formar parte del colectivo. Decidió vivir, otra vez, por sus hijos, la luz que la convidaba nuevamente a levantarse. Aun cuando una comisión médica la evaluó para quedarse en casa, en el Gilberto ha permanecido desde entonces rodeada de niños: besos que esperan en la puerta, manos sobre las frentes, sonrisa sincera.

La docencia también regresó, porque no hay límites para compartir sus saberes acerca de la salud escolar con los muchachos que estudian Higiene y Epidemiología y Enfermería.

Piensa en sus hijos todos los días, con el orgullo —que es pureza en el corazón de una madre— de haberlos guiado. Eligieron la misma carrera, y solo el mayor ya terminó la licenciatura en Derecho por la Escuela Militar Superior Comandante Arides Estévez, en La Habana.

Eliaime sueña con ellos todos los días. “Empínense”, les dice vía telefónica, “Como si yo fuera Mariana Grajales”, reconoce en la entrevista, y pudiera ser, piensa uno, tan solo solo ha cambiado el siglo.  

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