La caída del Padre de la Patria

Los hechos que llevaron a la deposición del presidente Céspedes el 27 de octubre de 1873 en Bijagual de Jiguaní, Oriente, tuvieron continuidad en su caída el 27 de febrero de 1874 en San Lorenzo, Sierra Maestra, y más allá…

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Carlos Manuel de Céspedes ganó con sus virtudes el honrosísimo calificativo de Padre de la Patria.

Aunque algunos historiadores han llamado golpe de estado a la deposición del patricio bayamés Carlos Manuel de Céspedes de su cargo de —primer— presidente de la República de Cuba en Armas, existen elementos para calificar de impeachment parlamentario ese error de lesa patria, también el primero en la historia de Cuba, que sirvió de detonante de la cadena de acontecimientos nefastos que llevaron al fracaso de la Guerra de los Diez Años.

Error de lesa patria porque allí los delegados del poder civil, entiéndase representantes a la Cámara, en una votación preparada con antelación y un tanto amañada, despojaron del poder conferido por la Asamblea y Constitución aprobadas en Guáimaro, Camagüey, al hombre que el 10 de octubre de 1868 tuvo la osadía y el valor de dar el grito de Independencia o Muerte contra el dominio colonial español en la isla. 

El accionar de Céspedes, quien era segundo de otro potentado criollo, Francisco Vicente Aguilera, en la organización de los aprestos conspirativos contra España, fue visto inicialmente por algunos complotados como una especie de usurpación, por haber emergido como líder de la insurrección desatada en La Demajagua el 10 de octubre de 1868, máxime, cuando tomó la decisión histórica de dar la libertad a sus esclavos y pedirles su incorporación a la Revolución, con iguales derechos a los de sus amos hasta ese momento.

Pero Céspedes actuó por fuerza mayor cuando conoció de las órdenes de detención inmediata cursadas contra él y otros destacados revolucionarios orientales por las autoridades españolas. He ahí su justificación histórica.

Una realidad contundente desde el primer instante fue lo perentorio de lograr la unidad y concertación de todos los grupos armados alzados contra España, lo que demostró al ilustre bayamés la necesidad de un mando único y fuerte que reuniera en un puño los esfuerzos libertarios, todavía muy dispersos, para lo cual asumió erróneamente el cargo de capitán general, denominación igual a la del jerarca que representaba la autoridad despótica de Iberia en Cuba.

Céspedes quería la unidad a toda costa, pero a las causas del rechazo a su jefatura vino a sumarse el temor a que concentrase un excesivo poder. Fue así como ambas partes: Céspedes y los cespedianos de un lado y el resto de los revolucionarios, del otro, convinieron en ir a un proceso constituyente para nombrar y ordenar legalmente las autoridades y leyes que regirían a una República de Cuba en Armas.

Habían transcurrido entretanto los primeros y contundentes reveses militares de la Revolución, con la pérdida de Bayamo y el avance de las columnas españolas por territorio liberado, para un intento inicial de separar a Céspedes de su autoridad suprema, cambiándolo por Donato Mármol, lo que fue evitado por gestión personal de Francisco Vicente Aguilera, por entonces jefe de Jiguaní, en el campamento de Mármol en Tacajó, Oriente.

Luego, además, los alzados en Camagüey no acababan de acatar la autoridad del hombre de La Demajagua, opuestos radicalmente a la dictadura, y cuya influencia determinó que los villareños, en un inicio dispuestos a seguir a Céspedes, se plegaran a su posición, que era la misma de los jóvenes intelectuales llegados de La Habana para sumarse al esfuerzo libertario.

Todo esto, unido a las presiones exteriores para que la Revolución de Yara asumiera carácter institucional como requisito indispensable para obtener reconocimiento y ayuda, resultó decisivo en la cita concertada en Guáimaro que inició sus sesiones el 10 de abril de 1869.

GUÁIMARO, UNIDAD ¿DE VERAS?

La necesidad de algún tipo de ordenamiento básico de la Revolución sumada a la visión idealista y subjetiva de muchos de los constituyentes llevaron a la adopción de un sistema que dio poderes decisivos al legislativo sobre el ejecutivo haciendo de la República de Cuba en Armas una entidad parlamentarista, que Céspedes aceptó haciendo concesión de su concepto.

A la Cámara de Representantes le dieron la facultad de nombrar y deponer al Presidente de la República y al General en Jefe del Ejército Libertador. La Cámara tenía facultad para legislar sobre un tema dado, decisión que podía imponer en última instancia sobre la voluntad del Presidente.

A este incumbía proponer a sus secretarios —ministros—, quienes debían ser ratificados por la Cámara. En cambio, se reconoció al Presidente emitir circulares y nombrar embajadores y agentes en el exterior. Además, en guiño de aprobación a la línea de Céspedes, se decretó por el artículo 24 la abolición de la esclavitud, al declarar libres a todos los habitantes de la república. 

No se debe obviar que el patricio bayamés había suscitado no pocos resquemores por sus órdenes de invadir las propiedades de terratenientes que no se sumaron a la guerra en el primer trimestre de 1869 y liberar a sus dotaciones por la fuerza. A estas decisiones hechas ley, se sumó la de designar a Manuel de Quesada al cargo de General en Jefe, quien poco tiempo después contrajo matrimonio con Ana de Céspedes, hermana del flamante presidente.

Aquel acto nupcial trajo consecuencias políticas cuando la Cámara vio en tal hecho un supuesto complot entre los poderes ejecutivo y militar, donde por presiones del “parlamento en la manigua” Quesada se vio precisado a renunciar en diciembre de 1869 a su cargo de Generalísimo, y Céspedes, obligado a aceptar la dimisión, lo nombra su nuevo “agente” en el exterior. 

Un paso que enconaría aún más las relaciones entre el Presidente y la Cámara, fue la aprobación por esta última, tiempo después de su constitución, del Reglamento de Libertos, que echaba atrás las libertades dadas por Céspedes a los esclavos que se unieran a la Revolución, lo que, lógicamente fue vetado por el Presidente, quien, por sus menguadas facultades, no podía impedirlo y, ya en diciembre de 1870, revoca el infame Reglamento de Libertos y autoriza el ascenso en grados militares de negros y mestizos.

En medio de estos choques constantes entre Céspedes y la Cámara, aprueba esta en abril de 1872 la Ley de Reorganización Militar, que fue vetada por el Presidente, quien, con poca fortuna en sus iniciativas bélicas había incurrido en errores atribuidos por sus adversarios a la falta de aptitudes y conocimientos militares y que poco después destituye a Máximo Gómez de jefe de la División Cuba y pone en su lugar a Antonio Maceo.

Entretanto, en Estados Unidos se habían formado dos tendencias entre los independentistas emigrados; la una liderada por Miguel Aldama, compuesta por ricos liberales de tendencia esclavista, y la otra, por Manuel de Quesada, emisario de Céspedes, quien envía a su vicepresidente, Francisco Vicente Aguilera, a tratar de resolver el problema, pero luego decide dejar sin efecto la mediación de Aguilera y nombra como sus agentes confidenciales a su cuñado Quesada y a Carlos del Castillo, enemigo declarado de Aldama. 

Para entonces la crisis definitiva se veía venir y Céspedes manda a buscar a Aguilera en un intento por contrapesar con su apoyo la oposición cada vez más radical de la Cámara, pero este decide no regresar hasta tanto no consiga armar una gran expedición que dé un impulso a la Revolución, lo que molesta al Presidente, quien declara concluidas sus funciones entre los emigrados.

Para colmo, el 11 de mayo de 1873 cae en Jimaguayú el Mayor General Ignacio Agramonte Loynaz, quien por su repulsa radical a todo lo que representara autoritarismo, se había opuesto al inicio de la guerra a la forma de conducción cespediana, pero que más tarde, una vez constituido el Gobierno y ante las constantes interferencias de la Cámara, vio en la práctica las razones del bayamés al abogar por un mando militar fuerte. En opinión mayoritaria, el Bayardo nunca hubiese permitido en vida lo que luego se hizo con Céspedes.     

BIJAGUAL: CRIMEN DE LESA PATRIA

Hacía rato que Carlos Manuel estaba al tanto de los trajines conspirativos de la Cámara en su contra, cuando esta se reúne el 27 de octubre de 1873 en el campamento de Bijagual de Jiguaní, protegida por la presencia cercana de 1 500 hombres al mando de los generales Calixto García y Modesto Díaz.

De los 16 diputados, solo 13 estaban físicamente presentes en Oriente, pero solo nueve —el cuórum mínimo requerido para la destitución del Presidente—, asistió a la cita en Bijagual aunque solo ocho votaron porque Salvador Cisneros Betancourt se abstuvo, ya que al ser presidente interino de la Cámara sería favorecido por la democión de Céspedes, de manea que, técnicamente, aquella grave decisión estuvo viciada de ilegitimidad. Aun así, el Presidente la acató sin protestar y desautorizó la intención de sus adictos de oponerse por la fuerza, lo que hubiese significado ya en 1874 una guerra civil y el fin de la Revolución.

Aquel acto irresponsable, fruto de rencillas, rivalidades y choque de intereses, urdido mediante intrigas, fue el resultado de una trama civil del parlamento que significó no solo un cambio de presidente, sino también de orientación política, pues asumió el poder el estamento oligárquico esclavista representado por los aldamistas y terratenientes orientales y camagüeyanos.

Prueba del ensañamiento personal contra el depuesto fue que a dos días del impeachment —la palabreja no existía entonces— la Cámara le retiró la escolta y se le obligó a seguir al gobierno en su peregrinar con el pretexto de que debía entregar a su sucesor, Cisneros, los archivos y demás papeles del gobierno. El citado y el Secretario de la Guerra, Félix Figueredo, se opusieron a la petición de Céspedes de que le permitieran retirarse al lugar de su elección y le dieran pasaporte con vistas a marchar al exterior a unirse con su familia.

Aquel martirio humillante para su dignidad, dada su condición de precursor con su grito primigenio de independencia en La Demajagua y el sacrificio de su hijo Oscar, por cuya vida el mando español exigió a Céspedes la abdicación de sus ideas libertarias, se extendió durante tres largos meses, hasta que le remitieron a un sitio intrincado de la Sierra Maestra llamado San Lorenzo, bajo el cobijo de personas leales a la Revolución.

El Padre de la Patria llegó a San Lorenzo el 23 de enero de 1874 en la mañana, acompañado por su hijo Carlitos, y se alojó en la finca del prefecto José Lacret Morlot. Un mes y cuatro días después de su arribo y cuatro meses después de su destitución; es decir, el 27 de febrero de 1874, Céspedes fue sorprendido por el Batallón de San Quintín en misión punitiva, al que hizo frente solo, con su revólver, hasta precipitarse mortalmente herido por un barranco. 

Aquel nuevo desastre del bando libertario, que marchaba con ventaja en el balance general de acciones militares en aquel momento, suscitaría desde entonces la duda penetrante de si lo sucedido había sido un hecho fortuito o estaba marcado por el sino infamante de la traición.

Tocaría a la historia juzgar. Es convicción extendida entre los estudiosos que con el crimen de lesa patria de Bijagual se había dado el golpe de muerte a la Revolución con casi cinco años de anticipo. Hoy pocos recuerdan a los responsables de aquel suceso triste mientras al héroe caído en San Lorenzo se le considera el Padre de la Patria.

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