La historia negra de “Chapitas”

Los roces del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo con Cuba empezaron mucho antes del triunfo de la Revolución cubana

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Rafael Leónidas Trujillo, el más cruel, asesino y maquiavélico de los dictadores latino-caribeños.

Esta es una historia larga y preñada de incidentes contradictorios la que marcó las relaciones entre Cuba y la República Dominicana a lo largo de la llamada Era Trujillo (1930-1961), y los vínculos paradójicos del sátrapa quisqueyano Rafael Leónidas Trujillo y Molina con su homólogo cubano  Fulgencio Batista, antes y después de su derrocamiento en enero de 1959.

De alguien que en sus inicios fue delincuente rastrero, asaltante de caminos y violador, Trujillo devino con el tiempo alto oficial y general de la Guardia Nacional, herencia de la ocupación militar yanqui que concluyó en 1930. A partir de entonces, por medio del fraude, el chantaje y la violencia asaltó el poder en Dominicana, donde fundó una dinastía que se apropió de las principales riquezas del país.

Al régimen trujillista se le atribuyen más de 50 000 muertos, entre ellos los crímenes de líderes obreros y políticos que lo combatían, como Mauricio Báez, apresado y desparecido en La Habana en diciembre de 1950, y “Pipí” Hernández, muerto a puñaladas en esa ciudad en agosto de 1955. Notorio resulta lo ocurrido al profesor español Jesús de Galíndez, plagiado en Nueva York en marzo de 1956 y trasladado a Santo Domingo, donde fue torturado en persona por el tirano, que lo asesinó o mandó a liquidar y desaparecer.

FIDEL ENTRA EN ESCENA

“Chapitas”, como también solían decirle por su afición desmedida a las medallas, salió airoso mientras no se enfrentó de lleno a la Revolución cubana y a su líder, Fidel Castro. En 1947, Fidel, asqueado por las fechorías y crímenes del sátrapa, se unió a la llamada expedición de Cayo Confites, que pretendía atracar en esa hermana tierra para liberarla de Trujillo y su régimen.

Pero el proyecto se frustró y el entonces joven estudiante de Derecho fue el único que logró escapar a nado cuando unidades de la Marina detuvieron a los concentrados en el lugar. Después del golpe del 10 de marzo de 1952 las relaciones entre Batista y Trujillo tuvieron altibajos, pues si de inicio fueron frías, durante la lucha insurreccional en Cuba el amo de Quisqueya le vendió armas.

Uno de los puntos fuertes del exilio cubano contra Batista era la capital venezolana, donde radicaba un dinámico grupo del Movimiento 26 de Julio que recibía ayuda de opositores dominicanos radicados allí. En esta coyuntura, ya a inicios de diciembre de 1958 aterriza en la Sierra Maestra un avión procedente de Venezuela con un importante alijo de armamento aportados entre ambos.

En el avión llegó Enrique Jiménez Moya, quien era portador de un mensaje de la Unión Patriótica Dominicana radicada en Caracas, en el cual le transmitieron a Fidel el apoyo total y le solicitaban colaboración para la lucha posterior contra Trujillo, que incluía primero la incorporación de Jiménez y otros revolucionarios dominicanos a las guerrillas antibatistianas en la isla.

Jiménez Moya participa en los últimos combates de la guerra en Cuba, es herido en Maffo y poco después lo ascienden a capitán. Pero los sucesos se precipitan, la dictadura cae y, de facto, se hace firme el compromiso de los revolucionarios cubanos con sus análogos dominicanos.

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La prensa latinoamericana reflejó profusamente la muerte del dictador.

LA EXPEDICIÓN INFORTUNADA

Entre el 23 y el 27 de enero de 1959, el Comandante en Jefe Fidel Castro visita Venezuela. Allí ambos gobiernos acuerdan brindar su apoyo a los patriotas dominicanos para una expedición liberadora hacia Santo Domingo; solo Cuba cumpliría cabalmente.

En un encuentro de Fidel con Jiménez Moya y el Comandante Delio Gómez Ochoa, quien durante la guerra había sido jefe del IV Frente Oriental Simón Bolívar, se acuerda comisionar a Gómez Ochoa para recibir a los dominicanos y voluntarios de otros países, organizarlos y entrenarlos en guerra de guerrillas.

Luego de varios análisis se decidió ubicar el campamento de los futuros expedicionarios en Mil Cumbres, Sierra de los Órganos, Pinar del Río, donde había operado el V Frente guerrillero en la lucha contra Batista. Al osado proyecto se incorporaron principalmente dominicanos, pero también españoles, guatemaltecos, venezolanos, norteamericanos, puertorriqueños y, por supuesto, cubanos. 

Según consta el en libro La victoria de los caídos —Delio Gómez Ochoa, Casa Editorial Verde Olivo, 2009— en total se alistaron 261 combatientes, de los cuales 198 permanecieron dispuestos para la acción, y de ellos 155 eran dominicanos y 18 cubanos.

Finalmente, y luego de incontables peripecias, la expedición parte del norte oriental el 14 de junio, cuando sale un avión C-46 con 54 combatientes a bordo, que aterriza bajo el fuego en el aeropuerto de Constanza, en República Dominicana, donde existía una base militar. El resto del personal viajó en los yates Carmen Elsa y Tínima, que desembarcan respectivamente el día 20 en Maimón y Estero Hondo, donde de inmediato son confrontados por el Ejército trujillista.

La persecución desatada contra los expedicionarios resultó feroz, y fueron atacados día y noche por los soldados y la aviación del régimen, que mató o capturó ya en los primeros días a la mayoría de ellos. Los heridos fueron como regla rematados en el lugar, y los demás, concentrados en instalaciones militares, torturados y luego asesinados. De los 261 expedicionarios solo sobrevivieron seis, entre ellos los cubanos Delio Gómez Ochoa y Pablito Mirabal Guerra.

A propósito del hecho, Trujillo presentó ante los medios a los dos cubanos y desató una feroz campaña contra Cuba, mientras acusaba en la OEA al Gobierno fidelista y preparaba a toda marcha la invasión a la isla como parte de la conjura de la Rosa Blanca. De momento la victoria era suya, pero la euforia solo le duraría seis semanas…

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