Lourdes Díaz Fasco: Hago bien para sentirme en paz conmigo misma (+fotos)

Una laboratorista espirituana con 40 años de servicio, quien cumplió misión internacionalista en Venezuela, sostiene que no hace falta mucho para ser feliz

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Modesta y dispuesta siempre a ayudar, Lourdes se gana la simpatía y el respeto de sus pacientes. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

La marcaría para siempre aquella, su primera paciente, una mujer joven que antes de extender el brazo para la extracción de la sangre se le colgó al cuello y, llorando, repitió varias veces: “¿Por qué no vinieron antes?”. Después Lourdes Díaz Fasco y los demás que presenciaron la escena comprendieron: era una madre cuyo niño de dos años había muerto meses antes, por cuenta de una apendicitis.

“Contó que en una clínica privada le pidieron el seguro médico, y como no tenía, nadie atendió a su súplica por el pequeño que se veía muy mal, y que llevaba días gritando de dolor”, rememora, para articular luego, como quien no se resigna a lo inaudito: “En Cuba esas historias no se dan. ¿Que alguien muera porque le sea negada la asistencia?, jamás. Imagínate aquello”.

Había llegado semanas antes al municipio de Los Taques, en el estado de Falcón. Corría el 2006. Ni ella ni los demás integrantes de la brigada médica cubana imaginaban entonces las experiencias que estaban por venir en los próximos cinco años. Atrás quedaba, en Cuba, la Misión Milagro, donde a lo largo de un año ayudó a tantas personas de distintos países. Muchas, rememora, vieron por primera vez a sus hijos y nietos.

Lo primero en Venezuela fue sumergirse en el empeño de terminar de habilitar el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) Francisco de Miranda. Tanto, que realizaban trabajos bien alejados a sus habituales funciones, y echaban mano lo mismo al cemento que a la pintura, armaban las camas y el mobiliario clínico. De vez en vez sentían la mirada recelosa y hasta burlona de algunos opositores al gobierno de Chávez. “Nos preguntaban si Cuba había enviado albañiles y pintores por médicos, pero cuando nos vieron en nuestras respectivas tareas entendieron”, relata más de una década después de aquellas vivencias.

En la hermana nación Lourdes aprendería de dolor, de ingratitud primero y de agradecimiento después; de lealtad, de fuerza de las ideas. Ciertas historias jamás se le desdibujan, como la de los niños que se le acercaban y declaraban llevar días sin comer, con el hambre en el rostro. Entonces renunciaba a su plato y se lo cedía a ellos.

Aprendió también, dice, a ser mucho más humana. Dio lecciones de dignidad y de fidelidad a Cuba. Ni idea tiene de que lo hizo, pero fue lo que sucedió aquella vez cuando un chofer opositor, quien le pedía insistentemente que no se fuera, porque los cubanos hacían allí un trabajo como para respetar, entró corriendo al CDI con el dedo pintado de azul y casi gritó, eufórico: “Primera vez en 35 años que tengo, y desde que Chávez está en el poder, que voto por él. Lo hice por ti, por ustedes, para que continúen aquí”.

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De forma temporal, Lourdes, ha laborado en la Clínica del Diabético, en el Hogar Materno Provincial y en Banao. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Y ella le ripostó: “No, no lo hiciste por mí. Lo hiciste por ti, por tu futuro, porque lo mío: mi salud, la educación de mis hijos y mi seguridad social están allá, garantizados con mi Revolución”, revela sobre el día en que ganó un adepto para la causa chavista.

Dulce, natural y con una agilidad sorprendente, esta mujer se gana el cariño y el respeto de cada paciente que pasa por sus manos. Amiga de la sinceridad y enemiga de las injusticias, ha observado a alguno de sus congéneres su conducta impropia hacia una persona adulta. “Podría haber sido tu madre, ¿te gustaría que le dieran ese trato?”, ha llegado a retar.

Tiene dos religiones: Dios y Fidel. Su máxima en la vida es hacer bien a los demás. Sufre con el dolor ajeno. Sostiene que no hace falta tener mucho, aunque eso no es malo siempre que no se subvalore o devalúe a los que tienen menos o no tienen nada. “Poner la cabeza en la almohada tranquilamente es para mí lo que más importa. Hago bien a cambio de nada, solo para sentirme en paz conmigo misma”.

Nadie la recuerda como asistente dental tras graduarse de la escuela Fe del Valle. Poco después entró al mundo de los laboratorios clínicos; tenía solo 17 años. Desde entonces puede vérsele en el Policlínico Centro de la ciudad de Sancti Spíritus, donde figura entre las de más tiempo de permanencia y adonde jamás traslada un problema hogareño sino, como regla, una sonrisa.

“Disfruto lo que hago, aunque cuando se trata de niños sufro enormemente. De forma temporal he laborado en la Clínica del Diabético, en el Hogar Materno Provincial y en Banao”, declara. Son sitios todos donde, una vez que conocen su calibre, se resisten a dejarla ir, como mismo sucede en su centro.

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“Gracias al trabajo de nuestra brigada médica en Venezuela algunos opositores se sumaron a la causa de Chávez”, sostiene Lourdes. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

¿Cómo entró a ese mundo, siendo tan sensible?

“Quizás porque en esta carrera hace falta sensibilidad. A mí me viene más por la parte de mi papá. Él escuchaba a Fidel durante horas, y yo permanecía a su lado. Eso fue para mí como un patrón”. No puede hablar ni oír hablar de ese a quien considera también un padre sin que las lágrimas le afloren.

Entonces me explico su respuesta ante la provocación de otro opositor, que un día le echó en cara la “inmodestia” de su Presidente por vestir, en medio de su convalecencia, un pulóver Adidas: “Le dije: No, orgulloso debe sentirse ese pulóver marca Adidas de estar en el cuerpo de mi Presidente. Por unos días no me habló, pero luego aflojó: ‘Hay que reconocer que ustedes quieren a su Patria’”.

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