No sé vivir sin los niños (+fotos)

Graciela Pérez Moya, prestigia por más de 40 años ininterrumpidos el sector educacional en Yaguajay

La noticia de que alguien vendría a entrevistar a la maestra ya la murmuraban los alumnos. Tanto í que al entrar a la escuela Primaria José Antonio Echeverría Bianchi de la comunidad de Narcisa en Yaguajay, nos recibió una interrogante:

 —¿Vienen a entrevistar a la maestra Graciela?

 —Sí, respondimos con asombro. 

—Vengan, es por aquí.

Y con la mayor disposición, los pasos traviesos y seguros de aquel pequeño nos llevaron hasta Graciela Pérez Moya, educadora de este centro escolar, quien atesora 49 años ininterrumpidos en el magisterio.

Una mujer de una energía sin límites, huérfana de presunciones, y que contagia su pasión por el arte de enseñar. De ahí que desnude con el mayor regocijo cada uno de sus pasos dentro de la pedagogía.

“Antes de comenzar los estudios de Laboratorio Clínico, que centraba mi interés en la juventud, me desempeñé como maestra en la zona rural en la que vivía, cerca de la Finca Boffil. Allí pasé varios meses en las aulas de segundo a quinto grado, y fue esa experiencia la que transformó mi horizonte. Me gustó tanto el trabajo con los niños que no quise apartarme nunca más de ellos, y decidí emprender la carrera de maestra, al mismo tiempo que trabajaba”, comenta.

Pasó el tiempo, y Graciela abrazó las aulas como licenciada en Educación Primaria en el año 1985, después de saborear el privilegio de integrar el primer grupo de maestros en el país que alcanzaba esta categoría. Sus lecciones llegaron hasta centros educacionales como la José María Padrón, de Júcaro, y la Josué País, de Santa Cruz, entre otros del territorio, lugares a los que mostró los colores de la vida.

“Un maestro para dar una buena clase tiene que dedicarle tiempo a la misma. Siempre debe auxiliarse de medios de enseñanza, libros adicionales…, iniciativas que los curtan profesionalmente y que les permita, a su vez, motivar a los alumnos en la clase del día. Lleva tiempo y trabajo, pero es la única manera de lograr un buen aprendizaje”, explica. 

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Desde el año 1994 Graciela llega a la escuela primaria José Antonio Echeverría. (Foto: Yoan Blanco Borroto)

En su transcurso por diferentes planteles del municipio, recorrió todos los grados de la Enseñanza Primaria, y en la José Antonio Echeverría no fue la excepción. Sin embargo, hace cuatro años que se centra en la instrucción de quinto y sexto grados, y en la actual etapa funge como docente de los 13 estudiantes del año terminal de la etapa primaria.

“No sé si trabajo en la casa o vivo en la escuela. Por la mañana, mis estudiantes me vienen a buscar, unos me llevan los libros; otros, el puntero. Si tienen alguna duda, vienen para acá a cualquier hora. Todo se ha convertido en una sola cosa: hogar y escuela”, describe con gusto.

Graciela, además de maestra, asumió otras responsabilidades: directora, metodóloga de organización escolar e inspectora. No obstante, prefiere el vínculo con los niños. “Me jubilé en octubre del 2008, y a finales de ese mismo mes solicité los papeles de reincorporación, porque no me hallaba sin la escuela. No sabía qué hacer, ni cómo vivir sin ir hasta ella cada mañana. En diciembre me llegó, y ese mismo 2008 estaba impartiendo quinto grado, después de llevar 20 años como directora de la José Antonio Echeverría”. 

Desde entonces esta educadora de 65 años de edad no concibe un solo día sin sus infantes. Confiesa que no sabe definirlos si como nietos o hijos tardíos, lo cierto es que están hechos de pedacitos de su ser.

“Hay que tener presente que la labor del maestro va más allá del aula. A mí nunca me molestan esos pequeños, ni que se acerquen a deshora en busca de una aclaración. Así quiero formar a las nuevas generaciones. Así anhelo que sean los maestros del futuro”.

Graciela Pérez Moya atesora la Distinción Educadora Ejemplar, y por la Educación Cubana, así como las medallas José Tey, y Rafael María de Mendive, entre otros lauros que avalan su trayectoria por el saber.

“Para mí ser maestra es todo. Si volviera a nacer y me preguntaran: ¿qué vas a hacer, seguro que diría: maestra.  Los años pasan y no encuentro la forma de abandonar la escuela, porque no sé vivir sin ella, y sin los niños”, refiere con emoción.

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Graciela abrazó las aulas como licenciada en Educación Primaria en el año 1985. (Foto: Yoan Blanco Borroto)

Y entre estas últimas palabras se escondió por un instante la voz de Graciela Pérez Moya. Descansó, y se repuso para retomar el diálogo. Una vez finalizado, agradecimos la oportunidad de surcar sus senderos por el magisterio. Mientras, sus pequeños, esperaban una foto con su maestra Graciela, esa que prestigia la Escuela Primaria José Antonio Echeverría, de Narcisa, en Yaguajay, una mujer a la que también dibujan como su segunda madre. 

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