Paisajista de luz

Lorenzo Ruiz llega a sus 35 años de vida artística defendiendo un género de las artes plásticas poco frecuente en la contemporaneidad

trinidad, artes plasticas
Lorenzo Ruiz recrea cada ambiente que capta con su lente. (Foto: Lisandra Gómez Guerra/ Escambray)

Una exquisita taza de café ofrece la bienvenida. De un lado, él con una rica historia, apasionante, hija de la constancia; del otro, yo, grabadora en mano, intentando captar cuanta palabra detalla una silueta dejada como huella en algún lienzo o una imagen eterna al apretar el obturador.

El tiempo voló. Demasiadas historias llegaron a la vez, sobre todo de los últimos 35 años. Tal y como él mismo refiere, el momento exacto al estar “en el medio del camino, voltear la vista y decir: mira todo lo logrado”.

La sugerente filosofía de vida de este espirituano aplatanado con nombre de linaje: Lorenzo Merquiadez Ruiz Rodríguez —mas él firma como Lorenzo Ruiz— ha sido suficiente para colarse con todos los honores en el mundo artístico.

“Me gusta mucho la alegría, por eso en mis obras hay siempre luz. Desde 1984 me he forjado como artista”, sintetiza en algún momento de la conversación.

Cerca nos acompañan algunas de sus piezas, una de las más grandes lo regresa una y otra vez a sus orígenes, a aquellos días en que corría por la tierra húmeda de Casilda.

“Las tardes de Trinidad son muy cálidas. El calor de la iluminación de los lugares que luego llevo al lienzo es el que me dice cómo hacerlo”, deja escapar mientras se pierde en el sol que escolta un grupo de primitivos barquitos en el mar.

Justo en ese ambiente descubrió, por vez primera, el placer que sentía al dibujar. Ni siquiera la distancia cuando cargó una maleta y cruzó el mundo hasta llegar a Bulgaria, donde estudió Ingeniería en Alimentos, lo hizo perder el camino.

“Desde niño me mantuve vinculado a las artes plásticas en los círculos infantiles. Ya en el preuniversitario se hizo más intenso ese vínculo. Y a mi regreso tuve la suerte de encontrarme con mi instructor Jorge Luis López, quien trabajaba en el entonces Pedagógico, y le pedí pinceles y pintura. Empecé a crear y desde antes ya hacía fotografías”, cuenta como si hubiese sido ayer.

En 1984 da el primer gran paso al ser aceptado en un Salón Provincial Oscar Fernández Morera y un año después se lleva uno de los lauros en un Salón del amor, verdadera hazaña para quien no tiene formación academicista en el panorama artístico.

“Cuando Sancti Spíritus se gana su primera sede a nivel de país por la efeméride del 26 de Julio, llega hasta aquí el otrora Grupo Nacional de Ambientación ya que no existía el Fondo Cubano de Bienes Culturales (FCBC), y atendí al arquitecto que venía al frente de dicho grupo. En una conversación le mencioné que pintaba y al ver lo que hacía me pidió que creara tres obras por encargo. Una de ellas permanece en lo que se conoce como Hotelito del Gobierno. Cuando fui al Focsa a cobrar y vi el monto, me dije: Pero si esto es lo que realmente me gusta y pagan bien, entonces es lo que tengo que hacer.

“Posteriormente llegaron otros pedidos para los hoteles Tuxpan, de Varadero y Tritón, en La Habana. Incluso, me ayudaron a preparar mi primera exposición personal… Mis planes eran que esto llegara con la jubilación, pero la vida me atropelló y desde 1998 soy un creador independiente”.

¿Por qué el paisaje?

Es muy complicado, pero si analizas cada corriente, todos los tiempos han estado acompañados de paisajistas. Es muy espiritual. Voy hasta el sitio, hago cientos de fotos, elijo el horario del día hasta que logre concectarme con ese espacio. Además, el paisaje siempre ha tenido mercado y yo vivo estrictamente de eso.

¿Cómo ha logrado afianzarse en un mercado tan fluctuante?

Con mucho esfuerzo, perseverancia, rigor e inconformidad con mi propia obra. No dejo de estudiar, de prepararme para que mi obra cada día sea mejor. Eso me ha hecho superarme como pintor y fotógrafo. Casi todas mis pinturas tienen su historia y vivencia personal.

En Sancti Spíritus en estos momentos solo residen dos paisajistas: Antonio Díaz y Lorenzo Ruiz. ¿No teme constituir un referente?

Siempre he tenido muy buena relación con los artistas jóvenes. Alguna que otra vez di conferencias en la Escuela de Instructores de Arte, pero no me creo referente. Sí he notado que me respetan. Ayudo siempre a quien lo necesite. La clave ha estado en que he ido formando mi técnica. Por ejemplo, cuando comencé entró el boom del acrílico y esa escuela en Cuba no existe. En la Enseñanza Artística no se enseña a pintar, se aprenden otras muchas cosas que yo quisiera saber, pero el oficio no.

¿Ya lo tiene?

“Lo he forjado. Incluso, es reconocido internacionalmente porque he expuesto y vendido fuera de Cuba. Para mí es esencial que cuando el público se pare frente a mi obra, la aprecie, la disfrute y se sienta respetado”.

Una pausa. Subimos a la segunda planta de su casa. Nos acoge su altar. Pintura, caballetes, cuadros… todo ha encontrado el lugar que pudo. Junto a la obra que termina, la laptop con la imagen real. De frente, su creación: la cascada La bella, de Lomas de Banao. La Virgen de la Caridad le guía.

“Vengo del subrrealismo y la figuración al realismo e hiperrealismo porque siempre me gustó mucho el campo”, acota, mas solo hay que seguir su carrera para disfrutar de tantos paisajes nacionales y foráneos que hoy forman parte de colecciones permanentes y particulares en Cuba, Estados Unidos, Canadá, Italia, Islas Canarias, Principado de Mónaco, México, Costa Rica, Puerto Rico, Nicaragua y Martinica.

¿Por qué con esos éxitos se le ve poco en los salones?

Son el espacio para dar a conocer a los jóvenes talentos. Ya tengo lauros y el mejor es el reconocimiento de esta ciudad, de los conciudadanos, amigos y de la gente que te quiere.

¿Deudas en estos 35 años?

Lo único que no me acomoda es que en dos ocasiones he sido denegado para ingresar en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, (Uneac). Eso no me ha afectado para realizar mi carrera, pero sí me interesan las preocupaciones y los temas de la intelectualidad cubana.

¿Cómo caminará en el año 36?

Hay un proyecto por ahí con la Galería del Fondo Cubano de Bienes Culturales, de Tinidad; otro con Álvaro José y seguir atendiendo a mis clientes. Creo que hoy estoy feliz porque, aunque no tuve la suerte de tener la escuela, era tanta la voracidad por conocer y apropiarme de conocimientos que me permitió llegar hasta aquí.

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