Soy un hombre apegado a los principios

Así se define Eduardo Heras León, uno de los narradores más prolíferos de Iberoamérica

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Asegura Eduardo Heras León que el magisterio y las enseñanzas a los jóvenes centran su vida. (Foto: Tomada de la Jiribilla)

Anda despacio, al mismo ritmo con que teje cada una de las palabras que lanza para estremer cualquier escenario. Piensa o por lo menos así se le ve siempre, con la mirada en ese futuro cercano que puede emerger en cualquier momento en su callado ejercicio escritural. Una vocación descubierta, junto a la del magisterio, desde hace mucho tiempo.

“A los cinco años senté a otros niños y en una pizarrita comencé a enseñarles a escribir las letras y los números. Cuatro años después, redacté mi primer poemita, siempre bajo la atenta mirada de mi padre, que nunca me corrigió ningún verso. Me dijo que un día sería capaz de hacerlo solos”, cuenta como si hubiese ocurrido ayer.

“Del progenitor heredó la pasión por los libros. Sus paseos eran ir a escuchar a decimistas, improvisadores y consumir poesía, a la que denomina “el arte primario de la literatura”.

¿Cuándo y cómo llegan los cuentos?

“Cuando ingresé a la universidad me encontré con un grupo de jóvenes, donde estaban Rogelio Moya y Renato Recio, quienes escribían cuentos y un poco ellos me impulsaron. Lo primero que hice fue narrar mis vivencias. De pronto, un día surgió un cuento y resultaron mis experiencias de Playa Girón y por ahí seguí hasta que hice mi primer libro La guerra tuvo seis nombres”.

¿Qué significa para usted ser un escritor?

“Ponerme en comunicación con los demás y hacerles la vida un poquito más fácil. Es ensanchar un poco los horizontes vitales del ser humano. Creo que esa es la literatura y, sobre todo, ayudar a buscar la verdad porque resulta, en última instancia, el objetivo básico y fundamental de la literatura”.

¿Se dice siempre la verdad en la literatura?

“Recuerda que la narrativa tiene mucho de ficción. Claro, hay escritores realistas, fantásticos, de ciencia ficción… Soy fundamentalmente uno realista, escribo de las cosas que vivo. Me siento bien dando a conocerme. De esa forma ayudo a la vida de los demás, presentando mis experiencias, mis defectos, mis virtudes, mis amores y mis odios”.

Esta divisa ha sido clave para uno de los narradores más prolíferos de Iberoamérica, al cual se le dedicó la recién concluida edición de la Feria Internacional del Libro. En su extenso currículo reina la versatilidad: periodista, miliciano, Premio Nacional de Edición 2001, Maestro de Juventudes 2007, fundador del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Premio Nacional de Literatura 2015…

¿Qué autores pueden detectarse detrás de sus letras?

“Muchos, sobre todo cubanos como Onelio Jorge Cardoso, Alejo Carpentier, José Lezama Lima y extranjeros como Ernest Hemingway; también los soviéticos como Alexander Beck y Mijaíl Aleksándrovich Chéjov, quienes me ayudaron en mi formación ideológica y literaria”.

¿Esa paz que lo delata cuando lo vemos, quizá heredada de la cultura asiática, ha sido la responsable de sobrevivir en tiempos de doble fe?

“No creo que sea lo racial, sino que he sido un hombre apegado a los principios con lealtad, a esos que hacen mejor al ser humano; que te hacen desarrollar tu capacidad de resistencia y, sobre todo, tu amor a la justicia y la fe en la Revolución. Precisamente eso fue lo que me ayudó a superar etapas difíciles”.

El Chino, como suelen llamarle, materializó una idea que muchos hoy agradecen desde lo más profundo del corazón: creó el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde, junto a otro grupo de amigos y su esposa Ivonne, ha ofrecido herramientas que marcan la brújula a seguir con destino a una mejor literatura.

“Mantenerse 20 años en ese lugar, centro de contacto directo con los jóvenes, ha alimentado mi vida porque cuando enseñamos a esos grupos etarios, ellos nos enseñan a nosotros también. Fue un sueño de toda la vida que se pudo llevar a la realidad. Casi estoy al terminar mi periplo porque ya el proyecto se cumplió y ayudó —en muchos sentidos— a las ideas del Comandante en Jefe sobre cómo debía llegar la literatura al pueblo y a eso se debió también un proyecto como el de Universidad para todos que nació del propio Fidel”, dice mientras toma una pausa obligada.

Los muebles de mimbre y bambú rechinaron al contacto con mi espalda… Algo saltaba a la vista, tenía una mirada limpia que dejaba una paz duradera en el entorno, y era un hombre negro y blanco… Se dejó caer muy suavemente en su sillón con almohadones…

Es una de las tantas descripciones sobre el también fundador de la Editorial Letras Cubanas, llegadas a una de las ediciones del curso de formación, tras compartir con el enigmático profesor.

¿Por qué no deponer las armas de la enseñanza después de alcanzar el reconocimiento como escritor?

Soy un maestro. Para mí tengo tres vocaciones: escritor, editor y maestro. Y si me obligan a escoger, diría que la de maestro. Lo soy por encima de todo. Siempre tengo que estar enseñando a los jóvenes porque he apostado por ellos. Es mi razón.

¿Cuánta responsabilidad tiene, precisamente, esa enseñanza para el futuro de la literatura cubana?

Alguna debe tener porque desde el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso hemos cambiado un poquito la cartografía de la literatura en Cuba. Este es un país de poetas y hoy vivimos en uno de poetas y narradores y como centro tenemos alguna responsabilidad en ese cambio.

Si tuviera que escribir los cuentos de su vida, ¿qué título le pondría a ese libro?

Mis cuentos son testimonios de una lealtad de principios. En la literatura lo que hago siempre es tratar de encontrar la verdad entre tantas cosas que la cotidianidad te impone. Pero siempre con mucha fe y esperanza en el futuro. Tal vez, ese pudiera ser un buen título: Esperanzas en el futuro.

*El fragmento en cursiva pertenece al cuento Epifanía, firmado bajo el seudónimo de Quijote Sancho Senin y presentado en la más reciente edición del curso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.

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