Aquí nadie se quedó sin amparo ni durmió a la intemperie (+fotos)

En el Entronque de Guasimal, comunidad ubicada a 10 kilómetros del municipio de Sancti Spíritus, el amanecer del 25 de mayo trajo destrucción, pero también una solidaridad que desbordó el caserío

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Al día siguiente los pobladores aprovecharon el sol para orear colchones, libros y efectos electrodomésticos que se empaparon con la lluvia. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Despierta, pero aún en la cama tras una noche de abundante lluvia, Darenis Álvarez Quintero sintió unos truenos muy fuertes y seguidos. “Hacía viento, pero no tanto. Escuché a mi mamá gritar en la cocina y, al instante, un estruendo enorme, inexplicable, casi sobrenatural. Pensé en bombas, piedras, no sé. En uno de esos truenos, que para mí fue el último, miré hacia arriba y vi la claridad; el techo ya no estaba”.

“Se me fue el mundo, porque el techo estaba bueno y pensé que ni paredes teníamos ya”, cuenta con la voz afónica, de la tensión. Se impuso entonces, junto con el hermano y el padre —cuenta—, calmar a su mamá, que a esa hora ya no era la enfermera del pueblo, sino una paciente necesitada de atención.

La joven de 22 años, estudiante de quinto año de la carrera de Medicina, hasta hace poco andaba inmersa en la pesquisa activa para la detección de COVID-19 o dengue. Pero esta vez en ella convergieron dos seres humanos: la víctima y la futura doctora.

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Dionisio Gallo, delegado de la Circunscripción No.70, sostiene: “Todo el auxilio llegó de inmediato y ayer mismo recibimos más de 70 mantas para cubiertas. Aquí nadie durmió a la intemperie”. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Tuvo un mal presentimiento cuando al volver de la casa de enfrente, donde dejaron ella la laptop y su hermano el televisor, miró hacia la vivienda contigua a la suya y la vio sin techo. Gritó los nombres de Eddy, la señora mayor con una discapacidad, y de su hermano, pero nadie respondió, o tal vez la lluvia le impedía escuchar. Casi enseguida supo que el vecino de más allá había recogido a Eddy, quien se encontraba sola.

Ya el diluvio se cernía sobre los cerca de 400 domicilios, que acogen a unas 1 220 personas. Según los últimos reportes, 112 de las moradas resultaron dañadas en sus techos; seis de ellas de forma total.

HISTORIAS CRUZADAS

La de Darenis es una entre los cientos de historias que se entrecruzan a la hora del recuento. Igual de dramáticas se escuchan las revelaciones de Daimara Hernández, cuyo techo, ya descalabrado desde antes, voló completo sin que le diera tiempo a buscar amparo bajo la placa de su madre y su abuela, distante a solo unos 6 metros.

“Serían las 6:05 o 6:10 a.m. cuando sentimos una bulla enorme que tronaba, le digo a mi esposo: Corre, coge al niño, que nos cae la casa arriba; lo metimos dormido en el escaparate; pero al ver que todo se desprendía, que arriba había piedras y tejas dando vueltas, como en una bola de candela, lo acostamos debajo de la cama, donde ya teníamos un grupo de cosas. No podíamos cubrirnos con nada, solo gritábamos acurrucados uno junto al otro; de aquella calle para acá todo volaba”, narra, apuntando a la puerta trasera.

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Odalis Lorenzo Vera, responsable de vigilancia de la Zona No. 72 de los CDR, asegura que de manera inmediata se personaron allí representantes de todas las empresas implicadas en las soluciones que se necesitan. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Odalis Lorenzo Vera, responsable de vigilancia de la Zona No. 72 de los CDR, va indicando a un lado y a otro las principales afectaciones: el techo arrancado en la casa “nueva de paquete” de Acela Oliva, quien tiene fracturadas las dos caderas y debió arrastrarse para auxiliar al hijo epiléptico y con otras secuelas de un infarto cerebral; la de Lidia Ester Álvarez, presidenta del CDR, quien recibió una herida encima del borde frontal izquierdo de la cabeza. En lugar de hablar de su lesión, la mujer se deshacía en agradecimientos y halagos sobre la solidaridad de “todas las instituciones que vinieron a auxiliarnos”.

Cuentan que aquello se llenó de vehículos con autoridades que preguntaban, anotaban, realizaban llamadas y emitían indicaciones. Que no faltaron ni el Consejo de Defensa Municipal, ni el Provincial ni el de Zona. Que vendieron de todo, desde galletas, queso y refresco hasta almuerzos y comidas elaboradas. Que manos hermanas colaboraron en la recogida de escombros, la poda de cerca de una decena de árboles maltrechos y la limpieza de los hogares.

 Dionisio Gallo (Gallego), chofer de la Empresa de Construcción y Montaje Sancti Spíritus y delegado de la Circunscripción No. 70, sostiene categórico: “Todo el auxilio llegó de inmediato y ayer mismo recibimos más de 70 mantas, que fueron repartidas y colocadas en las cubiertas. Aquí nadie se quedó sin amparo ni durmió a la intemperie”. Esa noche no llovió y a la mañana siguiente el sol era intenso, por lo que muchos colchones y equipos electrodomésticos se oreaban, en espera de su “reacción”, en el caso de los segundos.

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La casa de Acela Oliva, quien tiene fracturas en ambas caderas y debió auxiliar al hijo epiléptico, se quedó sin techo. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

En sus diálogos con Escambray las familias hablaban de esperanzas nacidas al calor de tantas manos extendidas, de la solidaridad que llovió a cántaros y continuaba al siguiente día, cuando ya los daños al servicio eléctrico habían sido resarcidos, técnicos de la Dirección Municipal de la Vivienda decantaban las afectaciones y múltiples gestiones se enrumbaban para agilizar la adquisición de recursos que permitan la reconstrucción.

“Aquí no faltó nadie, volando la tierra llegaron todos, con cargos o sin cargos, desde los campesinos de las cooperativas cercanas hasta los periodistas, que también vinieron”, reseña Odalis. Un aparte en su sesión de lavado hizo Yamilia García Rivero, una mujer de tez india, para contar su fe en que luego de esta, la tercera vez que un fenómeno meteorológico la afecta (su familia resultó damnificada por el huracán Irma y la tormenta subtropical Alberto), logrará el añorado subsidio o la casa nueva que, según le han dicho, pronto se levantará, porque es prioridad.

EPÍLOGO TRAS UNA LLUVIA DE TORMENTAS

En medio de su batalla para prevenir nuevos casos de COVID-19 o de dengue, enfermedad que desde mediados de abril ha sumido al territorio en una guerra con dos frentes, Sancti Spíritus tuvo en el brote de tormentas locales severas que le afectó al amanecer del 25 de mayo otra desgracia a la que no se le puede poner mala cara.

Hay que plantársele de frente y con optimismo, como mismo se ha hecho en Cuba en todos estos años de estrecheces económicas y resistencia frente a un bloqueo externo. Tal es la filosofía de Emeterio Ramírez Puyuelo, quien ha dirigido el Consejo Popular de Paredes, al que pertenece el Entronque de Guasimal, por más de 45 años. “A nosotros nada nos va a derrumbar, porque un revés lo convertimos en victoria. Lo que hay es que morirse siendo revolucionarios: el socialismo es algo grande, donde todo el mundo se ayuda, y el capitalismo es otra cosa muy diferente”, sentencia con su sabiduría de lobo viejo.

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El área más afectada del Entronque de Guasimal fue la de esta parte, a la entrada del caserío. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Al amanecer del 27 de mayo se contabilizaban más de 204 inmuebles del fondo habitacional dañados, la mayoría de ellos en el lugar ya mencionado. También se produjeron afectaciones de diversa índole en las localidades de El Bejuco (se contabilizaron 34 viviendas dañadas), la comunidad de Alberto Delgado, en San Pedro, y Topes de Collantes, en el propio municipio de Trinidad. En Caracusey, poblado también perteneciente a la sureña villa, la crecida del río destrozó la alcantarilla del sitio conocido como Mula Quieta. 

Una experiencia dolorosa e inolvidable. Así califica Darenis Álvarez Quintero el fenómeno cuyas secuelas centran desde entonces los esfuerzos a un costado de la carretera entre la cabecera provincial y el litoral sur espirituano. El golpe final a sus angustias, narra, fue cuando su padre vio, al revisar el “polaquito” en el breve garaje, que el parabrisas estaba hecho añicos.

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A Deinier Álvarez Quintero, profesor de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, todavía se le quiebra la voz al evocar la pesadilla del amanecer del 25 de mayo. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Tanto ella como su hermano Deinier, profesor de Matemática en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, hablan aún con un nudo en la garganta, pero saben que todo pasará, porque lo más importante, que es la vida, estuvo a salvo. Como varios otros residentes en el lugar con nombre de unión no hacen más que constatar el azaroso parecido del mismo con la realidad actual.

Ahora están bajo un techo vecino. Deinier, de cuando en cuando, recapitula la historia que interrumpió el final de aquella madrugada: el aire chiflaba, arriba comenzó a traquear y pensó que eran granizos, pero le parecían ruidos muy fuertes para ser aquello. Caridad, su mamá, empezó a dar gritos en la cocina. Al saltar de la cama, el chorro de agua en su cabeza…

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La solidaridad y las gestiones para continuar ordenando la comunidad proseguían al día siguiente del evento meteorológico. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

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