Cuando Fidel hizo aguas la conspiración trujillista (+fotos)

Hace 61 años Fidel celebró su cumpleaños número 33 con la victoria sobre la primera gran conspiración de la oligarquía nativa y los batistianos en colusión con la satrapía del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo

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El Comandante en Jefe, en el cementerio de Trinidad, despide el duelo a los revolucionarios caídos.

Menos de dos meses habían pasado de la firma de la Ley de Reforma Agraria consignada en la Constitución de 1940, y prometida por Fidel Castro en el juicio por los sucesos del 26 de julio de 1953, cuando la oligarquía nativa, con el respaldo masivo del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, se lanzó en agosto de 1959 a la gran aventura de un alzamiento contra la joven Revolución cubana.   

Cuando a finales de junio del citado año el Comandante en Jefe se enteró del complot, ya este marchaba muy adelantado. Ocurrió que el comandante William Morgan, de nacionalidad estadounidense y agente de la CIA infiltrado en el II Frente Nacional del Escambray, había sido contactado por los conjurados y, siguiendo sus propios designios, aceptó participar.

Sin embargo, por un prurito de conciencia y, conociendo la forma de pensar de su jefe Eloy Gutiérrez Menoyo, Morgan decidió comunicárselo para que estuviese al tanto o quizá en busca de su apoyo. Menoyo le dio vueltas al asunto y, en un momento dado, sospechó que había posibilidades de que el aparato de inteligencia del Gobierno revolucionario ya lo supiese, lo que implicaba un grave riesgo susceptible de las peores consecuencias. Por tanto, decidió informar a Fidel.

Cualquier otro mandatario del subcontinente en este caso quizá no hubiese hecho otra cosa que denunciar la conspiración o darse a la fuga, como habían hecho tantos en parecidas circunstancias…; sin embargo, el Comandante en Jefe optó por guardar el secreto e infiltrar hombres de su entera confianza entre los sediciosos para tomar los hilos de la conjura.  

Morgan, al parecer, fue notificado a su vez por Menoyo de su decisión, pues, mirándolo bien, esa colaboración forzada podía traer al II Frente una buena dosis de prestigio e influencia política en el proceso liderado por Fidel, en espera del momento apropiado para darle, desde dentro, el zarpazo definitivo.

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Fidel revisa parte del cuantioso arsenal enviado por el dictador Trujillo.

LOS INICIOS DE LA CONJURA

Con el visto bueno del artífice del Moncada y del Granma, la conjura siguió su curso. Se permitió incluso la visita a Cuba en junio del representante especial de Trujillo, el cura católico español Ricardo Velasco Ordóñez, quien buscaba articular la colaboración entre factores de la alta burguesía local y militares del extinto régimen batistiano, algunos aún en activo.

Una muestra de que la cosa iba en serio fue que, en un tercer viaje a la Florida a inicios de agosto, Morgan regresó con un yate cargado de armas, en el cual trajo a Cuba tres decenas de ametralladoras calibre 30 e igual número del calibre 50, con el parque correspondiente, además de una importante suma de dinero. 

La conjura, empero, implicaba una alta peligrosidad, porque contemplaba el alzamiento en Cuba de un gran número de exmilitares, junto a elementos de la burguesía y exguerrilleros del II Frente, los que eventualmente recibirían apoyo aéreo de la poderosa aviación trujillista, además del desembarco de miles de integrantes de su cacareada Legión del Caribe, lo que, de irse de las manos, podía crear al país una grave crisis interna y cuantiosa pérdida de vidas. 

Para colmo, Fidel se percató de que los jefes de la sedición se proponían iniciar la revuelta de manera que coincidiera con la encerrona diplomática que, bajo el auspicio de Washington y Santo Domingo, se fraguaba contra Cuba en la V Reunión de Cancilleres convocada por el Consejo de la OEA, para los próximos días en la capital chilena.

Sin perder un minuto, el líder de la Revolución ordenó que comandos armados bajo la jefatura de los comandantes Ramiro Valdés Menéndez, Juan Almeida Bosque, Augusto Martínez Sánchez y Efigenio Ameijeiras Delgado, entre otros, iniciaran las detenciones que neutralizaron a los principales confabulados.

EL DESENLACE

Mientras las batidas tenían lugar en La Habana, Santa Clara, Cienfuegos y otros puntos, se acababa de completar los preparativos del plan de Fidel en Trinidad y su entorno, donde se desplegaron las Fuerzas Tácticas de Combate del Centro, bajo la jefatura del comandante Filiberto Olivera Moya, quien situó contingentes en las playas Ancón y El Inglés.

En constante comunicación con la planta instalada en Playa El Inglés por la dirección del Ejército Rebelde, al sátrapa dominicano se le hizo creer que en Trinidad y algunos puntos del Escambray se combatía y que la ciudad ya estaba en manos de los “sublevados de la Rosa Blanca”, por lo que Trujillo ordenó lanzar el 11 de agosto en paracaídas, un gran arsenal de armas y pertrechos. 

Pero, desconfiado por naturaleza, el asesino y matrero Chapitas envió a la “Trinidad liberada” —como le decían por radio los supuestos alzados— a su representante personal, el cura falangista Velazco Ordóñez, en un C-46 cargado con 3 000 pistolas, 10 bazucas y radios portátiles, etc., cuya verdadera misión era comprobar sobre el terreno la información disponible. El teatro montado por soldados rebeldes con la colaboración de la población de la villa fue tan convincente, con su atmósfera de tiroteos, humo de incendios en lontananza y gritos de “¡Viva Trujillo!” y “¡Abajo Fidel!”, que el hombre se creyó todo el cuento. 

Cuando el sacerdote regresó a Santo Domingo y comunicó sus impresiones, ya Trujillo no dudó y optó por el total comprometimiento en ayuda a los supuestos alzados con los siguientes pasos de su plan macabro, el primero de los cuales era enviar a Trinidad en la tarde-noche del 13 de agosto otro aparato de transporte de su Fuerza Aérea, en el cual, además de armas de guerra, venían 11 hombres, de los cuales seis vinculados a la dirección batistiano-trujillista quedarían en esa ciudad del sur de Cuba en funciones de coordinación y enlace, mientras se preparaba el bombardeo de zonas aledañas para un desembarco mercenario.

Todo se hizo como estaba planeado: el avión llegó más o menos a la hora prevista y, después de bajar a tierra para dirigirse a la comandancia de los “rebeldes” la mayor parte de sus pasajeros, estos fueron neutralizados sin mayores consecuencias; entre tanto, en la pista aérea comenzó la descarga del arsenal a bordo. Pero, de improviso estalló un nutrido tiroteo cuando entre los soldados rebeldes alguien dijo una contraseña seguida de un gesto que puso en guardia al excapitán Francisco Betancourt, quien, de inmediato, abrió fuego.

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Luisito Pozo, hijo del exalcalde batistiano de La Habana, Justo Luis del Pozo, responde preguntas de Fidel y el comandante Augusto Martínez Sánchez.

Dentro y fuera del avión, que permaneció con los motores encendidos, hubo una balacera intensa que se saldó con la muerte del citado Betancourt y del copiloto Carlos Vals, así como con heridas graves al capitán piloto Antonio Soto, mientras por la parte revolucionaria fallecieron Frank Hidalgo-Gato y Eliope Paz Alonso y resultaron heridos ocho oficiales y soldados, entre ellos Héctor Reytor Fajardo, quien expiró 42 días después debido a la gravedad de sus lesiones.  

Al día siguiente, 14 de agosto, el mundo amaneció con la noticia de la mamarrachada del dictador dominicano en la conspiración de La Rosa Blanca, donde hizo un ridículo descomunal del cual y no se podría recuperar. Fidel, genio político sin parangón en el siglo XX, denunció ante cámaras y micrófonos la conjura deshecha y echó por tierra los designios de condenar a Cuba en la V Reunión de Consulta de los Cancilleres Americanos en Santiago de Chile. Fue aquella una celebración por todo lo alto de su cumpleaños número 33.

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