Fui un poco liberal en la Uneac

Julio Miguel Llanes López, quien asumió las riendas de la organización de los intelectuales durante la mitad de su historia en Sancti Spíritus, asegura que vivió más glorias que penas

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Julio Llanes cuenta con una veintena de libros y varios premios literarios. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Debí retrasar la hora de mi encuentro con Julio Miguel Llanes a causa de una cita mucho más importante: la que sostiene a menudo con sus lectores, por lo general jóvenes, principales destinatarios de sus libros.

También me vi obligada a transformar mi cuestionario original por otra razón elemental. Intenté erradamente comenzar —en el afán de vadear los caminos ya trazados en otras tantas entrevistas— por el Llanes encargado de “torear” durante 20 años ese gremio complejo y fecundo de los intelectuales. “Me gusta que me califiquen como promotor cultural y escritor. Funcionario fue una tarea que yo hice, que la hice con gusto, pero no era lo esencial”, advirtió desde el prólogo. Así que, sin pensarlo mucho, me fui a la raíz de la que ningún escritor osaría desprenderse: su obra.

Me vi de pronto frente al mulatico gentil de Yaguajay, al que su maestra de infancia —Sara Bastida, recuerda él— le pedía composiciones de paseos campestres para hacerlas públicas en las aulas de la escuela y despertar un deseo oculto, que tardó, sin embargo, algunos años en concretarse.

Llegó a destiempo a la literatura, confiesa tímidamente ahora en el comedor de su casa, ataviado con su camisa de fondo azul marino y la boina que muchas veces lo acompaña a su paso por la ciudad espirituana. En la mesa, una laptop y algunos de sus textos, lo mismo editados en español que en holandés.

Llanes viene a ser, tal vez, la confirmación de que las vocaciones llegan porque sí, casi sin pedir permiso y un tanto ajenas a contextos expeditos. En su casa no había libros, pero en su corazón latía ese instinto natural de decir para otros, o de hablar con las voces de otros, que no es igual, pero en lenguaje de escritores significa lo mismo.

Primero fueron las crónicas o los libros de cuentos que se disputaron lugares en extrañas convocatorias de organismos e instituciones sin a ver el final feliz de la publicación. Después, llegaba Celia nuestra y de las flores, el primero de casi 20 libros hechos realidad en sus manos hasta los días de hoy; el primero también en recibir el Premio La Edad de Oro, conquistado en más oportunidades, lo mismo que La Rosa Blanca y otras distinciones literarias.

“Yo empecé un poco tarde, pero creo que he hecho una obra con reconocimiento en Cuba y otras naciones, he visitado 13 países como invitado para promover mi literatura y me siento realizado. Hubiese podido hacer más, pero he ido haciendo y aprendiendo sobre la marcha. He leído e investigado mucho, todos los saberes se necesitan para la literatura”, reafirma y comienza a desandar poco a poco un breve recorrido por figuras que lo han motivado para recrear la Historia, con recursos atractivos, mas sin traicionar los fundamentos: Raúl Ferrer, Serafín, Camilo, Che, Alicia…

“Lo más importante de mis libros no es solo que hayan tenido premios o que muchos los hayan leído, sino su permanencia en el tiempo, porque hay libros que se ponen viejos, pero estos están como el primer día”, se ufana el escritor.

FUI UN POCO LIBERAL EN LA UNEAC

Cuando siento que he complacido en parte a mi amigo Llanes —puedo considerarlo así, él siempre me llama amiga y me halaga con ello—, intento volver a la otra parte del cuento, la que prefiere dejar para el segundo capítulo, aunque se haya convertido casi en protagonista de la novela de su vida.

La fecha inicial se remonta al 5 de octubre de 1979, en la tierra del Yayabo, cuando había más deseos que estructuras y la intelectualidad pedía a gritos una forma de ordenar su creación.

“Soy miembro fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) en Sancti Spíritus —evoca Llanes—, comencé cuando no había filiales ni existía en todas las provincias; de los 13 o 14 que entramos los más numerosos eran los escritores, algunos pintores y músicos.

“El primer presidente aquí fue Tomás Álvarez de los Ríos, que estuvo al frente de la organización unos ocho años. Yo colaboraba mucho, me invitaban a las reuniones de la directiva, a la que también pertenecía Julio Crespo. Quedamos solo tres fundadores: Emilio Comas, que está en La Habana, Esbértido Rosendi y yo. Después la Uneac fue creciendo y comenzaron a desarrollarse actividades y eventos; tertulias, tés culturales. No teníamos sede; al principio residíamos en la segunda planta de la Biblioteca Provincial, con cuatro paredes de bagazo improvisadas entre las columnas, aquello era una afrenta. Luego tuvimos una casa en las proximidades del Gobierno Provincial y más adelante permutamos para la casona de Pancho Jiménez, que constituyó la primera sede oficial.

“Al cabo de un tiempo se me dio la tarea de asumir como vicepresidente. En 1989 comienzo como presidente y estuve 20 años, cinco mandatos. No tenía hora para trabajar ahí”, dice y revive las intensas convocatorias de la Jornada de la Poesía, un evento capaz de reunir por años en Sancti Spíritus a renombrados cultores de la literatura cubana, lo mismo que aquellos concurridos encuentros de Crítica e Investigación de la Literatura Infantil y Juvenil que con su impronta desafiaron barreras y limitaciones materiales para abrir paso a la polémica sana y enriquecedora; las citas de tríos; los salones de Artes Plásticas…

UNA PORFÍA ENTRE EL ESCRITOR Y EL JEFE

Por más que no quiera admitirlo así a rajatabla, Julio Llanes sabe que enfrentar tamaña responsabilidad muchas veces se interpuso entre la literatura y él. Sin embargo, a la hora de poner en la balanza las penas y las glorias, pesan más estas últimas.

“Yo nunca dejé de escribir, pero no escribía lo suficiente, porque me ocupaban mucho tiempo las actividades. Fui un poco liberal en la Uneac, en el sentido de que hacíamos cosas fuera de lo común, celebrábamos todo…

“Me preocupé por que fuera una organización que estuviera a tono con la Revolución, que discutiera las cosas, que defendiera a sus afiliados. Nunca nos quedamos callados ante ningún problema. Eso siempre me preocupó mucho y que la gente se sintiera bien. Había interesantes planes de promoción. Creo que hay muchas anécdotas, a mí no se me olvidan los encuentros con Fidel en La Habana, tengo muchas fotos, en todas lo estoy mirando…

“También recuerdo la vez que, por razones de salud, el médico le sugirió a Roberto Fernández Retamar no asistir a una Jornada de la Poesía porque no podía permanecer muchas horas sentado. Buscamos una ambulancia para traerlo acostado y aquí estuvo”.

¿Miel sobre hojuelas? Ni tanto. No faltaron obstáculos o discrepancias. Tampoco zancadillas de esas que asoman calladas en medio del bullicio del arte. Pero a fuerza de una mezcla infalible de voluntad con paciencia, Julio logró sortearlas y, al menos en su conciencia, salir ileso.

“Trabajé muy sabroso en la Uneac, me ayudó mucho como persona a comprender el mundo de la cultura, de la literatura; al ser humano, de tener una discusión hoy y mañana amanecer como si no hubiera pasado nada. Aprendí la psicología de todas las manifestaciones artísticas, trataba a cada cual de manera diferenciada. Yo me fui de la Uneac en paz con todo el mundo, no es que no tuviera dificultades con uno o con otro, pero a la larga todo transcurrió bien y creo que dejé un grato recuerdo”.

Al cabo de 71 años, Julio parece haber olvidado los sinsabores, o los ha borrado del índice. Un nuevo libro con su firma, del que prefiere no hablar —porque se debate ahora mismo en un concurso— aguarda por ver la luz.

Él sigue siendo el mismo mulato campechano de siempre, al que le gusta también conversar con los amigos, escuchar buena música, leer o ver alguna película. Su historia no ha terminado. Pasa la página y vuelve a empezar.

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