Hay que aprender a cuidar la vida (+fotos)

Desde el aislamiento del cuarto de su casa, en La Sierpe, Omar Osvaldo Herera Pérez, el primer espirituano que derrotó la COVID-19, asegura que, peor que la enfermedad, fue la zozobra vivida ante la posibilidad de haber contagiado a otros

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Atenciones perfectas, los doctores, las enfermeras, todo el mundo con una ética y una profesionalidad increíbles, cuenta Omar. (Foto: Cortesía del entrevistado)

Primero no le dio importancia a aquella fiebre ni a la carraspera que apareció luego; quizás, porque molestias similares las ha sentido toda la vida a causa de ese padecimiento crónico de la garganta que dice tener. Se lo achacó a las trasnochadas de los últimos días, al polvo por tanta sequía, al cambio de ambiente: de Miami —donde reside desde el 2015— a La Sierpe, su hogar, al que llegó el pasado 6 de marzo.

A Omar Osvaldo Herrera Pérez la sospecha no le rondó ni un segundo. Hasta entonces la COVID-19 era tan solo un titular más de las noticias oídas apenas cuando el insomnio de la rastra que maneja en Estados Unidos le permite desvelarse por otros asuntos.  

“Cuando yo salí de La Florida para acá todavía no había ningún caso como tal —ya después me explicaron que sí debían haber casos, lo que oficialmente no se habían dicho—; por eso quizás no le presté más atención al tema. Llegué aquí y todo estaba tranquilo también, no había alerta de ningún tipo todavía y yo empecé con los síntomas a los 7 o 10 días, no recuerdo bien, pero sí demoraron bastante en salir los síntomas.

“Había estado como hasta las dos de la mañana cogiendo sereno y al otro día me levanté muy mal de la garganta, con mucho decaimiento; pero como eso a mí me sucede muy a menudo y ya hacía muchos días que estaba aquí, quizás, no sentí la necesidad de en ese momento ir al médico. Por la tarde me dio un poco de fiebre, ya después por la noche mejoré, pero al otro día me levanté igual y ahí sí me alarmé. Entonces por la tarde ya yo me estaba preparando para ir al médico cuando pasó una enfermera, casualmente, y me vio y me dijo que hacía falta que fuera al hospital porque yo había ingresado al país desde Estados Unidos, que ya estaban saliendo casos, y que necesitaba que pasara por allá para revisarme.

“Al rato fui al hospital y empezaron a auscultarme; ya ahí volvió a salir la fiebre, no una fiebre alta, yo nunca tuve fiebre alta, pero sí febrícula y ya ahí sí el clínico Grau inmediatamente se dio cuenta de que tenía los síntomas de la COVID-19”.

Y las precauciones extremas de todos entonces; la llamada del doctor a Sancti Spíritus; la noticia de que él y Lorena, su esposa, debían ser trasladados con urgencia al Hospital Provincial de Rehabilitación; la preocupación por Ema Isabela, la hija de cuatro años, y por todos; la sospecha que poco a poco se convertiría en certidumbre. A bordo de aquella ambulancia Omar empezaba a emprender, acaso, el más azaroso de todos sus viajes mientras La Sierpe se le iba encogiendo también en el pecho en la misma medida que se alejaba más y más.

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Omar llegó a La Sierpe desde Miami el pasado 6 de marzo. (Foto: Cortesía del entrevistado)

CASO NÚMERO 31

Al filo de la medianoche del 18 de marzo pasado Omar y su esposa ingresaban en el Hospital Provincial de Rehabilitación, uno de los centros de aislamiento habilitados en la provincia para los casos sospechosos de padecer la enfermedad. Dos días después, el viernes, le realizaban por vez primera el exudado nasofaríngeo, examen confirmatorio de la COVID-19.

“El resultado me lo dieron el sábado como a las ocho de la noche —recuerda—. Yo estaba durmiendo, el doctor me llamó y me dijo: ‘Su caso dio positivo, lo tenemos que trasladar inmediatamente para Santa Clara’. Le pregunté por mi esposa, si yo era positivo…; pero me dijo que ella no.

“Entonces la preocupación por la familia, porque yo soy nuevo, sé las estadísticas del virus, lo que puede causar, en qué tipo de personas; yo soy nuevo y sabía que no iba a tener problemas de ningún tipo; pero mi familia sí, mi abuelo, todas las personas con las que tuve contacto. Eso fue lo que más me chocó, que muchas personas con las que tuve contacto pudieran haberse contagiado y que fueran a complicar a otras, imagínese usted la cadena que lleva eso. Pero gracias a dios todo salió súper bien y nadie, nadie de mis contactos se contagió, nadie nunca tuvo síntomas”.

Desde ese momento era el caso número 31 para Cuba —uno de los espirituanos confirmados— y el primero en llegar a aquel cubículo de tres camas del Hospital Manuel Piti Fajardo, de Villa Clara, donde las ventanas son inmensas, los ventiladores cuelgan del techo, las camas se separan a 2 metros, los médicos te auscultan cada tres horas, el olor a cloro contagia por todos lados, casi ningún paciente habla por precaución y también por los temores que a veces se prefieren callar.

“Allí nunca faltaron el hipoclorito, el alcohol, el jabón… nada; allí siempre estuvo todo muy en regla. Los médicos siempre muy al pendiente de nosotros: que mantuviéramos la disciplina, que no conversáramos, que mantuviéramos la distancia, la higiene.

“Al principio cada dos o tres horas me estaban auscultando, tomando la temperatura, la presión, preguntándome por los síntomas; ya después que empezaron a ver que estaba completamente asintomático, que llevaba tres o cuatro días sin presentar nunca nada de ningún tipo pasaban, me revisaban y me preguntaban: ‘¿Cómo estás?, ¿cómo te sientes?’: Yo estoy perfectamente bien, no se preocupen, no tengo nada. Nunca se descuidaron”.

Sucedió así en todos lados —tanto en el Hospital de Rehabilitación como en el centro villaclareño—: un desvelo constante. “Atenciones perfectas, los doctores, las enfermeras, todo el mundo con una ética y una profesionalidad increíbles”.

Lo único amargo de aquellos días más que las pastillas grandísimas —que aún se le atragantan y le provocan todo tipo de reacciones— fue la zozobra por los otros. “Yo tenía a mi familia completa: el que no estaba aislado estaba en cuarentena o ingresado y de ahí para allá amistades, muchísimas personas de contacto, todo el mundo preocupado por mí, pero yo preocupado por todo el mundo. Es bien difícil saber que alguien de esas personas pudiera haberle pasado algo que uno no quiere”.

Cuando ya habían transcurrido 14 días desde que ingresara en el centro espirituano —aunque para él en realidad parecieron siglos— otra vez la prueba; otra vez la incertidumbre.

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No le deseo a nadie lo que yo pasé, señala el joven. (Foto: Cortesía del entrevistado)

A SALVO

—Los resultados de los exámenes ya están, dijo la enfermera el miércoles 1 de abril mientras entraba al cubículo a cumplir los medicamentos de rutina. Pero la información aún no la tenemos; hay que esperar al doctor.

Cerca de las tres de la tarde, el médico le devolvería algo de la tranquilidad extraviada desde hacía mucho tiempo atrás: “Los exámenes son negativos. Está de alta”.

Y ahora la casa es otro hospital. Nadie entra, nadie visita —solo el médico y la enfermera del consultorio—, únicamente están él y su esposa, y los nasobucos que han proscrito besos y han obligado a distancias, y el alcohol que ya le cuartea más que las manos, y el cloro que se pega a todo.

“Estoy completamente aislado. Mi esposa duerme en otro cuarto, usa otro baño, lo higieniza todo. Yo salí un poco traumado con la higiene y tengo a mi familia traumada con eso también. Yo friego hasta el teléfono con alcohol, le quito el cover que pensé que se me iba a joder; creí que me iba a dar una reacción de tanto cloro, pero eso es lo único que puede destruir el virus”.

Y quedan otros síntomas que, aunque se quiera, no permiten olvidar. “Todavía tengo que estar seis días más bajo la medicación de la Caletra, que es una pastilla difícil de tragar y con unos efectos en el estómago bien malos. Además, tenía que tomar otras cápsulas: Omeprazol y de otra que se llama Cloroquina, una pastilla muy amarga y muy mala; pero lo más difícil era el Interferón un día sí y otro no”.

Es tal vez uno de los tantos rezagos; pero, más allá de ese sigilo por la pulcritud, de esas libras de menos y las ojeras que le recuerdan tantas noches en vilo, viene padeciendo otras lecciones.

“Hay que tener mucho cuidado, hay que aprender a cuidar la vida. A lo mejor al principio no se le prestó la atención que se debía a esta pandemia; quizás, creo que por eso la gente pensaba que era un catarrito y se ha convertido en una pandemia. No le deseo a nadie lo que yo pasé”.

Desde entonces tampoco ha sido más Omar, el muchacho que sembraba los diques de arroz —como todos en la familia—, el que se fue un día y que vino hace poco. Cuando el miércoles pasado la ambulancia aquella lo traía de regreso hasta la puerta de su casa era otro, ese Omar al que la COVID-19 le cambió por siempre la vida.

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