La verdad es que me la jugué (+fotos y audio)

El fotorreportero bayamés Rolando Avello Vidal, ya fallecido, legó para la historia testimonios gráficos reveladores de los crímenes cometidos por la dictadura de Fulgencio Batista contra los asaltantes al cuartel Carlos Manuel de Céspedes hace 67 años

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“Ver aquellos muchachos, jóvenes como yo, vilmente asesinados, me estremeció”, confesó. (Foto: Luis Carlos Palacios)

Yo vi con mis propios ojos la masacre que cometieron los guardias de la Rural de aquí, de Bayamo. Eso no se me puede olvidar nunca; lo vi en vivo. Fui testigo de aquella cacería humana. En ese cuartel (Carlos Manuel de Céspedes), los jefes eran unos criminales. Según cuenta la historia, el famoso teniente Roselló (Juan Antonio Roselló Pando) tuvo el uniforme ensangrentado como tres días. A los jóvenes que asaltaron la guarnición y pudieron capturar, los asesinaron a mansalva. Después del día 26 (julio de 1953) aquello fue el acabose.

Me recuerdo de eso como si lo estuviera mirando ahora mismo; lo que vi está grabado. Ahí están las fotos, que llevan mi crédito: Rolando Avello Vidal, y una foto habla más que mil palabras. Cuando eso yo tenía 29 años y mi negocio estaba cerca del Juzgado de Instrucción.

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Rolando Avello (a la derecha) con Camilo Cienfuegos, en los primeros meses de la Revolución.

EL RUMOR, LA NOTICIA, LA CONFIRMACIÓN

Serían las cinco y pico de la madrugada; a esa hora sentí los tiros. Yo dormía en el primer cuarto, la ventana daba para la calle. No pasaba nadie; esperé que clareara bien, y cuando salí para la calle, todo el mundo se preguntaba: ¿qué habrá pasado? Dicen que hubo una bronca entre los mismos guardias rurales porque todos estaban vestidos iguales; era el comentario. Ya por la tarde de ese domingo, se fue sabiendo la verdad: “Vinieron unos jóvenes de afuera y asaltaron el cuartel Céspedes”; quedaba a ocho cuadras de mi casa.

Ese día, estando reunido con mis compañeros, me mandan a buscar del Juzgado. Le dije a mi amigo: aquí hay algo extraño, vamos a ver qué pasa. Espérame que voy a ver al señor juez. Fui para allá: aquí estoy, a sus órdenes. “Lo necesito para que mañana por la mañana esté preparado para ir a tomar unas fotos fuera de la ciudad. Irán a buscarlo”, me dijo.

El 27 vinieron a buscarme dos yipis: uno venía con personas del Juzgado y otro con guardias. Cogimos la carretera rumbo a Holguín, doblamos a la izquierda hasta llegar a un lugar donde había mucha hierba, altísima yerba, la que le dicen de elefante. Estando allí, le pregunté a uno de los guardias: ¿Qué vengo a retratar aquí, chico? ¿Hierba? Yo estaba tirando mis “tiros”. El guardia me miró como tratando de decirme: no te apures, y después me respondió: “¿Hierba? Tú vienes aquí a retratar muertos”. Ahí está la cosa, me dije. Y no hice más comentarios.

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Las imágenes tomadas por el fotorreportero el 27 de julio de 1953 denunciaron la masacre cometida por los esbirros de la tiranía. (Foto: Rolando Avello )

Enseguida uno de los guardias se subió en el techo de un yipi y empezó a mirar para todas partes. Y me dijo: “Fotógrafo, prepare la cámara que aquí hay uno”. Me acerqué bien, miré para todos lados y no vi nada extraño, hasta que lo vi. El cadáver estaba balaceado completamente. Se me hizo un nudo en la garganta; aparenté que tenía sangre fría y tiré la primera foto. Allí no había manchas de sangre, ni armas, ni casquillos, nada que dijera que hubo una batalla; incluso estaba vestido de civil. Oiga, han pasado muchos años y todavía me erizo al recordarlo.

Uno de los jóvenes tenía un puñado de tierra en sus manos, que parece que cogió cuando estaba en los estertores; otro tenía un hilo de hormigas por la boca. Así fueron apareciendo los cuatro que retraté en ese lugar, llamado Ceja de Limones. A esos muchachos los habían asesinado en otro parte y después los llevaron hasta aquel sitio. Fue monstruoso lo que hicieron con esos jóvenes, que llamaban Pablo Agüero, Rafael Freyre, Lázaro Hernández y Luciano González. Se había cometido un crimen, y yo no podía decir ni una palabra.

De allí, fui para mi estudio fotográfico; rápidamente comencé a revelar las películas para hacer el juego de fotos, que me pidió el juez el día anterior. Estando en el laboratorio, el administrador del cementerio me llamó: “Avello, ven para acá; me han traído a dos jóvenes muertos, calculo que sean de los asaltantes. Tienen varios disparos; no poseen identificación y los van a enterrar”. Voy enseguida. Salí en un carro para allá lo más pronto que pude, y tiré las fotos. Después conocí que aquellos cuerpos eran de José Testa y Mario Martínez.

En mi casa, por la noche, los rostros de esos jóvenes no se me sacaban de la cabeza. Pensaba en ellos y en sus familias, en sus padres, que de seguro no sabían el destino de sus hijos. Ver aquellos muchachos, jóvenes como yo, vilmente asesinados, me estremeció. Se trataba de un crimen escalofriante. ¿Qué podía hacer yo?

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En el hoy parque museo Antonio (Ñico) López se perpetúan las acciones ocurridas en Bayamo hace 67 años.

AUDAZ DETERMINACIÓN

Revelé e imprimí las fotos; le dejé un juego al juez de instrucción, y como yo era corresponsal del periódico Prensa Universal, de Santiago de Cuba, le envié otro. Tomé la decisión sin medir las consecuencias; sinceramente no calculé el riesgo. Si me hubiera acobardado, no las hubiera mandado, porque me hubiera dicho: me puede costar la cárcel, cualquier represalia. En la ley del fotógrafo dice que ninguno puede hacer uso de las fotos que el cliente ordene y mucho menos de esas, que eran de un asunto oficial, que fueron ordenadas por el Juzgado de Instrucción.

Cuando salió el periódico estalló el escándalo. Aquí en Bayamo llegaron a comprar el ejemplar hasta a dos pesos, cuando en realidad valía tres quilos. Sé que las personas me aprecian porque son pocos los que hacen eso. “Mira, ahí va Avello, el fotógrafo por el que el pueblo de Cuba supo el desmentido del gobierno en plena tiranía”. Si les hubiera dado la gana, los guardias me hubieran dado unos cuantos palos.

Pero me quedé con ganas de hacer más cosas. Después, tiré fotos a sitios vinculados con los hechos del 26; fui al Gran Casino, el hospedaje donde se quedaron los jóvenes, que quedaba cerca del cuartel; incluso, Fidel estuvo allí el 25 de julio por la noche. Esas fotos sirvieron para un reportaje que redactó el periodista Rubén Castillo Ramos para la revista Bohemia; sin embargo, no lo publicaron por la censura. Solo saldría luego del triunfo revolucionario.

Pasado el tiempo, nadie me dijo nada de nada, ni la Guardia Rural ni el Juzgado. Yo me recuerdo de todo aquello como si lo estuviera mirando ahí. De los 25 asaltantes del cuartel, 10 fueron asesinados, y de esos, retraté a seis. Los muertos pudieron ser más, pero muchas familias bayamesas ayudaron a salvar a los asaltantes. Te he contado todo esto sin exageraciones de ninguna clase; lo que vi, lo vi. Ahí están las fotos, porque las fotos son la verdad, la que demuestran la verdad. Eso me eriza. La verdad es que me la jugué.

Escucha “El show de Escambray” en Spreaker.

Nota: Escambray le agradece al periodista Osviel Castro Medel, corresponsal de Juventud Rebelde en Granma, la realización de este testimonio en junio del 2005.

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