Lizet Rodríguez Negrín: El mundo se me viró al revés (+fotos)

Asegura la joven espirituana, a quien el virus SARS-CoV-2 le fue notificado poco después de conocer de su embarazo, y que salió airosa en el combate contra la enfermedad

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Lizet todo el tiempo estuvo asintomática, aunque muy aquejada por las náuseas y vómitos que el embarazo le provocó. (Foto: Cortesía de la entrevistada)

El positivo en la prueba de embarazo, aun en momentos de incertidumbre, podría haber sido una noticia buena. Al fin y al cabo, aunque sin éxito, ya antes había intentado ser madre. Pero no tuvo tiempo de ponderar este pro o aquel contra; al día siguiente la apabulló la mala nueva: era sospechosa de haber contraído el virus SARS-COV-2. Corría la primera decena de abril.

“Yo me cuidaba mucho, pero la vida es así: casualidades, ¿viste?”, declara al inicio de su recuento, durante el cual coloca, al final de casi cada oración, la pregunta retórica que procura, intuyo, acentuar la veracidad de su historia. Tiene 20 años, trabaja como maestra en la escuela primaria Julio Antonio Mella, de la ciudad de Sancti Spíritus, y se llama Lizet Rodríguez Negrín.

Casi inmediatamente se encontraba en manos de los médicos y horas después, en el centro educacional Alberto Delgado, donde las atenciones, cuenta, fueron excelentes. “Las comidas y las meriendas eran muy buenas, todos se esmeraban, pero ya yo empezaba a no tolerar alimentos y a sentirme mal. Otro embarazo tóxico. Como a los cinco días llegó la confirmación. El mundo se me viró al revés.

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En el cubículo que habilitaron para las embarazadas las atenciones siempre fueron excelentes, asegura la joven. (Foto: Cortesía de la entrevistada)

“Comencé a temer por los familiares al lado de quienes estaba: mi tía, mi prima, mi primito; sobre todo él, que es un niño. Pero al final nadie más se enfermó. En Santa Clara me pusieron en un cubículo aparte con otra embarazada; llegamos a juntarnos tres. Nos cubrían el vientre para hacernos placas, los electrocardiogramas y el chequeo de todos los parámetros eran diarios.

“Consultaron con los especialistas en Ginecobstetricia y comenzaron a darnos la Cloroquina y la Caletra. Yo ya había sangrado, llegué con amenaza de aborto”, expone, como recapitulando un filme difícil de volver a ver. Las escenas casi constantes eran vómitos, inapetencia, vértigos, sueño. Sales de rehidratación como único salvavidas para el estómago, ya maltrecho por los medicamentos. Sueros con vitaminas y fármacos dentro, como antídoto contra las náuseas y la inanición.

Pero se imponía sacar fuerzas para fotografiarse o que la fotografiaran, a fin de que su familia le creyera aquello de “asintomática y estable”, que a diario les repetían los médicos en sus llamadas y siempre fue entera verdad.

“El área de filtro de los médicos y enfermeros radicaba frente a nuestro cubículo; les vimos las caras por eso, porque estaban cerca. Se pasaban el día velando por nosotras: que si el nasobuco, que si el jugo o el agua, que si ‘dale, toma un buchito, que algo siempre se te queda dentro’. Fueron maravillosos. Siempre con la sonrisa, a veces hasta con alguna broma”, refiere.

Han transcurrido pocos días de su alta epidemiológica. Le ha costado trabajo reponerse y la memoria no le ayuda a la hora de mencionar los nombres. Tiene, eso sí, un agradecimiento profundo para todos ellos y los menciona a cada paso. Había, cuenta, villaclareños y también espirituanos.

Entre estos últimos menciona a Vladimir, el enfermero de Yaguajay; a otro de Cabaiguán, igual de atento, y a un médico “de aquí, de Sancti Spíritus, que tiene una niña en la primaria de Olivos II”. Ellos y todos los demás (había también mujeres) se convirtieron en sus ángeles guardianes.

“Yo, francamente, nunca pensé que me pasaría nada malo, solo me preocupaba el embarazo, si estaría todo bien. Pero me mantuve con sangramientos esporádicos y dolores; desde allá me recomendaron interrumpirlo, por eso, por mis antecedentes y por la enfermedad, porque ya nada era seguro”.

A los 14 días, el PCR negativo y el egreso. Llegada a casa, ya sin el suero en vena, decaída en extremo. Alarma de la madre, ayuda de Dunia, la enfermera vecina, que llamó “al personal de la COVID y ellos dijeron que lo de mi hija era el embarazo, porque de lo otro ya estaba bien, aunque debía seguir los 14 días de aislamiento domiciliario”, cuenta Niria Negrín.

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Lizet, mientras esperaba en la escuela Alberto Delgado para ser trasladada al Hospital Militar de Villa Clara, tras resultar positiva su PCR en tiempo real. (Foto: Cortesía de la entrevistada)

En medio de las gestiones para conseguir el ultrasonido prescrito desde el hospital villaclareño debió enfrentarse al miedo de algunos, incluso después del alta epidemiológica. “Es natural, se trata de una enfermedad desconocida y nadie quiere contagiarse”, procuraba tranquilizarla la madre. La obstetra de su policlínico (Sur) concordó con su determinación de interrumpir la gestación, algo que no resultó sencillo, dado lo avanzado de la misma.

Ya de alta nuevamente, Lizet medita. Ahora reposa en el campo, con sus abuelos. Deberá ponerse tratamiento y esperar al menos dos años para lograr satisfactoriamente su próximo embarazo.

Niria menciona los aplausos de todas las noches, a los que se suma gustosa, porque esas personas a quienes se agradece salvaron a su niña. Lo sabe: en muchos países del mundo las cosas son bien diferentes. “Yo aposté siempre por ellos, por nuestros médicos, y cada día apuesto por Díaz-Canel”, asegura con los ojos húmedos.

Hay milagros sujetos a ciertos requisitos que algunos llaman azares. Para Lizet, la joven maestra a quien la vida se le trocó en abril, pero salió airosa en un combate por la vida, haber nacido en Cuba es uno de ellos.

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Pese a sus malestares, se fotografiaba a menudo para que su familia supiera que no se encontraba en estado de gravedad. (Foto: Cortesía de la entrevistada)

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