Lo esencial en el ajiaco de la cultura cubana

Cada 20 de octubre nos insta a repasar la Historia y a pensar en la mejor manera de defender la cultura de la nación

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Uno de los propósitos fundamentales de la Revolución es desarrollar el arte y la cultura, precisamente para que el arte y la cultura lleguen a ser un verdadero patrimonio del pueblo, expresó Fidel en 1961. (Foto: Oscar Alfonso/ Escambray)

No tenía ni idea de que vivíamos en la misma región donde, de acuerdo con la versión más aceptada en la actualidad, había sido quemado Hatuey. Primer rebelde del que se tiene noticias en Cuba, el cacique indio eligió, antes de morir quemado, no acatar la religión ni irse al cielo, porque, según narraría el fray Bartolomé de las Casas, supo que dicha propuesta significaba compartir espacio con los crueles españoles que exterminaban a los de su raza. 

Por aquellos, mis primeros años de vida, las estrofas de El Mambí nos llegaban, en voz de mi madre, armónicas, llenas de lirismo y de una épica que no entendíamos entonces. Nunca imaginé, y seguramente ella tampoco, que décadas después la canción se constituiría en el himno de celebración del Día de la Cultura cubana, fecha que me la trae de vuelta cada antepenúltimo mes del año.

 Pero si cerca teníamos la historia del indio taíno, más cerca aún estaba de nosotros la de Carlos Manuel de Céspedes y su gesta emancipadora en Bayamo, ciudad situada a solo 12 kilómetros del pueblo rodeado de montañas donde nací. Fue el 20 de octubre de 1868, 10 días después de iniciada la sublevación del abogado y sus esclavos, ya libres, cuando se cantó La Bayamesa, escrita por Pedro (Perucho) Figueredo Cisneros, y que pronto sería de conocimiento popular.

La Historia patria, pienso ahora, debió permearnos más, pues nunca visitamos aquellos lugares sagrados, ni por mediación de la escuela, ni por iniciativa familiar. Es desde la primera infancia que deben recibirse las influencias iniciales para una cultura que distinga al ser humano como lo que es, o como lo que debe ser: hijo de una nación, mezcla de sus mejores valores, producto de una formación que lo eleve y lo haga amar esas raíces de las que proviene, que lo haga defenderlas como lo hicieron los próceres de los que tanto nos hablaron en la niñez.

Cuando se alude a cultura nacional no sé por qué se tiene en cuenta, casi siempre, únicamente ese abanico de manifestaciones artísticas que sí, ayudan a conformar la cubanía, pero están lejos de ser sus únicos elementos. Yendo un poco más lejos, o más profundo, vale mucho, sobre todo en estos tiempos, hablar del respeto con que nos criaron nuestros mayores, que a su vez lo heredaron de aquellos otros, los descendientes de indios, mambises o españoles, o de la mezcla de todos ellos.

Ser portadores de la cultura cubana es compartir, agradecer, socializar más que en otras regiones del mundo, gesticular, hermanarse en las alegrías y en las tristezas. Es cantar y bailar, aunque de un tiempo a la fecha las letras, los ritmos y el volumen a que se escuchan la mayoría de las canciones resulten lacerantes al oído, y hasta al corazón. Es admirar los paisajes naturales, el azul casi único del cielo, la bandera tricolor de la estrella en el triángulo rojo. Es degustar platos típicos, aunque a veces, a fuerza de carencias, resulte difícil componerlos. Es vibrar y temblar con el Himno Nacional, dentro o fuera del archipiélago.

En la cultura del cubano está el tener opinión, el creerse con la razón casi siempre, el cuestionar y polemizar, el enfrentarse a las adversidades, vengan de donde vengan. Está también esa disposición a darlo todo por el otro en momentos críticos, como tantas veces ha sucedido cuando en países, cercanos o lejanos, han tenido lugar catástrofes de diversa índole.

Difícil resulta olvidar las imágenes del Comandante en Jefe Fidel Castro mientras, allá por el 1970, donaba sangre para el pueblo del Perú, o de aquella misión inicial del Contingente Henry Reeve en Paquistán que abrió las puertas a otras más contemporáneas, como las del ébola, o las actuales para combatir la COVID-19 en decenas de naciones que solicitaron ayuda a Cuba.

La cultura cubana está en el saber que proporciona la lectura, desfavorablemente relegada por la modernidad de una tecnología que muchas veces embrutece. Por eso, aunque los teléfonos móviles y la internet parecieran llevarnos de la mano hacia un mundo más civilizado y mejor, pudieran ser, sin que lo notásemos, un bumerán que se vuelva contra nosotros.

Nuevas costumbres se derivarán, probablemente, de esta circunstancia que atañe al mundo entero, pero con mascarilla o sin ella, más o menos distantes, nuestra esencia deberá ser la misma. El pueblo más feliz, ya lo dijo José Martí, es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento y en la dirección de los sentimientos.

Aseguró también el Apóstol que un pueblo instruido será siempre fuerte y libre. Esas máximas suyas han regido los principios de nuestra sociedad incluso desde el programa del Moncada. Junto a otro gran axioma, según el cual los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, tales herencias nunca podrán ser puestas a un lado. La Cultura cubana es, como han dicho algunos, un ajiaco, pero hay ingredientes en ese plato que no nos podrán faltar nunca, sean cuales sean las circunstancias.

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