Los niños también merecen respeto

Ante el azote de la pandemia, Cuba ha ofrecido protección y seguridad a sus infantes, aunque debiera limitar, en nombre de estos derechos primordiales, otros cuya preservación significa poner en riesgo la propia vida

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En estos meses de confinamiento han estado preservadas la vida y la integridad física de los menores, que son sus principales derechos. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Con una realidad marcada por largas estadías dentro de sus hogares, la ausencia de clases presenciales y la imposibilidad de desplegar a sus anchas los juegos y el esparcimiento inherentes a sus edades respectivas, los infantes de Sancti Spíritus y de toda Cuba celebrarán este año el aniversario 29 de la entrada en vigor en nuestro país de la Convención sobre los Derechos del Niño.

Aprobada en 1989 por la Asamblea General de las Naciones Unidas y puesta en vigor en septiembre del año siguiente, fue el 20 de noviembre de 1991 cuando el Estado de la Mayor de las Antillas comenzó a aplicar los 54 artículos contenidos en dicho documento, que abarcan cuatro grupos de derechos fundamentales: protección, seguridad, participación y desarrollo.

Gracias a los esfuerzos derivados de un plan nacional muy bien engranado y en el que ellos constituyeron prioridad, en estos meses de confinamiento obligado para casi todos los sectores poblacionales han estado preservadas la vida y la integridad física de los menores, que son sus principales derechos.

Los círculos infantiles no han dejado de funcionar. Asimismo, ante alguna sospecha o caso de la enfermedad en una escuela —hasta ahora han resultado en extremo escasos—, se ha actuado con toda la prontitud posible y evitado el contagio de otros discípulos.

Como nunca antes Cuba estuvo, a partir de mediados de marzo del presente año, ante la disyuntiva de optar por la recreación sana que tradicionalmente garantiza a su infancia y la preservación de la vida y la salud como bienes jurídicos especialmente protegidos. Un interés mayor obligó a postergar en el tiempo las habituales actividades que coadyuvan al respeto íntegro de otros dos grupos de derechos: la participación y el desarrollo.

Pero ningún niño ha permanecido solo ni abandonado a su suerte. Más que siempre ha estado en manos de las familias la responsabilidad por su formación, y en los hogares se han tenido que reacomodar los horarios para que no les falte la educación institucional, que durante mucho tiempo llegó a ellos a través de las pantallas de los televisores.

  Con 20 años al frente de la coordinación del proyecto Por un mundo al derecho, Shirley Ricardo Castrejes, quien acumula vasta experiencia en la Dirección Provincial de Justicia, sostiene que el comportamiento de los adultos en los hogares determina en buena medida el modo en que actúen sus menores. Según sus apreciaciones, los niños espirituanos han adquirido responsabilidad, han aprendido a cuidarse y tienen noción de las medidas que se deben respetar para no padecer la COVID-19.  

A la familia, añade, le corresponde indicar, enseñar y controlar, ya que por mucho tiempo estaremos usando esas molestas mascarillas que en buena medida nos han ayudado a salvarnos. De irresponsable califica el acto de los adultos que ponen en riesgo a sus descendientes, al sacarlos a la calle sin la debida protección o permitirles juegos al aire libre y sin el distanciamiento físico aconsejado.

Y no son meras suposiciones suyas o alusiones vagas: el pasado 15 de noviembre en la céntrica tienda El Perla, de la cabecera provincial, proliferaban las madres y los padres jóvenes con sus bebés en brazos para adquirir los ansiados culeros desechables que se expendían, en medio de lo que se conoce comúnmente como una molotera. En aquel momento faltó la acción conjunta de parte de la administración del centro comercial y de los agentes del orden, allí presentes, en tanto la indisciplina era notable.

Días atrás, en la acera de una barriada espirituana, un grupo de niños jugaba, despreocupado, mientras cada uno de ellos usaba correctamente el nasobuco. Y no son pocos los que incitan a otros, adultos incluidos, a lavarse las manos asiduamente, o a usar el gel desinfectante.

Cuba tiene notorias conquistas en materia de la Convención sobre los Derechos del Niño, pero también algunas deudas, según la consideración de la experta. Además del conocimiento que constantemente debemos irles proporcionando, asegura, debería lograrse que los niños también puedan exigir de alguna manera cuando vean violentados sus derechos.

Otra deuda continúa siendo que no se les tenga en cuenta a la hora de diseñar determinadas actividades, o que se excluyan sus intereses y creatividad cuando se trata de darles voz o colocarlos como protagonistas de este u otro acto, celebración, festejo e incluso de algún momento dentro del entorno escolar.

Para la etapa que comienza, Ricardo Castrejes considera prudente no imponerles la realización misma de alguna actividad si no es esa la voluntad del infante; respetar su derecho a la diversidad y evitar por encima de todo las manifestaciones de bullying en centros educacionales; evitar esas preferencias que en ocasiones se traducen en “niños centros” o “niños agendas”, en alusión a los que despuntan bien o llevan ventaja en el aula, en menoscabo de otros.

Donde se ha hecho tanto por los derechos de los menores resulta poco menos que un pecado no contribuir a que se formen como seres pensantes, capaces de interpretar su entorno y, de ser posible, enriquecerlo.

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