Mentiras peligrosas de Trump contra Venezuela

Espoleado por la situación interna derivada de la COVID-19, el gobierno de Donald Trump busca desviar la atención con golpes de efecto que le den crédito político en año de elecciones

La Agencia Antinarcóticos de EE. UU.  desmintió a Trump en su acusación contra Venezuela.
La Agencia Antinarcóticos de EE. UU. desmintió a Trump en su acusación contra Venezuela.

Ante las actuales peligrosas amenazas de Estados Unidos contra Venezuela, no es óbice recordar que las intimidaciones, chantajes y coacciones, en lugar de diplomacia, son práctica cotidiana de aquel país en su trato con naciones más débiles que han devenido objetivo de su agresiva política exterior y cuyos regímenes se propone cambiar por cualquier vía.    

Después de haber acusado a la República Bolivariana de incontables delitos o faltas que no ha podido probar, la administración de Donald Trump la emprende ahora contra el Presidente Nicolás Maduro, el titular de la Asamblea Nacional Constituyente, Diosdado Cabello, el jefe del Ejército, general Vladimir Padrino, y otros altos funcionarios civiles y militares, culpándolos de narcoterrorismo y ofreciendo como recompensa por los dos primeros, 15 y 10 millones de dólares, respectivamente.

La comunidad internacional, con la atención concentrada y agobiada en el tema del coronavirus, quizá no repare lo suficiente en la presente y potencialmente catastrófica mamarrachada de Trump y compañía, pues si bien esa administración no ha sido capaz de presentar ninguna prueba al efecto, sí está demostrado que, cuando se lo propone, no necesita de ellas para agredir a otros países como ocurrió en Iraq en marzo de 2003. Recordar sino la patética revelación del entonces secretario de Estado Collin Powell en la ONU, donde acusó a Bagdad de poseer armas de exterminio en masa.

Más de un artículo en la prensa internacional ha recordado que, cuando lo necesita, Washington recurre a un pretexto espontáneo o prefabricado para desatar sus agresiones, y casi siempre surge como ejemplo la explosión del acorazado de segunda USS Maine a inicios de 1898, en la bahía de La Habana, que dio pie a la intervención de fuerzas estadounidenses en la guerra que los cubanos libraban por su independencia, para frustrarla.

Analistas entendidos en historia citan además la incitación a ser atacados por Japón en diciembre de 1941 en Pearl Harbor, llevando a ese país a la inminencia de parálisis económica por el bloqueo de combustibles, con el objetivo de tener un pretexto con el cual intervenir en la II Guerra Mundial del lado de los enemigos del Eje, porque el entonces Presidente Franklin D. Roosevelt sabía que su pueblo no quería verse inmerso en la contienda.   

Otro ejemplo más reciente data de 1964, cuando naves de la VII Flota de Estados Unidos se acercaron a la costa de Vietnam del Norte para provocar un ataque de las lanchas coheteras norvietnamitas que justificase el inicio de los bombardeos al norte del paralelo 17.

Con tantas pruebas que lo cimientan, hay que ser un perfecto ignorante, o mejor aún, un cretino incorregible para creerse las falacias que fabrican en Washington y, en especial, esta del narcoterrorismo que atribuyen a las autoridades venezolanas, toda vez que está más que probado que son el Gobierno colombiano de Iván Duque y grupos mafiosos de Colombia, México y Centroamérica, los paladines activos del mayor negocio ilegal en el mundo. 

Funcionarios de alto nivel en Estados Unidos han dejado entrever que el Presidente y otras autoridades temen seriamente que los cárteles de la droga en México y otros lugares —Venezuela entre ellos— utilicen el caos generado por la actual pandemia de COVID-19 para ampliar el tráfico de narcóticos y sus ganancias, inundando literalmente de estas sustancias a la patria de Lincoln.

Después del escándalo Irán–Contras, que siguió en el tiempo al de Watergate —edificio del partido demócrata donde el entonces presidente Richard Nixon introdujo un grupo de sus mafiosos cubano americanos, para buscar datos comprometedores que obraran en perjuicio de sus opositores políticos—, el que se crea un bulo emanado de la Casa Blanca, pasa por ser un crédulo sin medida, cuando no un estúpido sin remedio.   

Pero volvamos al tema principal. Donald Trump está consciente de la poca memoria de sus compatriotas y de su volubilidad tradicional, que los hace muy vulnerables a la propaganda y los golpes de efecto político. Ahora mismo, el Presidente está preocupado porque, frente a la pandemia de la COVID-19, ha sido negligente, lento, tardío e inefectivo en las medidas adoptadas de mala gana con el fin de detener la mortal infección y, pese a encuestas que mostraban un cierto repute de la aprobación pública a su favor, él sabe que por esa volubilidad enunciada, su reinado transita por el filo de una navaja.

De ahí la decisión, miles de muertos mediante, de aprovechar la coyuntura para incrementar las presiones contra Venezuela, doblando la parada con acusaciones formales y recompensa millonaria sumadas, con la intención de lograr el derrocamiento de las autoridades legítimas de Caracas, mediante un levantamiento militar, una explosión popular, un atentado o una invasión de paramilitares desde Colombia, todo bajo la cobertura de la mayor operación del Comando Sur de Estados Unidos frente a las costas del país suramericano. 

El actual empeño, secundado por una veintena de gobiernos títeres de Estados Unidos en el Caribe, Centro y Suramérica, y Europa, tiene un franco cariz provocativo y de chantaje para quebrar el frente interno en la Venezuela bolivariana.

Nota: Después de redactado este artículo, llegó la información de que la Agencia Antinarcóticos de EE. UU.  había desmentido a Trump en su acusación contra Venezuela.

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