Papás, héroes en todos los tiempos

Ante la mirada de los hijos, los padres hacen mayores sus hazañas. (Foto: Joan Pérez / Escambray)

Contrario a la muy difundida idea de que la paternidad marca menos, los padres pueden llegar a convertirse en héroes no solo de sus hijos, sino de todo un país e incluso más allá

“Vamos a echar un pulso, a ver quién gana”, decía el padre, y siempre la diestra de la niña terminaba triunfando. “¡Gané, gané!”, se ufanaba ella, en tanto él, satisfecho y sonriente, la premiaba con aquel elogio que tanto le gustaba oír: “Tú eres la negrita más linda del continente”.

La escena emerge de tanto en tanto, como para absolverlo por el paso que alguna vez se esperó de él y no llegó a dar, por esas imperfecciones inherentes a cada padre o madre, que vienen con la sangre, o con la crianza. Al fin y al cabo, nadie nace sabiendo y es la vida la escuela que nos forma.

Pasarían muchos años antes de que la hija lo descubriera: fue él quien guardó celosamente cada certificado que daba cuenta de sus éxitos, cada libretica de notas, cada carta de reconocimiento enviada desde los centros estudiantiles. Y estaría siempre a partir de entonces, incluso en la distancia, con sus consejos escuetos disfrazados de sugerencias, con su ejemplo como enseñanza de que “no importa lo que hagas en la vida, pero debes hacerlo bien”.

Décadas han corrido y los padres siguen siendo puntales, por más que se diga lo contrario. Son adversarios cuando los hijos juegan a las pistolas o las espadas, alumnos si ellos se constituyen en maestros, caballos si por azar se les ocurre ser jinetes, acompañantes ideales en días de turnos médicos, consoladores de almas cuando el miedo asoma.

“¿Eso es muy lejos, papá? ¿Cuándo vendrás?”, las preguntas rompen el silencio. Y la humedad moja los ojos que rehúyen momentáneamente los del hijo o la hija. Serenidad. Aflora la respuesta. “Es lejos, pero volveré, vas a ver, cuida mucho a mamá”. Desde hace años se repite la escena en hogares cubanos que despiden a sus hombres, no a una guerra insensata, sino a un encuentro con la vida arrancada a la muerte.

Y el padre vuelve. Y los hijos aprenden que su hogar es más grande de lo que imaginaban. Que hay familias allende los mares para quienes el padre de la casa tiene estatura de héroe. Que hay héroes más allá de esos en bronce o mármol descritos en los libros. Que papá puede irse siendo solo papá y regresar inmenso, en medio del agasajo público que enorgullece a cualquier niño, de cualquier estatura.

Hay papás cuyos planes se posponen por servir a un país o al mundo todo, como el de Gema, Ámbar y Gerardito. Hay papás cuyos hijos somos todos los que habitamos un país, el país altar que defiende ese hombre de quienes lo mancillan. En Cuba hemos tenido muchos papás, y seguimos teniéndolos.

Por eso cuando la niña de los pulsos siempre ganados contra los musculosos brazos de su padre hace memoria, se regocija de lo bueno que es contar con una gran legión de padres a quienes nuestros niños pretendan imitar. Y el calco puede ser meterse en sus zapatos grandes, seguir sus hábitos y oficio, copiar su generosidad y hasta, ¿quién sabe?, irse algún día a esa prolongación de la familia y de la Patria donde otros hijos aguardan por padres ajenos que les pongan color a sus cielos grises.

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