Pegados a un celular

Si bien no existe en Cuba legislación alguna que lo prohíba, el uso de los teléfonos móviles durante el desempeño de las funciones laborales afecta cada vez más la actividad económica y social del país

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Ilustración: Osval

No le crea al cartel que lo define como la persona más importante que jamás haya pisado el lugar donde ahora mismo se encuentra. Créale a la conducta gestual de quien lo desatiende. Usted no es, ni por mucho, lo más importante en este momento; no se le ocurra competir con un celular en manos de la persona que solo reparará en su necesidad cuando haya terminado de hacer lo que sea que le entretiene en la minúscula pantalla.

“Así, de momento, no recuerdo un caso específico, creo que porque se ha vuelto algo tan cotidiano que ya uno no lo toma como extraordinario y, consecuentemente, no lo retiene en la memoria. Pero te digo que sucede a diario”, respondió una espirituana interrogada sobre la nocividad del uso de los teléfonos móviles durante la jornada laboral en Sancti Spíritus.

Aunque no puede decirse que constituya una regla, las transgresiones al derecho ciudadano de ser bien atendidos cuando se acude a lugares donde se brindan servicios o se proporciona información suceden todos los días del año. Hay dependientes gastronómicos que no te miran a la cara y hasta pareciera que te hacen un favor cuando escuchan tu pedido para, de manera automática, servirte, como quien se abstrae por un momento de lo verdaderamente relevante.

Estuve alguna vez ante un profesional que no se disculpó por dejarme con la respuesta a su pregunta en la boca para atender una llamada. Conozco de personas que han esperado minutos en una recepción, mientras quien está a cargo continúa en su embeleso cibernético. Sé de regocijos grupales por el juego virtual acertado en departamentos o áreas, con el entusiasmo envidiable de una celebración por algún resultado productivo.

Y nadie, en teoría, viola nada. Solo que la abstracción se traduce en normativas sin cumplir, planes sin concretar, procesos comunicacionales abortados, insatisfacción evidente de parte de quien fue puesto a un lado, cual objeto inservible.

“Ustedes aquí están por la libre; allá para poder llamar a la familia uno tiene que encerrarse en el baño, porque si te ven estás en problemas y pueden hasta despedirte”, comentaba hace unos días un cubano residente en Miami que visitó el terruño. Tienen, dice, terminantemente prohibido usar los teléfonos móviles mientras trabajan.

Y no es una realidad aislada. Iberley-Colex, portal de información jurídica español, al responder a la consulta de un internauta publica en sus páginas: “Para que un empresario pueda ejercer un control sobre la utilización del WhatsApp en horario laboral ha de existir una comunicación previa restringiendo su uso”. Luego, explica que el procedimiento consiste en entregar una circular interna a la plantilla de trabajadores prohibiendo expresamente la utilización de estos dispositivos para uso personal (conexión a Internet o a chats mediante el teléfono móvil), e indicando que se sancionará dicha práctica en la forma que se considere.

La red de redes es pródiga en materiales sobre este particular. En principio, se trata de un asunto no resuelto que ha provocado conflictos en distintas partes del mundo, muchas veces decididos a nivel de tribunales. Como regla, se reconoce que por el rápido avance de la tecnología, con cada vez más usos y posibilidades para facilitar la comunicación, los negocios, las compras, etc., no hemos sido capaces de educarnos en su uso adecuado.

Uno de los sitios especializados recomienda instaurar una cláusula en el contrato de trabajo, y cita como ejemplos recurrentes los de empresas que prohíben a sus trabajadores el uso de sus equipos celulares durante el desempeño de sus funciones. “Incluso —añade—, de forma extrema, retienen dichos equipos antes del inicio de las labores para tenerlos en ‘custodia’ hasta terminada la jornada laboral”.

A todas luces Cuba está todavía lejos de tales realidades, pero a algo de eso tendremos que acercarnos si pretendemos que se respete la disciplina laboral, tan vilipendiada a nivel de sociedad de un tiempo a la fecha. No se puede olvidar que se trata de la misma disciplina por la que atraviesa el progreso económico y social de cualquier nación.

Algo habrá que hacer, digo yo, porque de lo contrario llegaremos a la hora de los autómatas dependientes de esos aparatos móviles, capaces de estropear todo vestigio de cordura, como refleja magistralmente el cortometraje egipcio de animación L’ altra par, premiado en 2019 en el Festival de Cine de Venecia. Con tan solo 3 minutos de duración, el material describe cómo las personas se aíslan en la tecnología y olvidan la convivencia humana, poniendo a un lado el amor y la hermandad hasta el fin mismo de la existencia.

3 comentarios

  1. La invasión de los ifrits
    Dispuesta a conservar su cabeza sobre los hombros, a toda costa, o mejor, a todo cuento, Scheherazada, la bellísima hija de un visir, condenada a morir por el califa Shahriar, para evitar su denucación, narraba al monarca noche tras noche cuento tras cuento, el uno nacido del anterior, con el propósito de que la sentencia real no se cumpliera.
    La singular obra literaria Las mil y una noches, estructurada sobre el relato infinito de la condenada, embriaga a sus lectores con el licor destilado en sus centenares de relatos extraordinarios, llenos del exotismo oriental, de ifrits y monstruos, de bellas vírgenes y pícaros malandrines, de lámparas mágicas y alfombras voladoras, pero, detrás de este sorprendente mundo, asoma la piel de un sistema de relaciones feudales y esclavistas, con arraigadas desigualdades sociales, algunas de las cuales todavía están por ser superadas.
    Mas dejemos esto y concentrémonos en los ifrits islámicos de Las mil y una noches.
    ¿Qué es un ifrit?
    El ifrit o efrit (transcribo el grafema de la palabreja en arábigo para que los conocedores de esta lengua determinen, a pura ciencia filológica, cuál es la pronunciación acertada: عفريت) es un ser de la mitología popular musulmana. Se considera que es un genio, entre tantos, dotado de poderes extraordinarios, capaz de ejecutar acciones benignas y malignas, dualidad no compartida con otros congéneres.
    En Las mil y una noches, los ifrits (o efrits, según decida el lector, conocedor del árabe) se les identifica como simientes de Eblis (o el Satanás bíblico) dado que, según la tradición islámica, fueron los primeros en ser creados, razón por la cual se estiman superiores a los humanos porque a diferencia de estos, formados del barro, ellos provienen “del mismísimo vaho de Alá”.
    Se cuenta que Eblis se negó a postrarse frente a Adán cuando Alá lo ordenó. Alá le imputó: ¿Qué te retiene de postrarte cuando te lo ordeno? A lo que Eblis replicó: No es mejor que yo: Tú me creaste del fuego, y a él del barro.
    Con esa altanería los ifrits o efrits (decida usted la voz) desandan por el mundo desde entonces y, hace menos de una década, han invadido nuestro archipiélago.
    Aquellos adoptan muchas apariencias, pero suelen posesionarse de varones apuestos (eso creen ser los posesos narcisistas: ¡tal es la alienación que provocan!) o de bellas mozas (así se tildan, también alienadas, las criollas émulas de Scheherazada); son, además, escurridizos entre los pliegues de las ropas o cambian a voluntad de forma, haciéndose pasar por cosas achatadas con apéndices filiformes; en pocos casos, gracias a su mutante metamorfosis se retuercen sobre sí mismos, y se doblan como pañuelos(en los tiempos caribeños que corren, los de forma plana y rectangular son los más concurridos); sienten peculiar apego por los seres humanos, sin distingos etarios, aunque proliferan a pululo en las edades tempranas más que en las crepusculares, amén de circundar, permanentemente, entre los que desempeñan cargos públicos u ostentan rangos académicos; muchas veces, los ifrits se hacen sentir mediante horrísonos chillidos que espantan a quienes alcanzan a oírlos.
    Anímicamente, los invasores archipielágicos son bromistas, engañadores, inoportunos y ubicuos; prefieren los lugares públicos y populosos por sobre los privados y solitarios, aunque no desdeñan estos últimos.
    Los espacios dilectos, muebles o inmuebles y hasta semovientes, donde los ifrits hacen de las suyas son: los parques y avenidas, con árboles y bancos o sin ellos, donde los paseantes van y vienen, o donde los de buena fortuna, reposan sentados bajo sombras protectoras del tórrido Apolo; las oficinas y dependencias gubernamentales, con sus servidores públicos y administrados, en sobrepuja infinita de trámites a ventilar, tampoco escapan a su influjo benéfico o perturbador; en reuniones de trabajo, en claustros oficiales, eclesiásticos o docentes y en salones de belleza, de barbería, de expendio de bisuterías y de clases, su etérea presencia resulta adverada; los vehículos automotores, tanto de combustión interna como de baterías de litio o tirados a músculo limpio por cuadrúpedos o bípedos, con sus tripulantes, ora conductores, ora pasajeros o todos a la vez, son sometidos a sus desatinos, sin esquivar aquellos otros devenidos en modernos centauros; ni siquiera las funerarias conjuran su presencia en el postrer momento ni tampoco en los socorridos cortejos fúnebres, ni en la inhumación misma del despojo humano en laabierta bóveda de la necrópolis que lo engulle; las salas de espera en terminales de ómnibus y centros asistenciales de salud y hasta en los mismísimos quirófanos, los ifrits irrumpen, a pesar de salidas puntuales o tardías de rutas nacionales o provinciales, o de traumas y estados patológicos de pacientes y acompañantes, o anímicos entre los propios facultativos que asisten sanitariamente, a tiempo o a deshora, a los necesitados, hasta el extremo de molestar a los pupilos de Ambrosio Paré, el insigne cirujano francés renacentista, en el propio acto quirúrgico cuando su susurro inhibe las manipulaciones de aquellos pero que, cual débil soplo, se hace sentir en la parálisis anestésica, parcial o total, del intervenido.
    Tan abigarrada relación de lugares y hechos disímiles me permite decantar y narrar, cual cronista contemporáneo (¡ay de mí, pobre émulo de Bernal Díaz del Castillo, Alvar Núñez Cabeza de Vaca o del mismísimo Almirante de la Mar Oceana!) las vivencias personales escuchadas de testigos, excepcionales todos ellos, cuyas deposiciones corroboran la presencia de ifrits entre nosotros, individualidades que si bien no son alienígenas sino de la cultura popular islámica, merecen la filmación de un serial cubano, al estilo del norteño The X Files con sus archiconocidos investigadores Dana Scully y Fox Mulder, con la notable superioridad argumental criolla de que la amenaza no está en el espacio exterior sino que nos traga en el entorno insular cotidiano.
    Muchos efrits clásicos (o ifrits, según se prefiera, insisto) son cautivos de objetos (como el que moraba en la lámpara maravillosa de Aladino) y se convierten en siervos o esclavos de quienes posean tales objetos, pero ya tropicalizados en estas ínsulas, la relación es inversa: son siervos de los ifrits sus tenedores, fidedignos cultores de sus virtualidades.
    Probado está que los entes islámicos provocan manifestaciones de enajenación mental en sus posesos: sostengo tal aseveración con las evidencias aportadas por testimoniantes.
    Uno de ellos asegura que en cierta ocasión una dama de alto rango académico fue víctima de un ataque nefrítico (¡horror, que he dicho! ¡el ataque fue efrítico!) cuando abruptamente conminó al conductor del vehículo en que viajaba a detener la marcha frente a su casa; ya estacionado, descendió precipitadamente del carro y penetró en su morada.
    Los compañeros de viaje de la mujer, sospechosa de presbiciapor su edad, conjeturaron que había olvidado sus espejuelos, aunque algún tendencioso sopesó, como pretexto, el olvido de la prótesis dentaria; pero lo cierto es que, poco después, con paso garbo y parsimonioso, la académica frotaba contra su seno un efrit revestido de caucho, a la vez que exhibía inobjetables arcadas dentarias naturales, reveladas por su placentero sonreír.
    Según otro testimonio, el salón de reuniones de la entidad estaba abarrotado de trabajadores quienes, inquietados por la tardanza en el inicio del cónclave, convocado para una hora antes, se divertían con parloteos y chácharas insustanciales, entre sentados y distantes, ocasión propicia donde los efrits se despachaban a gusto, ora aquí, ora allá y acullá.
    Al fin apareció la autoridad superior, escoltada por otros directivos, clamando por orden y silencio; muy en particular, advirtiendo que, si alguno de los concurrentes se hallaba enajenado por la posesión de un efrit, lo conjurara o lo exorcizara, si fuere menester, so pena de correctivo disciplinario.
    Y dio inicio a su retórico discurso; no bien había desandado unas cuantas sentencias orientadoras cuando fue invadida por un inoportuno efrit: con estupefacto rostro, demudado y teñido de rubor sus carrillos, abandonó el encierro claustral; un poco tardó en retornar a su estrado, excusando su estampida en razones de obediencia debida a grados de subordinación jerárquica, pero en verdad había respondido a intereses nefríticos (¡oh, confusión fonética, otra vez!), a reclamos efríticos domésticos.
    Un docente declarante me relató que pudo justipreciar la voluntariosa omnipresencia de los efrits en aulas de cualquier nivel educacional; me confesó, a manera de pieza de convicción, que, en una ocasión, destinado por un superior a cuidar el orden en la aplicación de una prueba final, cuando penetró en el recinto donde el ejercicio evaluativo se llevaría a cabo, vio que todos los alumnos estaban posesos por una banda de efrits; como experto exorcista, la ahuyentó, repartió cuidadosamente los cuestionarios examinadores, rondó por unos minutos entre filas de examinados observando sus habilidades de respuesta y, al ponderar la disciplina existente, fue abducido por poderoso magnetismo que lo conminaba a escudriñar en el efrit que se le insinuaba en su bolsillo; luchó con denuedo contra tal arrebato pero nada pudo: ya subyugado por el efrit, sostuvo placentero intercambio con su amo.
    De más está decir que, en el ínterin, los restantes miembros de la banda efrítica (¡no nefrítica!) dieron rienda suelta a sus ímpetus comunicadores con aquellos sometidos a prueba y los mensajes portadores de sapiencia corrían de unos a otros.
    El resultado cualitativo de la evaluación sobrecogió al tribunal examinador: le calificó de excelente.
    El testimonio que sella estas crónicas fue ofrecido por un paciente intervenido quirúrgicamente de hernia inguinal. Luego de prolongadas horas de temerosa espera, al fin, desfalleciente de suero, ayuno y miedo, fue transportado hasta el quirófano (esta palabra significa “templo de las manos”, en clara alusión a las habilidades digitales de los asépticamente enguantados); depositado en la mesa de operaciones, anestesiado de medio tronco hacia abajo, y ya empuñado el escalpelo en manos del cirujano de ocasión, un impertinente ifrit irrumpe en el meridiano templo de dedos y uñas; el seguidor de Paré detiene su crispada mano y, obnubilado por la etérea fantasmagoría efrítica, vuelca su interés en el impalpable intruso; atónito, el paciente, con sus ojos exorbitados, solo recobra la calma cuando el melifluo intercambio a sordina cesa; la intervención quirúrgica concluye exitosamente, por suerte para ambos, a pesar del incidente comunicacional.
    Todas estas evidencias sensoriales de existencia de los ifrits o efrits (¡o como se llamen!), entre nosotros, de manera irrefutable apuntan a demostrar su introducción, rápida propagación y dominio creciente sobre las voluntades de los naturales del archipiélago cubano, elementos suficientes para desnudar sus entrañas e intenciones.
    Acuciados por este misterio, los más notables científicos del patio se han dado a la tarea de revelar las esenciasinsustanciales de estos entes que parece que han llegado hastalas fronteras jurisdiccionales para quedarse y perturbar nuestras vidas secula seculorum.
    Pero la pujante ciencia cubana, gracias al empleo de novedosas técnicas holográficas y de 3D, ha logrado identificar especímenes de varias generaciones de ifrits o efrits, como se quiera, cuyas individualidades han sido clasificadas y codificadas para evitar confusiones de prosapias y grados de enajenación que fomentan.
    Ofrezco en primicia científica tales engendros cuya peligrosidad social atenta contra la humanidad pero que, irremediablemente el sino de los tiempos, nos obliga a tolerar.
    Ellos son:iPhone X, Samsung Galaxy S9+, Huawei P20 Pro, Samsung Galaxy S9,Huawei P20,iPhone 8 Plus,Huawei Mate 10,Google Pixel XL, LG, Motorola, Nokia, Sony, Alcatel, BlackBerry, Sony Ericsson, HTC, Apple, ZTE, BLU, Xiaomi, Lenovo y Microsoft.
    Así pues, nuestra Scheherazada, perenne insomne, ingeniosa narradora, con la cabeza todavía sobre sus hombros, nos guiña el ojo,advierte y calla por ser discreta, extiende uno de sus contorneados brazos en un ángulo de 90 grados,en tanto su delicada mano sostiene en alto un destellante artefacto rectangular; su escultórico talle rodeado de ifrits y,postrado de hinojos ante su túnica, el temido Eblis la reverencia, haciendo con sus dedos índice y del medio, el signo de la victoria; finalmente, la hermosa musulmana, despojada de su típico hijab o velo facial, presiona con sus dedos el adminículo y todos quedan eternizados bajo el influjo de un haz de luz: poco después la instantánea deviene en viral en las redes sociales.
    Arturo Manuel Arias Sánchez

  2. Es cierto que desde que llegó a nuestro pais el uso del celular y se pudo usar más menos con algunas aplicaciones, entre problemas con las altas tarifas, los precios de los servicios, los equipos a la venta, la calidad de las prestaciones, la cobertura etc. etc., nos ha creado más aspectos para estar ¨entretenidos¨ que soluciones, en primer lugar, porque un trabajador estatal de categria media y salario regular (de los que les dicen MODESTO) no puede comprarse ni un Alcatel de 157.00 cuc…..3925.00 cup de un janazo, ETECSA no da créditos….por citar ejemplo…hay más…
    A esto se une el si, problema acreciante de que el que tiene un celular y trabaja por ejemplo en los servicios a la población en cuanto puede pasarle el dedo para conocer si pasa algo por su equipo….lo hace y desatiende el tiempo por el que cobra en lo que hace… y pasa ante los ojos del sindicato y de la administración…incluso si ocupa un puesto de seguridad y protección, se entretiene de manera que nos le paramos delante y ellos embobesidos ni cuenta se dan, pues nada…los cubanos somos tan buenos que legislamos todo y no legislamos eso el uso del celular en los puestos de trabajo, eso y otras cosas, cosas que a la larga nos crean más problemas que soluciones, más gastos que beneficios, incluso siéndonos utiles…más en la escuela, la presencia del celular entorpece a veces el proceso de aprendizaje por el nivel de atención que se le presta, de una parte o de otra no podemos acusar solo a la parte estudiantil, a la profesoral también que a veces salen del aula para atender una llamada interrumpiendo la clase, o al directivo con el que se tiene una conversación y pide disculpa para atender al ¨puñetero¨ celular en medio del diálogo y así el médico y hasta a veces el político, en fin, todos los que hacemos uso de la telefonía celular en algun momento caemos en la dejadez de dar más importancia a las llamadas que al buen actuar de la educación formal.

  3. arturo manuel

    Tenían razón los partidarios de Próculo, insigne jurisconsulto romano, al sostener que los infantes (esta palabreja significa “no habla”), al dejar oír su voz, luego del alumbramiento, probaban irrefutablemente su condición de nacidos vivos; con las centurias, Alexander Graham Bell y Thomas Alva Edison, y sus invenciones (también se atribuyen la paternidad del aparato un ruso y un italiano, menos conocidos), se encargaron de hacerlas escuchar en las distancias, mas no solo las de los recién nacidos sino, sobre todo, las de los adultos.

    Así pues, desde entonces, el teléfono ha acercado, al menos en tiempo real, a los seres humanos, mucho más ahora con el celular (término acuñado por el inglés Roberto Hooke y arrebatado por esta industria) o móvil, portento tecnológico de la telefonía contemporánea.

    ¡Por Zeus! ¿Por qué Fidìpedes, otrora ganador de una corona olímpica de mirto, no contaba con uno de estos ingenios para exclamar ¡Regocijémonos, ganamos!, y no caer exánime al concluir su carrera desde la llanura de Maratón (hoy, entonces, no contaríamos con esta modalidad atlética) hasta la encumbrada Atenas, anunciando la victoria aquea sobre las huestes de Darío, el meda?

    ¡Por Júpiter! De igual manera, ¿por qué Julio César no tenía a mano un celular para informar al senado romano de su aplastante éxito militar sobre los contumaces rebeldes del distante Ponto Euxino, y hacer escuchar su célebre frase Veni, vidi, vici (vine, vi y vencí) para alegría y desconcierto, respectivamente, de amigos y adversarios senatoriales?

    Y, ¡por Dios! ¿Por qué el Adelantado de la Mar Oceana no poseía este artefacto para comunicar a sus Serenísimas Majestades Católicas el descubrimiento de tierras más allá del poniente ibérico, en el otoño americano, y honrar así las Capitulaciones de Santa Fe?

    Entre nosotros, el dichoso aparato ha servido más para controlar que para comunicar noticias trascendentes como las arriba enunciadas.

    Con él, los jefes controlan a sus subordinados (aunque estos, en cierta medida, también ganan control sobre aquellos); con su uso, los maridos controlan a sus esposas pero, estas, a su vez, controlan a sus consortes; los padres controlan a sus hijos, en cambio, con su empleo, los vástagos logran controlar a sus progenitores.

    Así las cosas, tanto control recíproco ha provocado también situaciones inverosímiles pero reales, como las que más abajo se relatan.

    I

    Le trepidaba el vientre; los espasmos fluían y refluían como las mareas; las asas intestinales, en convulso peristaltismo, anticipaban un colapso del esfínter anal: se apresuró hacia el retrete.

    Ya aligeraba la presión en torno a su cintura cuando vibraciones electromagnéticas y un agudo chillido le alertan de la ansiada llamada; no vaciló: ¡Dime!, pronunció trémulo.

    Su pituitaria olfativa se impresionó con un fétido olor proveniente de su inferior plano corporal y un magma pestilente y cálido le corrió corvas abajo, en pos de los talones del héroe griego.

    II

    Los cuerpos desnudos yacían fundidos en uno solo; los amantes, en el paroxismo del sexo, con rítmicos movimientos pélvicos, los subían y bajaban, en perfecta cadencia sensual, entre quejidos y suspiros, dando riendas sueltas a los potros del deseo.

    Cercanos a la meseta del placer carnal, boca con boca, pubis contra pubis, manos crispadas y entrelazadas, estas con aquellas; sendos zumbidos extracorpóreos se dejan escuchar, y los amantes son sustraídos del éxtasis de la íntima comunión: la mucosa endometrial se relaja, la sangre, hasta ahora impetuosa, se hiela en las cavernas; destrenzados los dedos, a tientas, buscan los artefactos: ¡Dime!, musitan a dúo.

    III

    Experta en lances perinatales, el derrame de líquido amniótico que descendía a raudales por sus piernas, inequívocamente, le aconsejaba seleccionar la indumentaria apropiada para su ingreso hospitalario en la institución gineco-obstétrica; los dolores, reiterados y cada vez más intensos, avizoraban el alumbramiento en término.

    Trasladada por su esposo al centro asistencial, ahí recibida por el personal médico y paramédico, y preparada convenientemente para el trabajo de parto, cuya insinuación arreciaba, arropó, bajo sus henchidas mamas, el prodigioso adminículo acompañante.

    Ya en posición de parto, pujó una y otra vez; el dolor marginó su decencia, dando paso a groseras imprecaciones, salidas sinceramente de alma y cuerdas vocales, con tal profusión como los males de la caja de Pandora.

    Con un pujo final, el vástago atravesó el canal del parto y se vino a la luz y a la vida extrauterina; entonces, la puérpera extrajo, mientras esto acontecía, el oculto celular, lo accionó y los primeros signos vitales del neonato quedaron apresados, en imagen y sonido, en el prodigioso aparato electromagnético.

    El progenitor del recién nacido, con sonrisa dibujada en sus labios, apreció, gracias a aquel ingenio, las vívidas imágenes y sonidos procedentes del fruto de sus amores.

    ¡Feliz conjunción de ciencia e historia para constatar que su hijo vivía!

    El sensato Próculo, una vez más, tenía razón: la voz emitida, escuchada por el padre en la distancia, gracias al celular, confirmaba la existencia de un nuevo ser.

    IV

    Hasta cerca de la medianoche la funeraria estuvo animada con la asistencia de numerosos condolientes del fallecido, los que, luego de rendir el fingido pésame a los familiares del occiso, se aglutinaron según sexos, hábitos y gustos, y se enzarzaron en sabrosas pláticas, hasta que comenzaron a despedirse con débiles excusas o a la francesa, tomando la ruta de las de villa diego; antes, de cuando en cuando, en medio del clamor conversacional, el zumbido o timbre de los celulares se erguía sobre el vocerío.

    Al fin amaneció el nuevo día con sus anhelos y desesperanzas cotidianas; para las 8 de la mañana se había fijado la partida de la procesión fúnebre, y así fue.

    Entre seis hombres fue levantado en vilo el pesado ataúd y conducido hacia la abierta portezuela del coche mortuorio; la escasa concurrencia se puso en pie, como postrer tributo al amigo desaparecido.

    No bien los cargadores de los despojos mortales habían echado a andar unos pocos pasos en el silencioso salón, un celular repicó a vuelo una estruendosa música de la peor ralea; atónitos, unos y otros intentaron localizar su ubicación para acallarlo; algunos de los presentes palpaban en sus bolsillos o carteras pero los suyos observaban respetuoso silencio para la solemne ocasión; mas la horrísona melodía no cesaba.

    Uno de los cargadores del féretro, más próximo a la cabeza del difunto, pudo percibir un ligero temblor que se expandía, casi insensiblemente, a lo largo del cristal que, a manera de aspillera, había permitido a los curiosos envalentonados apreciar el rostro amarillento de quien iniciaba su postrer viaje, trunco en la misma arrancada por el estrépito de un celular inoportuno.

    Acercó su oído a las paredes de madera del traje a la medida, investido por el occiso, y con manifiesto asombro, exclamó: ¡Aquí está!

    De nuevo el ataúd fue colocado sobre la plataforma que le sostuvo toda la noche y, convocado el funerario de guardia para destornillar su tapa, cubierta de basta tela gris, cuando la desagradable música resurgió con toda su fuerza, ahora libre de pantallas acústicas.

    Con increíble sangre fría, el operario comunal de sarcófagos, introdujo su brazo por entre las malolientes mortajas y extrajo el nada pudoroso adminículo electromagnético.

    Este incidente, tan singular, será recordado por mucho tiempo entre nosotros y con él, el difunto, amén de que aleccionará que, de ahora en adelante, el cadáver, antes de ser depositado en la caja funeraria, debe ser revisado integralmente, en busca de celulares, so pena de repetir esta escena, propia de lo real maravilloso americano.

    Finalmente, el propietario del celular prefirió perderlo antes que revelar su identidad y le imputaran su desidia; el empleado de pompas fúnebres se quedó con él.

    V

    Las campanas doblaban por quien yacía a la espera de su entrada definitiva en la ciudad de los muertos.

    Depositado el féretro, con su carga, en el interior del coche fúnebre, la corta caravana que lo seguía, se encaminó al cementerio.

    En el campo santo, un improvisado orador, desafiando los impulsos electromagnéticos, sin recato, soltados a rebato por los celulares de los condolientes, exaltó las virtudes del fallecido y omitió sus defectos morales; concluido el discurso, los más allegados al difunto mostraron su agradecimiento al apologista; luego, a pie, la luctuosa procesión se dirigió hacia el panteón donde reposarían por toda la eternidad los despojos mortales del finado.

    El ataúd descendió lentamente hasta descansar en la sima de la fosa cavada a propósito; a seguidas, varios concurrentes tomaron terrones en sus manos y los arrojaron delicadamente sobre el sarcófago; su golpeteo sobre la tapa funeraria, estremeció a los presentes, los que mascullaban una oración acompañada del persigno cristiano; luego, dos sepultureros, estimulados con la suma dineraria prometida por su ejecución, impetuosamente palearon la arcilla amontonada al borde de la zanja, y en pocos minutos, sobre el sarcófago se levantó un domo terrario cubierto con varias coronas tejidas sin gusto alguno.

    Concluida la inhumación, unos pocos rezagados lanzaron de soslayo una mirada lastimera sobre el lote de terreno que semejaba un escaque de tablero de ajedrez, entre tantas opulentas criptas.

    La noche otoñal sobrevino con su negro manto; la luna llena afloró de golpe y argénteas sombras iluminaron la soledad de las bóvedas graníticas; el aullido de un perro rompió el silencio del lugar, impregnándole un hálito sombrío y fantasmagórico.

    De pronto, el gemido metálico de un celular se escuchó desde la profundidad de la tumba recién ocupada; espantado, el custodio de ronda en la necrópolis huyó, perseguido por el incesante y etéreo zumbido, que, cual ánima en pena, clamaba por un oyente.

    ¡Oh, celular! ¡Mimético y ubicuo ingenio, impronta de nuestros días; desde el nacimiento hasta la muerte nos acompañas, como la personalidad jurídica!

    Amén.

    Arturo Manuel Arias Sánchez

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