Revilla: machetero a mucha honra

En las tierras de Purialito, en el municipio espirituano de Jatibonico, Antonio Revilla Duany ya puso a descansar la mocha en espera de la venidera zafra

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Antonio integró la pequeña brigada de cortadores de la UBPC Argelio Calderón. (Foto: Arelys García/ Escambray)

A contraluz, la mocha parecía un látigo que embestía el plantón. Antonio Revilla Duany lo abracaba con la izquierda, y el filo del metal centelleaba nuevamente en la mañana. Cogollo a un lado, tallo al otro. Y la pila de caña crecía, crecía sobre el surco abatido, hasta que llegaron los periodistas.

Al principio, Revilla no estaba muy conversador; pero los forasteros —curtidos en estas lides— le preguntaron por la familia, sobre la vida en el batey de Purialito. Solo entonces desaparecieron los recelos y este guantanamero, aplatanado en Jatibonico hace más de 30 años, empezó a sentirse como pez en río. De un golpe, encajó la mocha en la tierra húmeda y ya no creyó que el micrófono era bicho raro delante de él: “Soy machetero a mucha honra”.

En tiempo de zafra, Antonio salta de la cama a las cinco de la mañana porque, dice, a esa hora ya la siente con picapica. Es la excusa que encuentra para justificar el madrugón, propio de todo machetero, oficio que aprendió observando a los compañeros de corte. “¡Ñooo!, cómo adelantan”, comentaba entre dientes, y los miraba de soslayo para que no se percataran de su impericia. A la vuelta de los años, jura que no hay caña enredá’ que se le resista.

—Aprendí la técnica porque, como decía Alicia Alonso, sin técnica no eres nadie.

Ante nuestra incredulidad, vuelve a la carga.

—Sí, yo veo mucho la televisión. Siempre estoy arriba de la noticia. Si no ves las noticias, estás perdí’ooo.

Y alarga la o para remarcarlo. Antonio, uno de los ocho macheteros de la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) Argelio Calderón que participaron en esta zafra a punto de finalizar, asegura que ha pasado por las siete aguas calientes, y si alguien lo pone en duda, le relata sus vivencias en Angola de 1986 a 1988.

Huambo, Menongue; emboscadas, caravanas… y la muerte pisándole los talones. Durante 14 meses asumió como cargador de un tanque de guerra. “Aquellos proyectiles eran de este alto y yo los levantaba como si na’”.

Al parecer, de ese tiempo le viene la agilidad con que maneja la mocha, la cual, según aclara, debe pesar; de lo contrario, al chocar contra el plantón, no camina. “Cuando la tiras, la caña tiene que sentírsela”, y Revilla hace un ademán en el aire.

Luego recuerda aquellas noches, cuando su brigada iba a cortar caña quemada, y a todos les cogía el atardecer del otro día entre los plantones. “Era la mundial; locuras que uno hizo y que ahora te salen en el cuerpo”, admite con cierto arrepentimiento quien a su llegada en 1988 laboró, primero, como obrero industrial en el central Uruguay y después en viales antes de convertirse en machetero.

Hoy, Antonio y el resto de los cortadores madrugan menos. En las tierras de Purialito ya descansan las mochas, con la buena nueva de haber tributado la caña prevista al ingenio, incluso un poco más. Cuando le anunciamos que quizás el año que viene desaparezca el corte manual por esos lares, alega con pesadumbre: “El día que deje de ser machetero, se me va el alma del cuerpo”.

One comment

  1. Felicidades y Aplausos, es un ejemplo digno de admirar, por su entrega y dedicación

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