Yo no he conocido otro igual

Pocos entre todo el mambisado conocieron tan hondamente a José Martí como Máximo Gómez. He aquí impresiones y valoraciones trascendentales del Generalísimo acerca del Apóstol a propósito del aniversario 125 de su caída en combate

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El Apóstol sostuvo una amistad fraterna con Gómez. (Composición: tomada de Internet)

A 125 años de la muerte física de José Martí, gestor de la independencia de Cuba, Escambray trae a sus lectores vivencias y criterios personales del Generalísimo Máximo Gómez Báez sobre el cubano más grande del siglo XIX e inspirador de la hazaña épica de la Generación del Centenario, encabezada por Fidel Castro.

Se trata de la carta escrita por el insigne dominicano al señor Félix María González en fecha previa al 19 de mayo de 1902, en ocasión del homenaje previsto al Héroe Nacional con motivo del séptimo aniversario de su desaparición física, efectuado la víspera del surgimiento de la República mediatizada que nació con el traspaso del mando de la administración estadounidense al gobierno que presidió Tomás Estrada Palma.

Con su prosa llana y profunda, el General en Jefe brinda una imagen fiel de Martí, que lo define en algunos de los momentos más significativos de su vida, pero que, a partir de los rasgos de su personalidad y carácter, permite aquilatar la figura en su faceta de líder político revolucionario.

Esta misiva constituye un testimonio valioso que, pese al tiempo transcurrido, conserva en lo esencial toda su fuerza y vigencia.

Señor F. María González,
Estimado amigo:
Quedo enterado del propósito que tienen ustedes de reunirse el día 19 de mayo de 1902, en ocasión del proyectado homenaje al Héroe Nacional, con motivo del VII aniversario de su desaparición física.
Y han hecho muy bien en decirme ese propósito, pues sabe muy bien cuánto lo amaba yo también y, cual ninguno, sufrí el primero al verlo desaparecer en aquella hora funesta para la Patria.
Yo no sé si podré tomar parte en esa reunión de amigos de Cuba y del glorioso muerto a la vez, y es por eso que le adelanto estas líneas de condolencia como un deber cumplido a la memoria del héroe caído en Boca de Dos Ríos.
Fue José Martí muy poco conocido de sus compatriotas, los cubanos, en el verdadero, esplendoroso apogeo de su gloria. La verdad sea dicha: yo no he conocido otro igual en más de treinta años que me encuentro al lado en su lucha por la independencia de la Patria.
Martí fue cariñosamente admirado en la tribuna, desde donde flageló siempre a la tiranía y se hizo amar del pueblo, cuyos derechos defendía con tesón incansable. Desde allí, al decir de muchos criollos y extraños, se hizo un hombre notable.
Supo buscar en el libro y el periódico los mejores y más cariñosos factores, poniéndolos al lado del obrero cubano en el taller de trabajo, para que instruyera, principalmente en el amor a las cosas de la Patria, y se sintiera después bien hallado con la nueva sociedad que debía venir; creándose de este modo la república por el pueblo y para el pueblo.
Predicó la escuela como la panacea que curará todos nuestros males como consecuencia de una vida anterior de atraso crudísimo, de privilegios y oscurantismos.
Aun siendo un niño se encaró contra el poder usurpador de los derechos de su Patria, y por eso pagó llevando un grillete al pie, pues buen cuidado habría de tener la tiranía de apagar en Cuba toda lámpara que, como Plácido, pudiera dar algún destello de luz.
Siempre lo fue Martí, en suma: altivo, rebelde contra todas las tiranías y usurpaciones.
En hora buena, todo eso es espléndido y edificador, sublime si se quiere; pero Martí no debió tener necesidad de hacer grandes esfuerzos para llenar esa misión que él mismo se había impuesto. Para aquel cerebro, dotado de sorprendentes recursos intelectuales y para aquel hombre de gran corazón, debemos presumir que no era una empresa que ofreciese grandes dificultades que vencer.
El atrevimiento era mesurado, se tenía que contar con el tiempo y esperar que la semilla fructificara nuevamente, después de tantos fracasos. La esperanza no había muerto en el corazón del pueblo, y Martí, hombre de penetración, comprendió eso y en esa grande y sólida base apoyó el extremo de su palanca.
Pero llegó un momento para Cuba en el que Martí debía completarse y se completó, y he aquí desde donde yo lo he visto grande y hermoso y adonde muy pocos tuvieron la ocasión de contemplarlo, consumando el mayor de los sacrificios: franco, sencillo y resuelto, sin que pudiese esperar halagado el aplauso, porque en la guerra todo es duro y escueto. Frente a la muerte no se puede mentir; hasta allí no se puede llegar sino desnudo de ficciones.
Yo vi a Martí entero y sin decaimientos cuando en el tremendo fracaso de Fernandina, en donde lo perdimos todo, quedándonos sin recursos y sin crédito como premio doloroso de algunos años de ímprobo trabajo. ¡Qué días tan amargos aquellos que nos tenía reservado el destino!  
Al lado de la terrible contrariedad que sufrían unos hombres preparados con entusiasmo para una grandiosa empresa, ese fracaso no solamente dejaba comprometida aún la vida, sino también algo más grande: el honor. Preciso era en ese lance tan desesperado jugar el todo por el todo, y vi entonces a Martí, sin miedo y resuelto a correr los azares de una suerte por demás, incierta, cuando, para cumplir la palabra empeñada con la propia conciencia y con la Patria, nos lanzamos a la mar en débil barquichuelo, llevándoles en vez de elementos de guerra, a los compañeros combatientes ya, la dolorosa noticia del fracaso.
Para los hombres de honor que sepan apreciar aquella desgraciada situación nuestra, sobre todo para Martí, que era el director de las cosas de fuera, han de pensar, junto conmigo, que era preciso poseer una gran dosis de entereza para no sentirse desconcertado ante tamaño infortunio, que muy bien pudiera apreciarse de manera distinta, por la vehemencia de la opinión pública, desesperada por ver realizada la empresa con tanta insistencia anunciada. 
Después de eso vi a Martí resuelto y entero, cuando, no contento el destino con la desgracia con la cual acababa de fustigarnos, dispuso fuésemos traicionados y abandonados en la mar por los mismos que se habían comprometido, mediante una retribución adelantada, a conducirnos a la tierra amada.
Momentos angustiosos fueron aquellos, capaces de meter miedo a los espíritus más fuertes y mejor templados, y a hombres como Martí, no acostumbrado a los azares de la guerra. Extraño contraste: habíamos principiado por la más horrenda derrota, para obtener después, como se ha visto, la más espléndida victoria. Así ha sido Cuba y seguirá siéndolo.
Al fin vencimos de tantos trastornos y de tantas infamias, a costa de sacrificios sin cuento, y yo vi entonces también a Martí, atravesando las abruptas montañas de Baracoa con un rifle al hombro y una mochila a la espalda, sin quejarse ni doblarse, al igual que un viejo soldado batallador, acostumbrado a marchas tan duras, al través de aquella naturaleza salvaje, sin más amparo que Dios.  
Después de todo este martirizante calvario, y cuando el sol que alumbra las victorias comenzó a iluminar nuestro camino, yo vi a José Martí, ¡ah, qué día aquel! Erguido y hermoso en su caballo de batalla, en Boca de Dos Ríos. Como un venado, jinete, rodeado d aquellos diestros soldados, que nos recuerda la historia, cubiertos de gloria en las pampas de Venezuela.   
Allí, en Boca de Dos Ríos y de esa manera gloriosa, murió José Martí. A esa gran altura se elevó para no descender jamás, porque su memoria está santificada por la historia y por el amor, no solamente de sus conciudadanos, sino de la América toda también.
Guarde usted, amigo mío, estas líneas, como un recuerdo del amigo y del hermano, escritas al calor de los recuerdos de aquellos tiempos y del compañero muerto y nunca bien llorado.
M. Gómez

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