Delia Proenza: Nunca he podido escribir algo en lo que no crea

Este año la reportera de Escambray recibió el premio anual Tomás Álvarez de los Ríos por la obra de la vida

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Delia Proenza llegó a la Redacción de Escambray hace más de 35 años. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Calladamente, sin vanidades pretensiosas ni un título académico que la respalde para esta profesión apasionante, ella ha conquistado su lugar en el firmamento periodístico espirituano desde Escambray, a cuyas puertas tocó sin muchas expectativas hace más de 35 años, cuando ni siquiera soñaba con hacerse reportera para siempre.  

La tarde de esta entrevista trae a la Redacción del periódico un cafecito de civismo para esta especie de tertulia entre colegas y justifica aquellas sambumbias que brindaba a las visitas solo aceptadas por elemental cortesía: “Entonces no tenía cafetera y colaba con un colador de tela, como en Oriente”. 

Porque ella llegó casi por azar a Sancti Spíritus desde Guisa, ese lejano pueblo intramontano donde creció con otros tres hermanos en una modesta casa de adobe, entre libros a cada paso y en cuyas paredes se asomaban los mártires de la patria: “Sin los padres que tuve no podría ser la periodista, ni la filóloga, ni la comunicadora que soy”.

Y recuerda la avidez por la lectura de su madre, una simple ama de casa hasta el día en que, para liberarse del machismo, se cortó el cabello, vistió pantalones y se fue a despachar en la lechería de la esquina, con una obsesión por superarse que la llevó a graduarse al borde mismo de la jubilación en una licenciatura de perfil económico; mientras su padre —zapatero de oficio— no podía menos que seguirla hasta convertirse en todo un intelectual que llegó a ser profesor e historiador del pueblo.

Apenas adolescente, Delia Proenza Barzaga ya comenzó a interesarse en un curso de idioma ruso, vocación que la llevó a hacer las maletas para viajar a Ucrania, donde se graduó de Ciencias Filológicas y se casó con un espirituano que luego la remolcó hacia acá.

Cuando debía impartir aquella lengua que también le apasiona en la Universidad Central, la temprana maternidad la hizo renunciar a aquellos largos viajes y la trajo hasta las puertas de Escambray, donde creía que la “mandarían a freír tusas”, pero la aceptaron. Empezó a lidiar con las cartas de los lectores, las notas de los corresponsales, los textos de los colaboradores; mientras aprendía a escribir a máquina, amansar la síntesis y las estructuras de los géneros periodísticos.

En una minúscula y muy humilde casa, con la ayuda de su familia oriental, crio a tres hijas y desafió no pocas angustias por el camino, pero ni en sus peores momentos perdió la brújula de esta profesión. Poco a poco y sin grandes pretensiones, asumió el alfa y omega del oficio con la fórmula de una curiosidad casi enfermiza, su obsesión justiciera, esa vocación intrínseca para opinar, el cuidado extremo con el más mínimo gazapo del lenguaje y su particular interés por descubrir humanas y recónditas historias. Solo entonces, mucho tiempo después, se sintió verdaderamente periodista.

“Estoy orgullosa de mi profesión, pero detesto que en la calle algún conocido me vocee de un extremo a otro: ‘Periodistaaaa’. Prefiero que en mí primero vean a la persona, a la madre, a la compañera y después viene lo de reportera. Tengo algo muy claro, me siento mucho más identificada con las personas simples, de abajo, que con los que ostentan grandes responsabilidades. Tengo una máxima: para mí vale más el ejemplo de la persona, el ser humano mismo que sus títulos”.

Con su talla diminuta y tono respetuoso, parece débil, pero no lo es: durante más de 30 años ha asumido el espacio fijo más antiguo de Escambray, sus “Cartas de los lectores”, que a veces le resultan tediosas porque repiten una y otra vez, por ejemplo, los temas de salideros y la vivienda, pero que le ha dejado las más trascendentales lecciones.   

“En más de un 90 por ciento de los casos, detrás de cada queja o inconformidad, hay alguien reclamando algo justo y verdadero. Siento que debo defender un poco los derechos de esos lectores que muchas veces han ido a otras instancias y nadie los ha escuchado. Incluso determinadas autoridades involucradas han querido que se retracten, los intimidan y eso es algo muy negativo en la sociedad. La ciudadanía necesita efectivos mecanismos de atención”.

La China, como también la llamamos aquí, reconoce que a veces ha dado alguna perreta para prescindir de ese espacio porque los lectores la abruman con sus historias a toda hora, como si ella se convirtiera en una oficina de atención a la población.

Pero al final, su sensibilidad impide que ese encargo editorial naufrague: “La gente está necesitada, primero, de que la escuchen y después, que la entiendan para analizar lo que piden y ver qué se puede hacer. Hay directivos que comprenden y dan respuestas, pero son la excepción. Algunos cuestionamientos quedan en el aire y nunca nadie responde. Los lectores creen en este periódico”.

Nada amiga de los reportajes, que siempre han constituido su mayor desafío, la Proenza también ha publicado errores e incurrido en despistes imperdonables. De un tiempo a esta parte, con las energías de una muchacha, se ha sumado también exitosamente al periodismo digital y las redes sociales.  

“Estoy aprendiendo todavía. En primer lugar, creo que soy una comunicadora porque desde niña me gusta hablar y opinar, más de la cuenta. A Facebook entré un día por casualidad, a veces he llegado a detestarlo porque publica cosas muy feas. Twitter tiene sus encantos. Me gusta que la verdad de Cuba se conozca, sin ser panfletaria porque nunca he podido escribir algo en lo que no crea. Yo soy muy sincera”.  

Y con esa misma trasparencia reconoce que aún prefiere al Escambray de papel; declara que vive enamorada de los ideales de Fidel Castro; admite que siempre va a pertenecer más a Guisa que a ningún otro sitio, aunque su verdadero hogar lo encontró en este periódico que no solo la ha mudado de casa en casa, sino que la ha ayudado con remedios para el cuerpo y el alma sin dejarla claudicar ni en sus peores momentos.

Quisquillosa y perfeccionista, crítica y directa, con los años ha aprendido que no todo se puede apreciar con lentes en blanco y negro. Quizá esa premisa también la guía ahora en su mundo personal, donde anda bien derretida con los nietos, en particular con su más cercano Marcel Eduardo, el único que ha logrado con una de sus perretas apartarla de un encargo editorial. 

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