El espirituano Panchito Álvarez: fiel a su jefe y amigo

El 15 de julio de 1871 Sancti Spíritus vivió un espectáculo infame cuando las autoridades españolas fusilaron en la Real Cárcel al general bayamés Francisco de León Tamayo y Viedma y a su ayudante espirituano, el capitán Francisco Álvarez Cruz, quien rechazó traicionarlo para salvar su vida

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El mártir espirituano, junto al general Tamayo, fue ejecutado en la Real Cárcel de Sancti Spíritus.

Un gran dolor causó en la villa de Sancti Spíritus el espectáculo infame protagonizado por las autoridades españolas del 13 al 15 de julio de 1871, en plena Guerra de los Diez Años, cuando capturaron y trasladaron a esta villa al general bayamés Francisco de León Tamayo y Viedma y a su ayudante espirituano, el capitán Francisco Álvarez Cruz, Panchito, quienes en un plazo menor de 48 horas fueron sometidos a Consejo de Guerra sumarísimo y fusilados en la Real Cárcel.

De Tamayo, un alto oficial mambí que operaba con su tropa al norte de la jurisdicción, muy poco o nada se conocía en la localidad, aunque después se comentó que cumplía órdenes precisas del presidente Carlos Manuel de Céspedes en el intento de reactivar la guerra en esta comarca, luego de que las fuerzas villareñas al mando del general Villamil se vieran obligadas por la presión militar española, en marzo de ese año, a marchar al Camagüey y al Oriente de la Isla.

Otro era el caso del joven Panchito. Barbero de oficio y practicante de Medicina, Panchito perteneció a un grupo de aficionados al teatro antes de irse a la manigua y contaba en Sancti Spíritus con muchos afectos y simpatías.

COMIENZA LA PESADILLA

Convaleciente de una herida de bala que le afectó una vértebra lumbar en el combate de Loma del Infierno, el general Tamayo recibía los esmerados cuidados de su ayudante, el capitán Panchito Álvarez en una prefectura insurrecta en la zona de Monte Oscuro, cuando el 13 de julio, una guerrilla española al mando del teniente José Velazco, Barrabás, asaltó el campamento y capturó a los dos patriotas. Panchito, fuerte y diestro, tuvo oportunidad de escapar, pero se negó a abandonar a su jefe y amigo.

El temido Barrabás, un hombre de instintos criminales y proyección salvaje, no dio con Tamayo y los suyos de forma fortuita, sino que llegó allí por la traición execrable de un sujeto de apellido Companioni, quien semanas atrás había sido curado de una herida en el cuello por el capitán Álvarez .Ya restablecido, el individuo traicionó su causa, pasándose al bando enemigo y llegando, incluso, a ingresar en una guerrilla mercenaria de caballería, a  la cual guió al escondite de sus antiguos compañeros de armas.

Atados con cuerdas como empedernidos delincuentes y cubiertos de insultos, Panchito y Tamayo fueron traídos a Sancti Spíritus y paseados triunfalmente por la soldadesca colonialista, que los condujo primero a la enfermería militar, existente entonces en el templo de Jesús de Nazareno, y de allí los trasladó a la Real Cárcel para someterlos al siguiente día a Consejo de Guerra.

FARSA JURÍDICA EN CLIMA DE TERROR

Es de imaginar la atmósfera asfixiante de aquel 14 de julio, cuando tuvo lugar el juicio sumarísimo en la Cárcel espirituana, colindante con el Cuartel de Caballería —luego Hospital Municipal y Provincial—, no tanto por la alta temperatura del verano, como por la naturaleza del proceso, llevado a cabo bajo la coacción de leyes implacables, en medio del fanatismo sediento de sangre de los voluntarios, y sin garantías de ningún tipo para los reos.

Téngase en cuenta que 1871 fue un año terrible de la represión española en la isla, quizá el más cruento, con continuas ofensivas contra las zonas liberadas en Oriente y Camagüey y una represión indiscriminada que se llevó incontables vidas, como ocurriría cuatro meses después en La Habana con el fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina.

Pese al clima de terror imperante, el pueblo espirituano no se arredró, sino que intercedió a favor de Panchito. Las presiones llegaron a Natividad Iznaga, esposa del Brigadier Francisco de Acosta y Albear, quien suplicó a su marido para que el joven no fuese ejecutado. Aquél convino e insinuó: “Si el capitán insurrecto hacía ante los jueces descargos velados». Dicho en otros términos: su pena sería cambiada si renegaba de su jefe y de su causa.

La grandeza moral del joven de 29 años quedó de manifiesto cuando el general Tamayo le pidió que salvara su vida y sus familiares le hicieron igual ruego. Panchito se negó de plano y dejó grabada en los muros de la capilla donde esperó su última hora, la inscripción en versos: «Yo mil veces he jurado/ a mi General seguir/ y por la Patria morir/ como un valiente soldado…»

LA EJECUCIÓN

A primera hora del 15 de julio de 1871, las puertas de las capillas se abrieron y en medio del piquete de guardianes armados, los condenados fueron sacados del sólido edificio de dos plantas terminado de construir en 1867. Afuera, las compañías de voluntarios y soldados presentaron armas. Sonaron las trompetas y el cortejo, integrado además por el inevitable cura, se puso en movimiento.

Llegados al lugar de ejecución en medio del ruido de los arreos militares, del toque de tambor y el sonido de las trompetas, los reos fueron puestos de espaldas al muro que tanta sangre vio verter. Los soldados del pelotón ocuparon sus puestos.

Panchito Álvarez de pie, desafiante, y junto a él, apoyado en la gruesa pared de ladrillos, el general León Tamayo, quien poco antes de la fatídica descarga, increpó a sus victimarios con estas lapidarias palabras: “Torpes, ¿no veis que vuestro poder es pasajero y que sobre vuestra inevitable ruina y vuestra muerte se levantarán triunfantes la libertad y la República?”.

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