El hombre sin cultura no puede vivir (+fotos y video)

Tras ser reconocido con la Orden Juan Marinello, otorgada por el Consejo de Estado de la República de Cuba, el Poeta de la Ciudad de Sancti Spíritus se confiesa con Escambray

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“La Patria, Sancti Spíritus y la familia son mis motivos esenciales”, afirma Esbértido Rosendi. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

No sabría decir con certeza si fueron las lecturas que se procuró desde niño —primero en los cómics donde el protagonista emergía de la imaginación del autor, luego en libros de menor o mayor volumen—, o si fue la Campaña de Alfabetización, en la cual se enroló con solo 14 años para darles a otros el conocimiento que los haría crecer.

Quizás fueron ambas cosas. Luego se agregaría aquel taller literario del Museo de Arte Colonial de Sancti Spíritus, al que asistió en 1966. El caso es que para aquel entonces, o tal vez justamente desde ese momento, su suerte estuvo echada: viviría para la cultura. Cuatro años después debutaba en la vida laboral en Trinidad, ya convertido en especialista de Artes Plásticas y Literatura tras cursar la carrera de Historia del Arte.

Fue la sureña villa el sitio que lo vio estrenarse en esa suerte de magia que es fundar. Y así, de un día para otro, la ciudad de calles empedradas comenzó a contar con un taller literario al que le dieron el nombre del Apóstol, y con otro destinado al desarrollo de las habilidades para las artes plásticas.

Esbértido Rosendi Cancio parece haber nacido para inventar lo que no existe en el ámbito donde se desenvuelve. Lo tengo enfrente ahora, complaciendo mi petición de leer un poema suyo. Y la nostalgia de su Canto de ciudad se desparrama por la sala, inunda la cocina, donde Silvia, la esposa, prepara un café; baja las escaleras y sale a la calle, tropieza con cada ser vivo u objeto de los que evocan sus líneas, resucitando realidades pasadas.

Repasa su vida, desde la infancia, luego de que la barriada de Kilo-12 lo viera nacer. Las escuelas y los amigos de clases conocieron sus versos incipientes; el poeta le apodaban donde quiera que iba. Pero a la postre sería, además, fundador. Difícil resulta hallar una manifestación de la cultura en la tierra del Yayabo donde no esté su huella. Y no son, como algunos creen, solo el periódico Escambray, la Uneac y la editorial Luminaria los empeños que lo tuvieron al nacer. Es una lista larga, tan larga que casi cansa leer.

Ayuda resumirlo así: toda novedad creativa o estructura referente a cualquiera de los ámbitos culturales que le han rodeado desde la adultez lleva su sello, el del hombre pequeño a quien en 2004, coincidiendo con el aniversario 490 de la fundación de la villa, el órgano de Gobierno en el municipio entregó un reconocimiento en el que lo proclamaba Poeta de la Ciudad.

Mira atrás y constata que no se trata de una obra breve, pero es ajeno a la vanagloria. “Lo único que he hecho en mi vida ha sido no ser mala persona y hacer cultura”, define con naturalidad, mientras esboza una sonrisa, en un intento por explicar el motivo del premio que hace muy poco se le confirió: la Orden Juan Marinello otorgada por el Consejo de Estado de la República de Cuba.

A fuerza de divulgar y promover el quehacer cultural desde la dirección provincial del ramo aprendió a conformar sus propios escritos. Pero el diarismo de un periódico, al que se sumó desde el inicio, exigía de un ritmo creativo que no iba con él. Se dijo entonces que escribiría materiales más amplios y meditados, y así fue naciendo una colección de poemas y libros que han visto la luz, mayoritariamente, en la misma casa editora que él ayudó a venir al mundo. De hecho, le otorgó nombre y logotipo.

Atrás habían quedado sus años en la dirección de Literatura de la otrora provincia de Las Villas, en la década del 70, y su participación en el apogeo fundacional de la Brigada Hermanos Saíz, que aglutina a jóvenes creadores.

“La cultura, si tú no la atiendes, con el tiempo languidece y puede que hasta desaparezca. Al artista, al promotor, a los movimientos que surgen, es preciso atenderlos. El hombre sin cultura no puede vivir”, sentencia.

Y habla en retrospectiva del Centro Provincial del Libro, donde se jubiló; del Consejo de las Artes Plásticas que llegó a presidir, de la

vicepresidencia de la Uneac y de aquella ausencia de local al inicio, que los llevó a armar una especie de cuarto de madera en los altos de la biblioteca Rubén Martínez Villena.

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En febrero del 2003 el poeta recibió de manos de Abel Prieto la distinción por la Cultura Nacional. (Foto: Cortesía del entrevistado)

“La poesía mía tiene una relación directa con mi vida; como creador te vas creando tu mundo poético. La Patria, Sancti Spíritus y la familia son mis motivos esenciales. Me ayuda mucho escribir, nunca dejo de hacerlo”, declara.

Indago por la prosa, ¿no está en su obra?: “Tengo una novela casi terminada, de corte juvenil ligado con ciencia ficción. Se trata de una muchacha que viaja en el tiempo y en el espacio mediante un diccionario, ese que ves allí. Ella descubre un día que puede viajar y cada vez que va a un lugar se entremezcla con los sucesos que se desarrollan en él. Así participa en la crucifixión de Jesucristo y va a la Luna en el Apolo 11, entre otras peripecias”, relata entusiasmado. La investigación en torno a cada uno de los temas derivados de la novela en ciernes, que son muchos, lo atrapa y enriquece.

Siempre ha antepuesto la obra colectiva a la propia, porque le parece más importante. De un tiempo a la fecha crea con más constancia, pero no prioriza el envío de sus creaciones a concursos y otras editoriales. Lo llama despreocupación, cuando en verdad promover lo suyo no es algo por lo que sienta necesidad.

 “Vivo en ocasiones del pasado”, confiesa en el instante en que se dispone a aludir a José Martí, y la voz se le quiebra. No consigue reproducir aquella frase de Lezama relativa al Apóstol. “Ese misterio que nos acompaña”, dice al fin, ahogando un llanto silencioso.  Martí le inquieta y duele.

Entonces se sumerge en reflexiones acerca del atuendo que usó el estratega político el día en que cayó en combate. “Esa muerte suya es muy extraña…”, musita. Lo atrapa el sentimiento paterno por la foto de la hija en el bolsillo; nuevamente calla. Martí lo desvela y espolea mientras desanda las calles de un país ajeno reuniendo quilo a quilo para la casusa cubana. “Con un solo traje zurcido y unos zapatos raídos”, masculla nuevamente conmovido.

“Creo que el mundo está en una crisis conceptual. Creo también que algún día el hombre tendrá que dejar de ser tan individualista, por un problema de necesidad”, filosofa. “El mundo al final va a resolver el problema, no sé con cuál de los regímenes socioeconómicos o políticos por los que ha transitado. Así no podemos continuar”, se arriesga en la hipótesis acerca del futuro.

Tengo ante mí a un Rosendi medio desconocido, aunque es el mismo al que de tanto en tanto alguien conduce en una silla de ruedas —“vieja y desvencijada, pero anda”— para que dirija el Taller Provincial de Literatura, o desarrolle la tertulia de la Uneac. Entonces salen a relucir las múltiples caídas que lo obligaron al bastón y lo mantienen sentado casi todo el tiempo; los huesos enfermos, los dolores que procura olvidar mientras escribe. La caída inicial, de la que partió todo, fue en una recogida de café en 1962.

“Ese premio de ahora resultó una total sorpresa, no he trabajado nunca para reconocimientos. Alpidio, el Ministro, me llamó para informármelo, pero yo le desviaba el diálogo para indagar por su familia. Finalmente me dijo que le dejara darme la noticia. Yo no lograba asimilarlo”.

Luego de revelar los pormenores de cómo nacieron las Jornadas de la Poesía Cubana en Sancti Spíritus, que trajeron al territorio a importantes personalidades del mundo de la literatura, deriva en una apreciación sobre la cultura espirituana, lacerada hoy, según su juicio. “Hay que inyectarla”, indica, y aclara que ese no es asunto exclusivo del sector en sí mismo, sino de mucha gente, pasando por las autoridades provinciales.

Entonces echa mano a las fotos, en busca de alguna que calce la entrevista. Y allí lo veo, abrazado a Abel Prieto, el día en que le impusiera la Distinción por la Cultura Nacional. En el reverso puede leerse: 9 de febrero de 2003.

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“La poesía mía tiene una relación directa con mi vida; como creador te vas creando tu mundo poético”, declara Rosendi. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Y allí lo dejo, ajeno a toda pretensión, en medio de libros, apuntes, ideas; frente a un ordenador repleto de preguntas y carente de muchas respuestas. Desencantado por la ingratitud y la avaricia de algunos, Esbértido Rosendi Cancio no ha perdido el aliento que lo lleva a crear.

Su alma noble sigue prendada de la añeja villa del Yayabo, de su espíritu y gente. Mientras Silvia trajina en la cocina y la hija menor duerme, resucita recuerdos de cada paso en la vieja ciudad a la que sigue atado: sus edificios, tejados rojizos, esquinas, el vendedor ambulante, los carros; su pobreza de antaño y hasta los perros callejeros; el tiempo muerto acabando el tiempo vivo.

Delia Proenza

Texto de Delia Proenza
Máster en Ciencias de la comunicación. Especializada en temas sociales. Responsable de la sección Cartas de los lectores.

Comentario

  1. Sin cultura se puede vivir, mis abuelos eran analfabetos y tenían educación y muchos valores. El hombre actual es instruido pero carece de educación y de valores por una sola razón. Hoy un hombre no puede vivir realmente si no gana dinero suficiente para mantener a su mujer y sus hijos, el dinero, el maldito dinero, sin el no se puede vivir.

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