Este premio ha sido como ponerme oro en las manos

Asegura Lucy Barroso Hernández, ganadora del Concurso XLII Aniversario de la fundación del periódico Escambray

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La yaguajayense Lucy Barroso aprovecha las metáforas que llegan sin avisar. (Foto: Cortesía de la entrevistada)

No recuerda el primer día que tatuó un papel. Solo sabe que comenzó hace un buen tiempo y que en algún lugar de la casa están guardados sus primeros trazos. A veces teme enseñarlos. Son sus más queridos tesoros.

“Cuando necesito escribir es porque es eso lo que siento: una necesidad. No dejo escapar la idea”, asegura Lucy Barroso Hernández con una seguridad que estremece al otro lado de la línea telefónica.

De ese impulso nació la obra Le conozco que envió al Concurso XLII Aniversario de la fundación de este periódico y que cautivó al jurado al declararla merecedora de su premio por sólidos argumentos: “El retorno a las formas clásicas desde el uso cuidadoso del metro y un delicado ritmo interior es tierra feraz para que la autora, despojada de puerilidades afectivas, se permita coquetear con resortes existenciales universales. Este prolijo equilibrio contenido-continente es esencial para la sutil construcción de un cosmo poético que provoca al lector sentirse cómplice involuntario de un sujeto lírico que le conduce a través de los 28 endecasílabos”.

Sentada en el gran portal de su hogar, muy cerca del parque del poblado de Meneses e inalámbrico en mano, cuenta que se atrevió a mandar la obra por la invitación de un amigo que le comentó de un nuevo espacio para compartir todos esos sentimientos que en cascadas necesitan también de otros ojos.

“¿A quién no le gusta que las otras personas conozcan lo que hace? Por eso es que he participado en otros eventos para que mis letras lleguen, quizá a quienes como a mí les interesa escribir o, sencillamente, disfrutan leerme”, refiere.

En su memoria se posa con la misma intensidad la alegría del día en que conquistó el lauro en la categoría de poesía para s en el XXI Concurso Literario Ada Elba Pérez. Ese premio llegó como bálsamo después de vivir el dolor y la desesperación por el ensañamiento del huracán Irma en su tierra. Su casa, casi con la misma edad de Meneses, se había venido abajo. La poesía justamente la salvó de tanta tristeza.

“No tengo suscripción a Escambray. Solo guardo con mucho cariño la edición en que la periodista Delia Proenza vino hasta acá y vio cómo levantaron mi vivienda, ahora de mampostería, con puertas y ventanas mayormente metálicas. Claro, ahora guardaré la de este sábado porque este premio ha sido como ponerme oro en las manos”. No deja de agradecer a su Dios, al jurado y a quienes convocaron al concurso.

Entre la alegría retorna a sus inicios. Después de leer hasta el cansancio, iba al papel en blanco. Pasaba casi siempre a deshora. No importaba si las ojeras la acompañaban luego en la recepción del policlínico de Meneses o la madrugada la sorprendía en busca de la metáfora exacta.

“He sido autodidacta casi todo el tiempo. Pasado el 2015 comencé a visitar el taller literario de la Casa de Cultura de Yaguajay, donde aprendí lo que era la métrica. Gracias a la ayuda de esos profesores he incorporado las técnicas que me han permitido crear”.

Enamorada eterna del soneto, Lucy reconoce que ponerle el punto final no es nada fácil.

“Es un reto porque es una forma de poesía que me obliga a aspirar a la perfección. Por eso, aunque por ahí tengo cuentos, versos libres y décimas, jamás dejarás de encontrar esa composición en mi carrera”.

Ese fue el pretexto perfecto para no enviar otra expresión artística al certamen de Escambray, que recibió creaciones, incluso, desde fuera del territorio provincial.

“En los sonetos presentados al concurso está mi infancia, juventud y la vejez que ya llega. Escribo y cuando me leo me sorprendo ¿Cómo lo logro? No sé, solo percibo que están y las dejo en un papel”.

Llegado el tiempo de la jubilación, esta yaguajayense acomoda mejor las horas para deleitarse entre los versos y otras obligaciones. “En la casa jamás se descansa, pero, como siempre me ha sucedido, cuando vienen a mí las ideas convertidas en metáforas tengo que detenerme para concentrarme en ellas. En ese momento siempre me acuerdo de la gran Dulce María Loynaz cuando expresó que había que aprovechar cada pensamiento y dejarlo registrado, aunque fuera el final o el medio. Luego se le da el molde y así hago para no dejarlo escapar”.

Le Conozco

Todo tiene su tiempo, y todo lo que

se quiere debajo del cielo tiene su

hora. RV

I

Pude ver la mañana en sus albores

de plenitud con huellas de una infancia,

en la fuente virtual de los temores

que propicios jugaron en la instancia.

En lindezas que fueron temporales,

zarpaban al diciembre — tal vez mío—

mas quise edulcorar los manantiales

y parecerme un eco en desafío.

Imaginé la luz, quejosa, yerta

ante el declive falto de mesura,

y conocí el ajenjo, la censura

de una pasión herida, casi muerta.

En huecos que silencian ya mi puerta

te clavaste y quebróse la ternura.

II

Puedo ver lo silente del ocaso

que auguran las guedejas ya plateadas

en las grietas geográficas marcadas:

Ante los hoyos lívidos que trazo.

En la complicidad donde fracaso

con pudor me resigno a las quebradas:

Parecen lastimosas, sentenciadas

al tatuar mi existir en un flechazo.

Ofrenda vespertina del relieve

tras cristales que rompen las razones.

Así se proyectó la luz de nieve

al ingenio vestido en mis renglones.

Es un inquisidor con lira breve:

¡Conozco al que robó mis bendiciones!

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