¿Quién es el nuevo ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en Cuba?

Llegó tan joven al Segundo Frente Oriental, que a su grupo le decían los «michelines», pero su historia ha ido creciendo hasta nuestros días. A propósito de la designación del General de Cuerpo de Ejército Álvaro López Miera como titular de las FAR, Escambray desempolva la entrevista Calentando el brazo, publicada originalmente en el libro Secretos de Generales, del periodista Luis Báez.

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El general de Cuerpo de Ejército, Álvaro López Miera, fue nombrado recientemente ministro de las FAR.

Su abuelo, Marcelino López, fue infante de Marina. Peleó en 1895 contra las fuerzas cubanas. Participó en el combate de Calimete, donde Antonio Maceo hizo polvo una columna española, que él y otro oficial lograron salvar del total aniquilamiento al morir su Jefe. El padre fue un eminente científico y medio militar. Ahora él es militar y su hijo científico, como el abuelo. El General de Cuerpo de Ejército Álvaro López Miera, de 62 años, actualmente Viceministro de las FAR Jefe del Estado Mayor General, se ha destacado en tres misiones internacionalistas por su valentía y astucia, desplegadas en numerosas acciones combativas, así como por sus excelentes cualidades personales como jefe. Dicen que la artillería es la diosa de la guerra; para él, ha tenido un papel básico, esencial, en su formación como militar. Álvaro López ha recibido numerosas distinciones, entre las que sobresale la de Héroe de la República de Cuba, pero si algún día se instaura una medalla para los hombres sencillos, afables, puntuales y serios, estoy convencido de que será uno de los primeros condecorados. Eso nadie lo dude.

—¿Descríbame su infancia?

—Soy hijo de combatientes republicanos españoles.

—¿Cómo se llamaba su padre?

—Julio López Rendueles.

—¿Cuál era su especialidad?

—Doctor en Ciencias Químicas. Además de que en España realizó investigaciones de interés científico en Francia y Alemania.

—¿Militó en algún partido?

—Sí. En el Partido Comunista español. También fue fundador del Partido Comunista de Cuba.

—¿Tenía algún cargo?

—Proclamada la República Española en 1931, fue designado para dirigir un Instituto de Segunda Enseñanza en Sama de Langredo, región minera asturiana con tradición de luchas sindicales. Siempre le gustó impartir clases.

—¿Combatió al fascismo?

—Mucho. Fue uno de los defensores de El Escorial. También cuando se enviaron los primeros jóvenes españoles a estudiar aviación a la Unión Soviética, viajó con ellos como responsable político y profesor de aerodinámica.

De regreso en España, asumió la Dirección del Instituto Obrero de Barcelona hasta que tuvo que emigrar a Francia con su compañera.

—¿Cómo les fue?

—Mal. Apenas llegaron fueron detenidos y enviados a un campo de concentración. Gracias a las gestiones de los intelectuales progresistas franceses, fueron puestos en libertad y viajó a Cuba invitado por la Facultad de Ingeniería Química de la Universidad de La Habana para impartir conferencias.

—¿Cuándo llegó?

—En 1940. El barco que lo trajo en su segundo viaje a La Habana, fue hundido por un submarino alemán.

—¿A qué se dedicó?

—Impartió clases en distintos centros de enseñanza. Escribió algunos libros: Química general aplicada a Medicina y Farmacia, en cuatro volúmenes, reconocida como la obra más completa en su género en lengua castellana en aquellos momentos.

También realizó obras relacionadas con las ciencias naturales para la primera enseñanza, entre las que se destaca su Sexto grado, El descubrimiento de nuestro mundo donde se colocaba al alcance de los niños una ilustrativa descripción del desarrollo de la técnica y la ciencia alcanzados hasta esos momentos.

—¿En qué momento marchó a Santiago de Cuba?

—En 1950 fue contratado por la Universidad de Oriente. Se trasladó a residir en aquella ciudad.

En el claustro de profesores de ese centro docente impartían clases otros destacados intelectuales de izquierda: José Luis Galbe, Herminio Almendros, Juan Chabás. Todos republicanos españoles.

—¿Participó en la lucha contra la tiranía?

— Sí. Su casa se convirtió en refugio seguro y generoso de cuantos luchadores clandestinos tuvieron necesidad de curarse o esconderse en los momentos de mayor represión. Fue profesor de Vilma Espín y otros destacados revolucionarios orientales.

—¿Tuvo contacto con el Ejército Rebelde?

—Sus visitas al Segundo Frente Oriental Frank País ofrecieron oportuno asesoramiento al Ejército Rebelde en la fabricación artesanal de medios de combate, como fue la bomba que lanzó el avión rebelde piloteado por Alfonso Silva Tablada en el poblado de La Maya.

Esa participación en apoyo de la defensa no se interrumpiría, pues con el triunfo del 1ro. de Enero de 1959, continuó ofreciendo sus servicios a las Fuerzas Armadas Revolucionarias tanto en el orden científicotécnico como en el docente, hasta su muerte.

—¿Su madre qué hacía?

—Era médico practicante. Ejerció en diferentes hospitales. Participó en el frente de Madrid. Fue muy activa en la lucha contra el fascismo. También colaboró con el Movimiento 26 de Julio.

—¿Usted nació en Oriente?

—No. Nací en La Habana. A los siete años nos mudamos para Santiago de Cuba.

—¿Cuándo comenzaron sus inquietudes  revolucionarias?

—Siempre viví dentro de un ambiente revolucionario. En casa se escondían y se curaban combatientes de la lucha clandestina y de la Sierra Maestra.

Un día que iba para la escuela, en el cruce que hay en la carretera del Morro y Ciudamar, estaban tirados en la cuneta unos jóvenes que habían sido asesinados por el ejército.

Bajaron a todos los pasajeros que íbamos en el bus con el pretexto de que alguien los reconociera. El objetivo real era sembrar el terror. Eso me golpeó profundamente.

Un poco idealista y de muchacho de aquella época, tracé un plan para quitarle un fusil M-1 a un policía marítimo que esperaba el ómnibus en la parada de Ciudamar Yacht Club.

En esos momentos se encontraba escondido en casa un joven combatiente. Se estaba curando de unos tiros que había recibido al ir a desarmar un policía. Le conté mi plan. Se preocupó por lo descabellado y se lo informó a mi padre.

—¿Cómo reaccionó su papá?

—Como es lógico se inquietó. En un viaje que hizo al Segundo Frente se lo planteó a Raúl Castro, el cual autorizó a alzarme sin llevar ninguna arma. Estoy hablando de noviembre de 1958. En esos momentos nadie se podía incorporar a la lucha si no llevaba un arma.

—Ya en las montañas, ¿a qué se dedicó?

—Llegué con la ínfula de ir a combatir pero me incorporaron al Departamento de Educación que dirigía Asela de los Santos. Estuve dando clases a niños campesinos hasta el triunfo revolucionario.

Debido a la edad, 14 años, nos decían los «michelines». Ahí en la escuela de Tumba Siete, es donde veo por primera vez a Raúl.

Ya en esos momentos mi hermano Julio se encontraba alzado en el Segundo Frente. Él había estado incorporado en La Habana a la lucha insurreccional y participó en los sucesos del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba.

—¿En qué sitio lo sorprendió el triunfo revolucionario?

—Me encontraba en el caserío Los Caroes, Mayarí Arriba. Es un lugar bastante intrincado. Siete días después del triunfo llegué a Guantánamo.

La Revolución había triunfado y yo me mantuve alzado unos días sin saberlo. Me pasó algo parecido a Charles Chaplin en el film El Gran Dictador.

—A Fidel, ¿en qué momento lo vio personalmente?

—Una noche, en casa de Cayita, en Santiago de Cuba.

—¿Dónde estuvo los primeros meses de 1959?

—Pasé en Santiago de Cuba una escuela de instrucción revolucionaria, continuación de la fundada en Tumba Siete en el Segundo Frente Oriental.

Después vine para La Habana y seguí un curso similar que se abrió en Ciudad Libertad.

—¿Qué tarea emprendió al finalizar el curso?

—Fui a ver a Mabel Rivero Pupo. Tenía intenciones de meterme en la aviación. Contaba con buen físico.

Había sido nadador y clavadista en Santiago de Cuba. Rivero me quitó esa idea de la cabeza. Me aconsejó que siguiera los estudios.

Regresé a Santiago. Hice los exámenes del Instituto. Comencé a estudiar el bachillerato. En medio de esta situación hice un viaje al exterior con mi padre.

—¿En qué año?

—1960.

—¿A qué países?

—España, Francia, Italia y finalmente a la Unión Soviética.

—¿Cuál fue el objetivo del viaje?

—Recoger experiencias para la apertura de escuelas tecnológicas. Un poco lo que después fueron los Camilitos. Eso lo manejaba papá con Vilma.

—Al regresar a Cuba, ¿volvió para Oriente?

—No. Me quedé en La Habana. Me presenté en el Quinto Distrito. Ahí se fueron formando las distintas unidades.

—¿Cómo entró al arma de artillería?

—Parte del personal del Quinto Distrito pasó a La Cabaña para formar unidades de artillería. Al frente estaba el comandante Pedro Miret, quien desempeñó un importante papel en la preparación de nuestros artilleros.

Al producirse el desembarco de Girón estábamos empezando a asimilar las piezas del cañón 122. Aún no habían pasado ocho días cuando nos ordenaron entregárselos a compañeros que tenían un poquito más de experiencia. Fueron los que se enfrentaron a los mercenarios en Girón con esta arma.

Imagínese mi decepción. Nuevamente me quitaban la oportunidad de combatir.

—¿Después de Girón, le dieron alguna misión?

—Me enviaron para el este de La Habana. Emplazamos la batería en Las Cuevas del Cura y más tarde nos trasladaron al oeste de la capital. En septiembre de 1961 me mandaron a pasar un curso de formación de jefes de unidades de artillería. Terminé con el rango de oficial.

—¿Qué hizo cuando la Crisis de Octubre?

—Era responsable de las piezas que defendían la entrada y el este de la Bahía de La Habana, a lo largo de la Playa del Chivo hasta la Habana del Este.

—¿Qué instrucciones recibió?

—Rechazar cualquier ataque a la capital. Recuerdo que en una noche, con un solo vehículo, emplazamos todas las piezas.

—¿Eran las cuatro bocas chinas?

—No. Había una mezcla de piezas. Teníamos cuatro o seis cañones 57. Unos tres cañones 85 y algún 122. En total eran unas doce piezas distribuidas a todo lo largo del litoral.

—¿Qué situaron a la entrada de la Bahía?

—Un cañón 85.

—¿Para dónde fue al terminar la Crisis?

—A impartir clases de artillería en La Cabaña.

—¿Qué tiempo estuvo?

—Hasta que la URSS entregó el armamento que protegía los cohetes estratégicos. Entonces me mandaron para los cohetes FKR con Fernando Vecino Alegret.

También me pusieron a estudiar con los soviéticos para que ocupara el cargo de Jefe de servicios químicos de la Brigada.

—¿Cuál es la razón?

—Como papá era químico, me orientaron estudiar esa materia, ya que no había una noción clara de su contenido. Cuando empezaron a instruirme en el manejo de las caretas antigás me percaté de que eso no tenía nada que ver con la profesión del viejo.

Por suerte, Vecino me puso de Jefe de Operaciones de la Brigada de cohetes. Ahí estuve hasta que la unidad fue desactivada y me enviaron a pasar el Curso Básico de Artillería.

Al terminarlo me designaron Oficial de Operaciones de la Jefatura de Artillería radicada en La Cabaña.

Al poco tiempo solicité ir para las tropas, que era el trabajo que realmente me gustaba, y me ubicaron en la unidad 3500.

Ahí comencé a adquirir experiencia en artillería reactiva. Ocupé diversos cargos: desde Jefe de Batería hasta Jefe de Grupo de Artillería Reactiva.

En 1974, pasé el Curso Superior de Guerra. Una vez terminado, volví para la 3500 y estando en este proceso como Jefe de Grupo de Artillería llegaron los lanzacohetes BM-21.

—Por lo que me ha narrado tuvo una buena preparación.

—Sí. Todos esos cursos me ayudaron a formarme al igual que los conocimientos que nos transmitieron los especialistas soviéticos, muchos de ellos, combatientes de la II Guerra Mundial.

—¿De qué depende el éxito de la artillería?

—El éxito depende de cada elemento de la unidad, de la preparación que tenga la gente. Además, la compenetración con el soldado. El jefe es como el director de una sinfónica porque la acción del artillero depende de todo el colectivo.

Si esos factores se logran, el triunfo está asegurado. Es una de las causas del éxito en la guerra de Angola y en especial en la utilización de los cohetes BM-21.

—¿En qué momento surgió ese modelo de cohete?

—El BM-21 es una pieza que desarrollaron los soviéticos años después de su famosa Katiuska, con un potencial de fuego muy grande, o sea, la Katiuska es el BM-13.

En Cuba también tuvimos el BM-24 y el BMD-20. En Angola los BM-21 jugaron un papel muy importante.

— ¿Cuándo se decidió enviar los BM-21 a Angola?

—En 1975. En los momentos que nos estábamos entrenando en el Polígono de Clavellinas, en Mantua, para participar luego en la maniobra Primer Congreso, como saludo al Primer Congreso del Partido, se produjo la agresión sudafricana a Angola y el Comandante en Jefe decidió mandar personal de los BM-21.

El armamento se entregaría en Angola porque iba directamente de la Unión Soviética.

—¿Va con ellos?

—En esta oportunidad no me lo permitieron debido a la proximidad de dichas maniobras. Preparé el personal. Pertenecían a mi grupo. Estaban bien entrenados.

Ya en el Polígono Ignacio Agramonte, en Camagüey, se decidió mandar más dotaciones de BM-21 a Angola. Plantee ir. La jefatura de artillería lo aceptó. Dejé a mi segundo al mando al frente de la unidad.

—En Angola, ¿a dónde se dirigió?

—Al Frente Sur. Se encontraba de Jefe el hoy General de Cuerpo de Ejército Leopoldo Cintra Frías (Polo). Me presenté con mis piezas. Esta unidad se utilizó mucho distribuyéndola por piezas, o sea, no llegó a emplearse como grupo. Empezamos a poner en acción a los BM-21.

—¿Qué influencia tuvo el BM-21 en la guerra de Angola?

—Enorme. Era el lanzacohetes más moderno que teníamos en esa época.

—¿Cuándo entraron en acción?

—La batería que se envió inicialmente participó en el combate de Quifangondo, donde se rechazaron las fuerzas zairenses que avanzaban sobre Luanda. Mobuto llegó a decir que le habían tirado con armas de exterminio en masa, por la efectividad y poder que tiene este armamento.

En el libro de John Stockell, oficial de caso de la CIA, titulado En busca de enemigos se habla de la enorme influencia que tuvieron los Órganos Stalin —así define esa arma—, en la derrota del enemigo. Realmente tienen un efecto devastador.

Junto a Raúl y Machado Ventura.

—¿Cuáles son los combates en Angola que nunca olvidará?

—Hay tantos momentos inolvidables… El combate en la loma Congreso en que peleamos fuertemente para evitar que el enemigo tomara esa altura dominante.

El puesto de observación y el personal que lo defendía se metían en una cueva y nosotros realizábamos el fuego sobre la misma con los BM-21, barriendo las fuerzas enemigas que intentaban tomarla.

Los sudafricanos contaban con el cañón 140 mm que tenía más alcance que las piezas que poseíamos en ese momento. Hasta que pudimos silenciarlos.

—¿Cómo lo hicieron?

—Con astucia. Nos dedicamos a cazar la Batería de Cañones 140 sudafricana, que tanto daño nos hacía en la dirección Quibala-Morro de Tongo. Para lograr descubrir su posición la cuqueamos, como decíamos en aquel entonces, mediante el fuego de las piezas de 85 mm del grupo de Gilfredo Cardona.

—¿De qué manera la cuquearon?

—Me trepé en un helicóptero Aluette. Ascendimos unos 1000 metros en la región de Catofe. Estando en tales menesteres, me comunica el hoy general de división Romárico Sotomayor que una avioneta enemiga viajaba hacia nosotros. Le ordeno al piloto darnos a la fuga. Bajamos entre los morros y nos tiramos en un descampado cerca de Quivala.

Horas después, al informarle a Polo sobre el percance, me preguntó: ¿Por qué no le tiraste con las Maliutka del helicóptero? Quedé algo atónito y le respondí que tal tipo de combate no lo dominaba.

Al día siguiente, mordido en mi amor propio, volví a la faena, esta vez subiendo al monte Quilala, de más de 150 metros de altura. Los 140 mm comenzaron a disparar sobre el señuelo.

—¿En qué consistía?

—En una pieza de BM-21 colocada cerca del borde delantero nuestro, la cual realizó el fuego y se retiró.

— ¿Qué hicieron los sudafricanos?

—Empezaron a disparar empecinadamente sobre la posición abandonada de la pieza BM-21.

—¿Ustedes qué decidieron?

—Determinamos los datos sobre la posición enemiga ubicada al máximo de nuestro alcance y tiramos la salva que cubrió el blanco totalmente, luego por declaración de un prisionero sudafricano y al avanzar hacia el Tongo, pudimos comprobar el destrozo causado a aquellos que tanto nos habían dañado.

En otra ocasión estábamos bajando en dirección sur, en el río Nia. Por la altitud del terreno, el BM-21 alcanzaba un poco más de los 20 400 metros.

Aún así, no teníamos el alcance suficiente para batir una emboscada que estaba haciéndonos mucho daño. Pusimos los proyectiles a calentarse al sol en el medio de la carretera de Santa Comba, para que cogieran temperatura y aumentaran su alcance.

Sotomayor me preguntó desde el Puesto de Mando por qué no abría fuego. Desde el puesto de observación le respondí: «estamos calentando el brazo».

—Finalmente, ¿qué ocurrió?

—El experimento dio resultado. El arma llegó al objetivo y aniquilamos la emboscada. Esa es la astucia que a veces, había que emplear.

López Miera (a la derecha) acompañando al Ministro de las FAR durante una visita a una de las industrias que perfeccionan el armamento.

—¿De dónde sacó esa astucia?

—De la experiencia, de las maniobras, del estudio del arma. En Angola tuvimos que aplicar métodos nuevos que incluso, no se estudiaron en Cuba. La situación era difícil y había que recurrir a otros sistemas para ubicar las piezas.

Esta arma tenía sus especificidades y sus cualidades muy buenas y en ese sentido, logramos una excelente sinfónica de combate; experiencia que me sirvió de mucho en Etiopía.

—¿En qué año fue a Etiopía?

—En 1977.

—¿Qué carácter tuvo esa guerra?

—Los combates en Etiopía tuvieron un carácter mucho más regular, lo que nos permitió poner en práctica los conocimientos adquiridos en Angola.

Las condiciones eran difíciles, sin embargo, interesantes, porque en Etiopía lo que llevábamos fueron solamente especialistas. En mi grupo habían 72. El resto, 204, eran etíopes. Aparte de las dificultades que el idioma generaba.

Tuvimos que preparar a esa gente prácticamente unos días antes de entrar en combate y sin hacer maniobra alguna. Sin embargo, tuvimos éxito, precisamente por la preparación que ya teníamos.

Hacíamos fuego de grupo con el total de las piezas. Empleábamos más eficazmente los BM-21 apoyando a los tanques y en cooperación con la aviación.

Aquí nuestra aviación tuvo un papel relevante, se produjo un combate más combinado. Siempre estuve apoyando a la Tercera Brigada que era la de Polo. Allí se emplearon brigadas de tanques con su composición completa. Además, cuando combatimos en Harewa, era en condiciones de desierto, incluso, con espejismos.

En esta ocasión los tanquistas decían que iban llegando al Mar Rojo por el espejismo que veían. Era una situación muy compleja.

—¿Su momento más difícil?

—Hubo muchos momentos difíciles. Por ejemplo, cuando recibí la orden de apoyar la 69 Brigada de Infantería etíope, que avanzaba por Golocha en dirección a Jijiga.

Después de varios días de combate y grandes bajas de la parte somala y etíope, logramos en la noche del 28 de febrero de 1978, ocupar en la cima de Welabu (China Hasen) una pequeña porción de terreno.

El compañero Gilberto Bárzaga con una Compañía de Tanques y yo con un BRDM-2 (blindado), llegamos de noche a la posición ocupada por la diezmada brigada etíope.

Los intensos aguaceros y la resultante crecida de los ríos, nos impedían toda retirada de aquel lugar de gran importancia, tanto para nosotros como para el enemigo, pues daba acceso a Jijiga.

Los somalos comenzaron a avanzar con tanques para recuperarlo.

Bárzaga con su serenidad habitual, desplegó sus tanques y nosotros abrimos fuego con los BM-21. Esa noche se decidió el posterior avance por esa dirección.

Al día siguiente, la 3ra. Brigada de Tanques de Polo y el resto de las fuerzas cubanas subían por aquel angosto desfiladero y ampliaban la base de partida para la ofensiva sobre Jijiga.

Todavía habría que rechazar para ello los contraataques enemigos de los días 1ro. y 3 de marzo, en los cuales se destacarían los artilleros de tanques de Polo y los del Batallón de BMP del teniente coronel Julio Vargas con sus cohetes antitanques dirigidos.

Allí mismo, en la subida hasta ocupar esta posición, hubo momentos difíciles, de ataque empecinado de los somalos.

Anteriormente, en la loma de La Mosca al sur de Harare, recuerdo el rechazo de la ofensiva que se inició el día 22 de febrero.

Fue una situación muy tensa. Ese día apoyamos al batallón de tanques del hoy general de brigada Miguel Lorente. Nuestros combatientes brindaron una heroica resistencia.

—¿Qué no ha olvidado?

—Jamás olvidaré la imagen de Lorente combatiendo de noche con su tanque y disparando con su ametralladora antiaérea, con un techo de trazadora del enemigo sobre su cabeza y la dotación con la ametralladora coaxial y el cañón 100 mm al máximo de su cadencia.

Los etíopes luchando al extremo de su capacidad, ya con poco parque luego de un combate que llevó más de ocho horas y nosotros protegiéndonos a un costado del tanque, determinando los datos con una linterna, para tirar con los BM-21, sobre un enemigo a pocos metros que se empecinaba en ocupar aquella altura de la que dependía la estabilidad de la defensa de Harare. Luego, la voz de fuego y la espera, que parecía interminable, del vuelo de los cohetes hasta el blanco, que por la dispersión de esta arma y la cercanía del enemigo pudimos ser nosotros… y finalmente, el impacto de metralla y muerte, que unido al fuego de los tanques cubanos y de la infantería etíope, hacen desistir a los somalos, al menos por esa noche.

Al día siguiente, y en los sucesivos, se reanudaría el combate hasta que el día dos, comenzamos la ofensiva en dirección a Fedis y luego la enorme tristeza por conocer la pérdida del capitán Sigfredo Corona, jefe de la batería y su puesto de observación, donde quedaría como único sobreviviente el compañero Orlando Cardoso Villavicencio, hoy Héroe de la República de Cuba y el Jefe de la Batería etíope.

Posteriormente, en el ataque a Harewa fui apoyando al batallón de tanques de José Aroche Pacheco y cuando salimos a la retaguardia de la defensa enemiga, estos habían ocupado posiciones, abriendo fuego sobre los tanques.

Yo, que iba fuera del tanque K, al igual que unos paracomandos etíopes, me encontré bajo el fuego de la infantería y morteros que batían el costado derecho del tanque.

—¿Cómo se salvó?

—Por suerte «soy de izquierda», me tiré junto con los etíopes y ellos siguieron detrás del tanque.

De repente me encontré en la situación tragicómica de estar en medio del desierto, bajo el fuego enemigo, sin comunicaciones con mi gente, ya que mi jeep, se había alejado del tanque, y teniendo como único armamento mi pistola Makarov y la cartera con la tabla de datos situación ridícula para un artillero.

La tropa de mi puesto de observación bajo la dirección del capitán Salvador Sánchez Masa, jefe de comunicaciones del grupo BM-21, se parapetó detrás de un hormiguero etíope —especie de panal de tierra y arena con aproximadamente 1,5 m de altura y 90 cm de ancho—, como único baluarte para protegerse del fuego de ametralladoras y morteros que realizaban los somalos desde una cercana trinchera.

A duras penas llegué al lugar y me encontré la trinchera más irregular, oportuna y bendita, que haya ocupado en mi vida, cavada a mano, con los cascos, los platos de campaña, etc., gracias a la bondad de la arena y la determinación y pujanza del instinto de conservación de mis hombres.

Desde entonces, respeto a ese laborioso insecto y evito matarlos bajo cualquier descuidada pisada.

Al terminar la misión en Etiopía permanecí un tiempo en La Habana y luego me mandaron para la Unión Soviética.

—¿A qué?

—A pasar un curso de dos años en la Academia Militar del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de la URSS, General K. E. Voroshilov.

—¿Qué tal le fue?

—Bien. Adquirí importantes conocimientos. Pero tuve que hacer un esfuerzo extraordinario.

Desde expresar en el idioma de Gorki la decisión y el planteamiento de misiones a las tropas de una agrupación de ejército, hasta comentar la obra Materialismo y Empiriocritisismo de V.I. Lenin, la cual traducida al español, resulta compleja.

Todo eso «espachurrando» el idioma del famoso escritor y basándonos más en la osadía y audacia del cubano, que en el conocimiento del idioma ruso y el dominio de los temas tratados.En la Voroshilov fue mi despedida de la artillería.

—¿Cómo sucedió?

—Raúl Castro acudió a imponerle a la Academia la Orden Antonio Maceo. Estabamos formados.

Al verme me dijo: «Olvídate de la artillería, que cuando regreses vas como jefe de Tropas Generales». Ya en Cuba me hicieron jefe de una Brigada de Tanques. Con los trabajos que pasé para dominar mi nueva especialidad se pudiera escribir un libro. En esas condiciones vuelvo en 1987 a Angola.

—¿Con qué rango?

—Jefe de Operaciones de la Misión.

—¿Qué acontecimientos importantes se produjeron?

—Al golpear fuertemente los sudafricanos en Cuito Cuanavale, el jefe de la Misión me mandó con un grupo de combatientes cubanos en un helicóptero y me dijo:

«Bueno, resiste 72 horas, para que nos informes de la situación». Arranqué para Cuito.

Me pusieron al frente de la 30 Brigada de Tanques. El Comandante en Jefe dio la orden de trasladarla para el sur cuando decidió crear la agrupación, para presionar a los sudafricanos en la dirección de Cahama-T’Chipa. En cinco jornadas recorrimos cerca de 800 km.

—¿Cómo se enteró que le habían conferido el titulo de Héroe de la República de Cuba?

—Me citaron al MINFAR. No me dijeron el motivo. Estando allí un compañero de Cuadros orientó que los que iban a recibir el titulo Héroe de la República de Cuba se colocaran delante.

Yo me quedé donde estaba. Igual hicieron Pancho González y Harry Villegas. Entonces, el compañero, dice: «Ustedes, pasen adelante». ¡Imagínate que clase de sorpresa nos llevamos los tres!

Así es como me enteré. Nos llevaron para el Palacio de la Revolución y el Comandante en Jefe nos impuso la Orden. Tambien varios compañeros fueron ascendidos a generales.

Esto no se puede ver como un mérito propio, ni por la actuación personal. Es el reconocimiento a todos los que hicieron posible la victoria. Un artillero o un jefe de tropas sin su colectivo no es nadie.

(Publicado en el libro Secretos de generales)

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