Una muralla contra la COVID-19 (+fotos y video)

La instalación La Playita, ubicada en el municipio espirituano de Jatibonico, fue el primer centro de aislamiento para contactos abierto en la provincia tras la llegada del SARS-CoV-2

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Desde el verano pasado la enfermera María Elsa Ávila se desempeña en el centro de aislamiento. (Foto: José Luis Camellón/ Escambray)

De Playita apenas lleva el nombre; en definitiva, está lejos de la costa y hace décadas los escasos escurrimientos del río impiden mojarse siquiera los calcañales; mas las reiteradas remodelaciones sí le mantuvieron viva las capacidades de alojamiento en esa instalación. Nadie en Jatibonico hubiese imaginado ver transformadas sus cabañas en salas de ingreso, a las que se accede con la reservación que impone la COVID-19.

Corría la segunda quincena de marzo del 2020 y el virus SARS-CoV-2 extendía el contagio por varios territorios de Sancti Spíritus; entonces no bastaba con aquella temprana medida de destinar el Hospital Militar Manuel Fajardo, de Santa Clara, para la atención de los casos positivos de la región central del país.

Con premura fue preciso crear las condiciones en el territorio para ingresar los pacientes sospechosos, acondicionándose el Hospital de Rehabilitación Doctor Faustino Pérez y también surgió la temprana necesidad de aislar los contactos, entonces fue La Playita, una instalación perteneciente al sector de Comercio, la que estrenó el 25 de marzo el primer centro de aislamiento de este tipo en la provincia, alejado del centro de Jatibonico y con efectivo control del acceso.

ZONA ROJA

Aunque su confort no le llega a la cintura a un hotel cinco estrellas y los cerca de 400 huéspedes que han vivido allí la zozobra de la sospecha y el contagio pueden haber sentido alguna que otra carencia, La Playita, de la mano de su colectivo sanitario y administrativo, ha sido un recinto seguro contra la pandemia.

Desde hace casi un año la instalación cambió los protocolos del alojamiento por los códigos de un semáforo sanitario; entonces toda la movilidad transcurre entre las zonas verde, amarilla y roja, esta última el área de los ingresos donde solo accede personal médico o de aseguramiento, arropados de verde de pies a cabeza.

Luego de 11 meses al frente del centro de aislamiento la licenciada en Enfermería Nidia Correa Rodríguez solo tiene una manera de calificar la batalla que recién cumplió un año: “La Playita ha devenido una muralla contra la COVID-19”. Detrás de esa frase, hay una obra de consagración, responsabilidad, sentido de pertenencia; hay horas de insomnio y hasta arrugas de preocupación “porque en un centro de ese tipo hay que planificar todo al detalle y el desvelo es constante”, revela quien desde hace semanas pasó a dirigir el Sistema Integrado de Urgencias Médicas en Jatibonico.

Como centro de aislamiento ha mantenido el carácter provincial y acogido diferentes categorías de pacientes: contactos, viajeros y sospechosos, siempre con un trabajo cohesionado, donde los roles no miden jerarquías ni funciones, mucho menos horarios y hasta con ajuares y víveres caseros se garantizaron los servicios durante los días iniciales.

“Este es el salón de operaciones de nosotros, siempre se ha tenido como el punto donde empieza y termina el trabajo de la COVID-19 en Jatibonico; venimos acá todos los días como si viniéramos para una instalación de la salud, pero es que desde marzo del año pasado ha sido como la casa para muchos aquí, por eso nadie escatimó esfuerzo con tal de que funcionara, traían la batidora, pintura, puntillas, el regulador de gas, hasta el ajo y la cebolla para darle sabor a la comida”, expresa el joven Jean Luis Martínez, bioanalista del Policlínico I.

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Las doctoras Dayana Jiménez Mejías y Yanet Echemendía Vázquez trabajan por primera vez en el centro La Playita. (Foto: José Luis Camellón/ Escambray)

SALVAVIDAS VESTIDOS DE VERDE

En la Playita la vida late al interior de las cabañas en pacientes que viven el desasosiego de la sospecha, una estancia que para Ernesto Luna Cruz se volvió una eternidad: “Por ser contacto de un sospechoso estuve siete días allí y mejor no me podían haber atendido; pero fueron días de mucha tensión, porque quieras o no, te martilla la preocupación de si sales positivo”.

Allí los salvavidas no visten short y pulóver, tampoco llevan silbato; sus trajes son de bata y sobre bata, usan gorro, nasobuco…, apenas enseñan los ojos, van de cabaña en cabaña y vigilan hasta el menor de los signos vitales; tal es el caso de la licenciada en Enfermería María Elsa Ávila González, que desde el verano pasado se mudó para La Playita.

“Ya le perdí el miedo a la enfermedad; claro, la respeto, ahora que tenemos ingresados pacientes sospechosos el riesgo es mayor, pero todo es cuestión de usar bien los medios y cumplir con rigor los protocolos; cuando entro a la cabaña le doy ánimo al paciente porque está muy sugestionado; todo marcha bien, trabajamos en equipo, aunque para el personal de salud implica un sacrificio adicional ya que estamos mucho tiempo alejados de la familia”.

Dalio González Camacho, administrador de La Playita desde hace 10 meses, solo encuentra una manera de resumir el trabajo: “Puede parecer exagerado, pero sostener este centro de aislamiento ha llevado un esfuerzo sobrehumano; aquí la prioridad son los pacientes y mientras haga falta estaremos en función de la emergencia sanitaria que vive la provincia y el país”.

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Cada mañana el bioanalista Jean Luis llega al centro de aislamiento para los análisis de PCR. (Foto: José Luis Camellón/ Escambray)

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