Enrique Ojito Linares

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Sin mediar testamento alguno, René González heredó la hidalguía de sus padres, y en particular la de su mamá, Irma Sehwerert.
_ ¡Cuidado, no resbales! La advertencia de Iris ponía en sobreaviso a Irma, su hermana, que llevaba en su vientre a quien sería su primer hijo.
Mientras, los cristales de nieve llegaban como avispas al rostro de las jóvenes que caminaban hacia la fábrica de postales. Las calles de Chicago naufragaban en otro invierno; distante, Santa Cruz del Sur seguía despertando con aquellos trenes que hacían tanto ruido como las Cataratas del Niágara.
Ese pedazo de isla, cálido y de mar, donde nació en 1938 Irma Sehwerert Mileham, lo dejó atrás a los 14 años, luego de la muerte de Manuela, su abuela paterna. Sin otra opción viajó a Estados Unidos para unirse a su madre, de procedencia norteamericana y radicada allí desde muy joven. En Chicago Irma se casó con Cándido González, un cubano que antes intentó sobrevivir en ese país jugando pelota.
“Vivimos primero en un solo cuarto -confiesa a Escambray la madre de René González, uno de los Cinco -. Recuerdo que todo: la cama, la mesa… lo sacábamos de la pared. Después mejoramos y nos fuimos para un apartamento que quedaba cerca de mi mamá; viviendo en ese lugar nació Renecito en 1956”.
¿Ese primer embarazo llegó sin preverlo, antes de tiempo?
“Realmente no hubiera querido tener familia tan rápido; había hecho el bachillerato y aspiraba a seguir estudiando. Pero no malograr un embarazo fue un principio inculcado por mi abuela; dije entonces: pues pa’lante. Y René fue bienvenido. En Chicago igualmente nació Roberto, el abogado”.
¿Por qué usted tuvo que irse de la fábrica de postales?
“Me botaron porque organicé la ayuda para comprarle la canastilla a una puertorriqueña embarazada, que tenía a su esposo tuberculoso. En la fábrica no daban vacaciones ni licencia de maternidad; no había sindicato. Entonces vinieron a verme los representantes de los sindicatos -eran más bien comprados- y prácticamente me cogieron de conejillo de Indias. Como luchaba contra aquellos maltratos, me dieron unas planillas para sindicalizar a las puertorriqueñas, y por lo que allí formé me botaron. Luego, como en el 59, nos mudamos para Indiana porque el trabajo se puso malo en Chicago”.
ESCENAS NORTEAMERICANAS

La nueva ciudad trajo cierto sosiego para los bolsillos de la familia, hasta que una huelga de nueve meses en la gran industria de acero donde Cándido laboraba puso en ascuas otra vez la economía hogareña. Menuda y quién sabe si con sus ahogos de asma, Irma empezó en una procesadora de tomates. “Se trabajaba salvajemente; lo dejé porque casi me enfermo”, cuenta esta mujer. Luego, laboraría en la fábrica de tubos de pasta y de medicinas.
Desde Chicago, Irma y Cándido ya se habían incorporado al Movimiento 26 de Julio. La recogida de dinero para enviar a la Sierra Maestra y la venta de bonos también ocuparon espacio en sus vidas.
En 1959 volvieron a Cuba con la idea de quedarse; pero en un encuentro con el entonces Ministro de Trabajo, este les habló de lo útil de la permanencia de ellos en EE.UU. para encarar la desinformación contra la isla. El Comité Pro justo trato a Cuba los tendría como miembros activos; de ello da fe su participación en manifestaciones, encuentros y en conferencias en Nueva York, Washington…
Posterior a la victoria en Playa Girón las amenazas contra este matrimonio por parte de los “gusanos” se hicieron más sistemáticas. “Decidí no celebrarles ningún cumpleaños más a mis hijos; mi familia iba con personas que acababan de irse de aquí. Cándido no aguantaba que le tocaran a Cuba y aquello casi terminaba en piñazos. En octubre de 1961 decidimos regresar definitivamente; salimos, como quien dice, botados de EE.UU”.
Usted dejó a su madre destruida; pero en aquel viaje en barco se dijo que algún día ella la entendería.
“Le dejé una carta donde le explicaba las razones. Prácticamente rompimos todo tipo de relación; me dolió muchísimo. Para ellos siempre fui la oveja negra de la familia. Nunca me hice ciudadana norteamericana. Por suerte, a los 20 años mi mamá vino y vio lo que era la Revolución. Al volver le pusieron el letrerito de comunista; se sintió identificada con nuestra causa.
“René volvió a unirnos. Y aunque ellos tienen políticamente una cantidad enorme de baches, lo respetan mucho. Cuando cayó preso se decían: es imposible, él no puede ser una mala persona”.
REVOLUCIÓN ADENTRO

Irma alumbró sus días y noches con la hoguera de la Revolución. Alfabetizó en El Cerro y Miramar; conoció de historias de pescadores mientras les impartía clases en el Centro de Investigaciones Pesqueras, donde se desempeñó al frente de la biblioteca. Allí surgió la líder sindical, que se consolidaría al trasladarse al Centro de Información Técnica del Ministerio de la Industria Básica (MINBAS).
Usted estuvo entre las ochos mujeres escogidas en el país para intervenir en las pruebas técnicas de las primeras máquinas cortadoras de caña que entraron a la nación.
“Cuando Joel Doménech, nuestro ministro, me dio la noticia no sabía si dar gritos o salir corriendo porque no tenía con quién dejar a mis hijos. ¡Dios mío!, ¿para dónde me viro?, y mi amiga Bertha, ya fallecida, me dijo: ‘Vete tranquila, yo atiendo a los muchachos’.
“Trabajamos primero en Camagüey y luego en Matanzas. Nos sentábamos en un asientico, al lado del operador, y en una tablilla escribíamos qué pieza se le rompía, y cuándo. Después los ingenieros recogían los datos y estudiaban todas las roturas.
“Eso fue en 1969 y 1970; recuerdo que cuando me iba para Matanzas, Renecito llegó con hepatitis. Le dije: ‘Vas a pasarla en una zafra. Se fue loco de contento, en el campamento lo malcriaron muchísimo. No tenía con quién dejar a los niños y así fue también con Liván, el más chiquito y que es ingeniero en Telecomunicaciones; a los dos años me lo llevé a recoger café”.
¿Nunca ha lamentado haberles dado esa niñez a sus hijos?
“Sí, y me da tristeza. Por ejemplo, cuando pasé la escuela nacional de milicia, el juego de René y Roberto era la trinchera donde yo estaba practicando. He hablado sobre esto con René y él me ha quitado de la mente esa preocupación. Liván lo sufrió más; a veces me preguntaba: ‘¿Mami, y a qué reunión vamos hoy? ‘Espero que ellos sepan perdonármelo, lo hice por una causa demasiado justa”.
Usted dejó la carrera de Derecho en la Universidad. ¿Por qué depuso las armas esa vez?
“Me cuesta trabajo abandonar una batalla (RÍE). Primero terminé el técnico medio en Derecho Laboral y después matriculé Derecho; cuando empecé estaba casi vieja; y aun así aprobé las 11 asignaturas que matriculé. Al nacer Irmita (primera hija de René con Olga Salanueva) opté por ayudar con la niña; Olguita estaba estudiando la ingeniería. Cuando me han dado a escoger, siempre he asumido lo que más ha hecho falta”.
Usted se jubiló cuando era funcionaria del Sindicato Nacional de Trabajadores Químico-Minero-Energético. ¿Qué vínculos matuvo con Sancti Spíritus?
“Yo atendía Organización y Cuadros; por eso visitamos muchísimas veces la provincia, por ejemplo, la Papelera de Jatibonico, la Refinería de Cabaiguán. Dábamos seminarios; impartíamos cursos. Me gustaba el trabajo sindical”.
Desde el 2003 al 2008 asumió las funciones de diputada por el Cotorro a la Asamblea Nacional, donde varias veces expuso sus puntos de vista, inquietudes de la población.
“Yo formaba parte de una comisión permanente (Atención a la Niñez, la Juventud y la igualdad de Derechos de la Mujer). Visitamos círculos infantiles, escuelas primarias, secundarias, de conducta. Por eso sabíamos los problemas que estaban pasando. Igualmente, recibíamos los informes de los ministerios y después podíamos plantear lo que quisiéramos.
“Yo me decía: debería callarme porque quizás piensen otra cosa; pero no soporto lo mal hecho, la verdad hay que decirla. Y soy martiana ante todo. Incluso, después de cesar como diputada sigo buscándome problemas porque me enfrento a cosas de la vida cotidiana que veo incorrectas. Hay gente que se equivoca y piensa que soy así ahora, pues soy la mamá de René; pero, yo era Irma mucho antes de nacer René”.
¿Quién le enseñó a cortar por lo sano?
“Quizás lo heredé de mi abuela Manuela. Cuando lo de Chibás, ella botó de la casa -con una escoba que era el símbolo de este líder contra la corrupción- a la gente que vino a comprarle el voto. Ella, además, quemó cañaverales. A mi abuelo Pedro, que estuvo preso, le dieron plan de machete y palmacristi en el machadato. Me crié oyendo aquello; viendo que los norteamericanos querían destruirnos y hasta hoy no han cambiado. Eso lo hemos cansado de ver en el caso de los Cinco”.
SÓLO DETALLES

Nada sobra en la pequeña sala de la casa de Irma, en el Cotorro habanero. En la repisa, artesanías de barro y madera, y El Quijote, que parece cabalgar entre varios libros…
“Siempre me gustó leer. René tiene ese hábito porque se lo inculqué desde chiquitico. A mis nietos lo que más les compro son libros”.
Si tuviera más tiempo, en medio de la lucha por el retorno de los Cinco, ¿a qué lo dedicaría?
“Al patio de la casa, para sembrar matas. Reviso las que tengo ahora y me peleo con la que no crece. Converso con ellas; hay una ahí que tengo que desmoronarle la tierra para ver si acaba de escucharme. También me gusta la música clásica, ir al teatro. Sin embargo, nada de eso puedo hacer.
“No olvido que estoy en dos comisiones del Partido en el municipio y atiendo, además, la prevención en mi zona. Desde que llegué a Cuba he realizado labor de prevención, pues soy trabajadora social. El trabajo preventivo no es que vayas a ver a un joven cuando ya esté en la cárcel; hay que salvarlo antes.
“Tengo que planificarme bien para hacer todo eso y no descuidar la batalla por el regreso de nuestros hijos. Siento que los cinco son mis hijos. Han sido más de 11 años de injusticia y de mucho sufrimiento para nuestras familias y en el caso de Gerardo, con esas dos cadenas perpetuas, para qué decir”.
La muerte de su mamá, Carmen Nordelo, revela cuán difícil y dramático ha resultado el camino.
“De Carmen queríamos tener el recuerdo de su alegría, de sus ocurrencias. De ella Gerardo sacó ese espíritu que tiene. Era una gente muy desprendida, un pedazo de pan con ojo. La última vez que fui a verla ya no era un ser humano lo que estaba sobre la cama, era un pedacito de hueso. Fui por Gerardo, la verdad; él la adoraba”.
Ahora, la voz de Irma llega en parpadeo. Duele la memoria en esta mujer, de quien René heredó la hidalguía y ese acero de carácter sin mediar testamento alguno. Por ello, quién sabe si cuando él sepulte sus últimos días en la prisión de Marianna, Florida, quiera recorrer, de manos de su mamá, las calles de Santa Cruz del Sur, ese pedazo cálido de mar que espera siempre a los pescadores con las barrigas de sus botes repletas al amanecer.

(Publicado en Escambray, 8 de mayo de 2010)