Trinidad, ese amado rincón del planeta donde aún queda preso el aire melancólico del siglo de la independencia, del parto de la nacionalidad, de la renovación industrial del azúcar y de la sangrienta fusión racial de esta isla afrocaribeña, es el escenario ideal para materializar el empeño quijotesco de desafiar la destrucción del pasado, perpetuar la historia y su lección, tan necesarias para entender este presente de lucha perenne y para confiar tranquilos en un futuro justo y merecido.

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