La tacita de La Sierpe Vieja

Con la exquisitez de una docena de hombres, un centro especializado de la Agricultura Urbana en Sancti Spíritus prueba que para producir, primero que todo, hace falta proponérselo.

El nombre de Fábrica de pienso criollo con el que nació hace algunos años el actual centro especializado de la Agricultura Urbana del CAI Arrocero Sur del Jíbaro viene resultando poco menos que un eufemismo para referir el desempeño de los 12 hombres que lo hacen producir en su cuartel general de La Sierpe Vieja.

Si se descuentan las áreas forrajeras, actualmente en expansión, la unidad no ocupa más que el espacio equivalente a un terreno de pelota, límites en los que desarrollan 21 de los 29 subprogramas de la Agricultura Urbana, aseguran producciones vitales para el municipio y acaban de ganar, en reconocimiento a su perseverancia, la Triple Corona que entrega el movimiento.

Aunque el trofeo no lo consigna por razones obvias, para merecer el premio, quinto que se entrega en todo el país y primero en esta provincia, la gente de La Sierpe Vieja ha tenido que aprender a hablar con los animales, amasar el compost de día y de madrugada, surcar los canteros con un garabato y aprovechar hasta “las cenizas” de la producción arrocera en los piensos que fabrican.

UN PIENSO A PEDIR DE BOCA

Como una tacita de oro de la que hoy no puede prescindir el CAI, define al centro el veterano Abilio Orellana Rondón, uno de los hombres que vieron nacer a Sur del Jíbaro, actual director de la UEB Comercialización de Productos Agropecuarios a la que pertenece la unidad.

Además de la fábrica de pienso, armada con trozos de maquinaria recuperados en una nave de alimento animal de la empresa, la dependencia cuenta con cebas estabuladas de toros, cerdos y carneros, coto porcino, cría de conejos, gallinas y peces, área de frutales, plátano, forrajes y un pequeño organopónico, que muy bien pudiera pasar por jardín.

A partir de subproductos del arroz (polvo y cabecilla) y de otros granos igualmente producidos en el CAI como el maíz, el sorgo y el girasol, la pequeña planta superó el pasado año las 1 100 toneladas de pienso y para el corriente aspira a una cifra similar.

El alimento, muy codiciado tanto por la ganadería vacuna, como por la porcina, la ovina y la avícola, lo comercializan lo mismo con entidades subordinadas a Sur del Jíbaro que con el sistema de la agricultura municipal y por supuesto satisface plenamente la demanda interna de 30 toros, 50 puercos de ceba y las reproductoras del coto, un centenar de carneros, una cifra similar de conejos y unas 1 200 gallinas, que según dicen “son de buen comer”.

RETAGUARDIA EN LA VANGUARDIA

Desde su puesto de administrador, Maximiliano Palmero se precia de tener un equipo integral, una suerte de team work, donde abundan el juego colectivo y el sentido de pertenencia, virtudes que muchas veces empujan la producción tanto o más que los propios recursos.

Su gente lo mismo opera la “fabriquita” de pienso, que la máquina forrajera, alimenta las gallinas o atiende los canteros del organopónico sin preocuparle mucho el Sol del mediodía que por lo general se siente bastante en estas llanuras desarboladas.

El pasado año sus hombres ingresaron mensualmente 1 025 pesos como promedio y el colectivo sobrepasó sus planes de venta, cumplió las utilidades al 131 por ciento y mantuvo una favorable correlación entre el salario medio y la productividad del trabajo.

Convertido en una retaguardia que se sabe en la vanguardia, el colectivo ahora buscar sumar otros cinco subprogramas a su average que de por sí ya resulta elevado y extender las áreas forrajeras de 2 a 6 hectáreas, un crecimiento estratégico por lo que ello significa en la alimentación del ganado.

Las pretensiones no son poca cosa para una nómina de solo 12 hombres, pero aun así Pedro Hernández, obrero estibador, decorador de toda el área y enamorado como pocos de su obra, cree que le alcance el tiempo para seguir construyendo este edén, que ya anda por tres coronas.

 

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