Melba Hernández: Itinerario de una luchadora

Melba nació en Cruces, Cienfuegos.Este 28 de julio llegó a sus 92 años esta revolucionaria, quien, junto a Haydée Santamaría, fueron las únicas mujeres participantes en las acciones del 26 de julio de 1953.

Hace apenas unos días, el Noticiero Nacional de Televisión la hizo protagonista de un breve, pero emotivo reportaje; ahí estaba, sin perder la risa de su rostro, con sus ademanes más lentos. Este 28 de julio trajo los 92 años de vida de Melba Hernández Rodríguez del Rey, quien, junto a Haydée Santamaría, fueron las únicas mujeres participantes en las acciones del 26 de julio de 1953.

Ni un instante de sus días, Melba ha dejado de pensar en la Patria. Más de una vez ha referido cómo su padre Manuel y su madre Elena sembraron en ella la urgencia de cambiar el destino de aquella república sajada por tantos males y crímenes.

“Papaíto fue revolucionario de siempre, luchador, defensor de los trabajadores. Mi papá en verdad formó a mi mamá, porque en aquella época de ella qué señora se lanzaba por ahí por el país, desafiando al gobierno. Mi mamá acompañaba a mi papá a todas partes. Él estuvo preso por su lucha contra los gobiernos corruptos (…) Era como un líder en Cruces, un hombre muy respetado”, comentó Melba al colega Miguel A. Gainza al cumplirse el aniversario 55 del asalto al cuartel Moncada.

En Cruces, Cienfuegos, nació Melba, quien se trasladaría a La Habana en compañía de sus padres luego de la huelga de marzo de 1935, tras la cual Manuel debió cumplir seis meses de privación de libertad en Remedios, antigua provincia de Las Villas.

Atrás quedaba el pueblo natal y Corina Rodríguez. “Fue maestra de la generación de mi mamá; fue maestra de mi generación; fue una veterana —aseguró también al referido colega santiaguero—. Mucho del amor que yo siento por la Patria me lo inculcó ella. Los días luctuosos de la Patria ahí estaba Corina con un brazalete negro. Ella supo ser maestra, patriota y formadora de varias generaciones del pueblo. (…) Sin mis padres y sin ella yo no hubiera sido la patriota que soy. Murió en Cruces, muy viejita. Nunca salió de allí. La escuela lleva su nombre: Corina Rodríguez, y cada vez que voy allá la visito”.

En La Habana , específicamente en el apartamento ubicado en 25 y O, conoció a Fidel Castro, líder del movimiento que se gestaba, reconocido posteriormente en la historia como la Generación del Centenario.

“Estábamos aferrados a la salida de Batista del poder y nuestro único objetivo fue luchar contra aquella mancha que le cayó al país —señaló Melba a lajiribilla.cu—. Haydée y yo en ese sentido éramos muy semejantes: muy rebeldes, inconformes. Convertimos a Abel en nuestro jefe de lucha, en nuestro jefe revolucionario; Abel era el que salía, venía, traía. Un día trajo a Fidel y así seguimos juntos; ya no éramos Abel, Yeyé y yo y mis padres, sino alguien más compartiendo nuestro pensamiento de lucha”.

Las acciones del 26 de julio fueron la coronación de aquellos ideales, a pesar del fracaso militar. Luego sobrevino el juicio contra los asaltantes, que se extendió desde el 21 de septiembre hasta el 16 de octubre de 1953. En las primeras vistas orales se escuchó la voz de Melba para denunciar los crímenes contra los atacantes y para desmontar la mentira: “Fidel no está enfermo”, e, inmediatamente puso en manos del tribunal la carta escrita por Fidel en la cárcel de Boniato en la cual hacía constar que él no estaba enfermo, como se alegaba, como parte de la estrategia de la dictadura para retirarlo del juicio en ese momento.

Junto a Haydée, Melba fue condenada y enviada el Reclusorio Nacional de Mujeres de Guanajay, de donde salieron en febrero de 1954. Después, ellas se entregaron en cuerpo y alma a la impresión y distribución del alegato La Historia me Absolverá, escrito por Fidel en el presidio Modelo y sacado de allí en forma clandestina.

En sus funciones en la dirección nacional del Movimiento 26 de Julio, Melba cumplió un sinnúmero de misiones, entre ellas participó en los preparativos de la expedición del yate Granma, y despidió a sus compañeros en el puerto de Tuxpan, México.

Mucho le debe Cuba a esta mujer, cuyo rostro me llegó hace pocos días a través de la Televisión nacional. Allí estaba sonriente, menuda, grande.

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