Nuestro hombre en Bayamo

Antonio Darío en una playa habanera allá por los anos 50 del pasado siglo.Combatiente del 26 de julio de 1953 contra el cuartel de Bayamo, el Gallego Bigotes vendría a Cuba en expediciones en 1955 y 1956, la última en el yate Granma al mando de Fidel Castro.

Orgullo natural sintió el jatiboniquense Antonio Darío López García, el Gallego Bigotes, cuando al ser evaluado al término de su entrenamiento militar en México, con vistas a la expedición que haría en diciembre de 1956 junto a los seguidores más cercanos de Fidel Castro, le anotaron en su expediente:

“Es el hombre más resistente de todo el personal. Posee agilidad mental para capear cualquier situación, muy disciplinado y con buenas cualidades de mando”. Poco después, en Alegría de Pío, fue de los escasos combatientes que fusil en mano impidieron al ejército hacer una carnicería allí mismo con los extenuados expedicionarios.

De origen español por ambos padres, Antonio Darío nace en Jatibonico el 27 de septiembre de 1924. Cuando cumple 10 años, la familia se muda para La Habana, donde continúa los estudios primarios, aprende guitarra y muestra interés por la obra de Martí.

En abril de 1949 viaja a los Estados Unidos, donde sufre la falta de empleo y su desconocimiento del idioma. Luego se va a la marina mercante y lo dejan abandonado en Grecia. Después de incontables peripecias regresa al país del norte. Allí se desempeña en varios oficios hasta que, negado a ir como soldado del imperio a la Guerra de Corea, lo expulsan de EE.UU. y regresa a la patria.

Ya en Cuba, Darío se opone al cuartelazo del 10 de marzo de 1952. Lee el manifiesto de Fidel Castro contra el golpe y pocos días más tarde lo conoce personalmente y se percata de sus indiscutibles cualidades de líder, por lo cual se une al movimiento que organiza.

El 26 de julio de 1953 figura entre los 21 combatientes que asaltan el cuartel de Bayamo, donde logra salvar la vida en medio de incontables peripecias que lo llevan a La Habana, vía Jatibonico y, previo asilo, parte para Guatemala, donde vive y trabaja por algún tiempo. En 1954, Antonio se traslada a México y al año siguiente regresa a Cuba en una expedición con armas por Pinar del Río.

Se mantiene en la clandestinidad, pero tras la salida del presidio de Fidel y sus compañeros en mayo de 1955, y su ulterior partida para México, Antonio Darío retorna a tierra azteca para venir en la expedición del Granma. Después de Alegría de Pío, deambula en busca de la Sierra Maestra, pero es apresado el 13 de diciembre junto a Jaime Costa y Roberto Roque.

Luego de una corta estancia en el cuartel Moncada, el Gallego fue remitido a la cárcel de Boniato y recluido en la misma celda donde estaban los hermanos Frank y Josué País García, Léster Rodríguez y otros compañeros. Pese a su estado de depauperación, mantuvo siempre su espíritu rebelde y una férrea voluntad de lucha.

El 22 de abril de 1957 trasladan a los revolucionarios desde la cárcel de Boniato hasta Santiago de Cuba, al juicio por la causa del Granma y el alzamiento del 30 de Noviembre. Al Gallego le toca declarar el 25 de abril. Según Léster Rodríguez, él expresa:

“Es cierto, señor fiscal, que combatí en el cuartel de Bayamo el 26 de julio de 1953, que vine en la expedición con Fidel y que seguiré combatiendo a la tiranía hasta verla descabezada. Esa, señor fiscal, es mi misión y la de todos los revolucionarios cubanos”.

Condenado a seis años junto a sus compañeros, el Gallego Bigotes volvió a Boniato a cumplir su condena hasta que el 15 de mayo de 1957 lo envían por vía aérea al presidio Modelo de Isla de Pinos, donde lo sorprende el triunfo de la Revolución.

Se multiplicaría entonces Antonio Darío en ocupaciones militares y civiles, desde inspector de una unidad de policía, hasta subdirector del Parque Zoológico. Desde oficial de la Lucha Contra Bandidos movilizado durante Girón y la Crisis de Octubre, hasta funcionario en CESETA y subdirector del SIME, el organismo que la sustituye, para finalmente laborar en el Aeropuerto José Martí.

Fue su vida ejemplo de abnegación y sacrificio, trabajando y  luchando contra las enfrermedades renal, nerviosa y cardiaca que lo aquejan entre 1969 y 1973, cuando sufre el primero de tres infartos. En noviembre de 1980 Antonio Darío López García queda jubilado oficialmente. A partir de 1984 su salud empeora y se le ingresa en el CIMEQ, entidad donde fallece el domingo 29 de septiembre de 1985.

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