Comunicación fracturada

Cuando los códigos comunicativos devienen modelos dañinos para la convivencia, más que de estudios científicos, se precisa de acciones

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Ilustración: Osval

Extraño aquellos tiempos en que los padres enseñaban a base de respeto y ejemplo, aconsejaban sin ofensas, mandaban sin el argumento “porque me da la gana”, tan recurrente ahora. Extraño los actos cívicos de la escuela, donde la solemnidad y el silencio eran la ley sagrada; la civilidad y la decencia en los espacios públicos, la cortesía como norma, la solidaridad como instinto. 

A la hora de dilucidar diferencias o malos entendidos, ya las personas no conversan: pelean. Ya no suelen pelear, como sucedía antes, a los puños: emplean objetos contundentes o punzantes. Ya rara vez es el maestro quien exige a los padres: son estos quienes le reclaman por enfrentar “inconvenientemente” el comportamiento inadecuado de los hijos.

El uso de malas prácticas en la comunicación se ha entronizado en pueblos y ciudades. A juzgar por la conducta de muchos volvimos, diríase, a la Edad de Piedra. Como dueños del aire y los espacios se conducen algunos, por ese “poder” que parecieran otorgar, indistintamente, bienes y posesiones, la antigüedad en el lugar y, sobre todo, el capricho de quienes no entienden más que su propia voluntad, aunque imponerla signifique ejercer la violencia.

Para hallar el origen del fenómeno viene bien la consideración del lingüista espirituano Pedro de Jesús López Acosta, quien en un material publicado en abril del pasado año escribía en estas páginas: “(…) Opino que el asunto ha de interpretarse en interconexión con las transformaciones económicas, sociales y culturales que han venido sucediendo en Cuba tras la debacle del período especial”.

Si bien el título del artículo “En las buenas y en las malas, las palabras” insinuaba un análisis lingüístico, el mismo se adentraba en la médula de comportamientos sociales nocivos para la convivencia. Su autor aludía al resquebrajamiento en las interacciones comunicativas y ponía, como ejemplo extremo, los juicios orales, eventos judiciales de proverbial ceremonia donde se había detectado “falta de solemnidad”, según analizaba la Asamblea Nacional del Poder Popular en julio de aquel mismo año.

Abordaba también la falta de competencia y liderazgo de jefes y administradores, la autoridad dudosa de ciertos maestros, las normas de comportamiento relajadas al interior de centros de trabajo yestudio, donde se entronizaron relaciones disfuncionales y hasta irrespetuosas. Penosamente, sucede en centros de servicios incluso en los horarios de atención al público.

José Neira Milián, sociólogo y profesor de la Universidad de Sancti Spíritus José Martí Pérez, atribuye tales comportamientos a esa suerte de mimetismo a que está sujeta la realidad cubana actual, lo cual se traduce en la tendencia a reproducir normas y estilo de aquel al que se copia. “Sin un filtro de selección y con la Internet proporcionando de todo, no es de extrañar que se adopten y reproduzcan hábitos y costumbres alejados de nuestro experimento social”, significaba, y agregaba que han aflorado, además, viejas costumbres adormecidas con el tiempo.

En esa vorágine se instauraron códigos comunicativos insanos, entre ellos la violencia verbal y mayormente dirigida a la mujer, aunque también a niños, ancianos y otros grupos sociales vulnerables. Ni qué decir de los textos agresivos y ritmos estruendosos que, sobre ruedas, espantan a veces los vecindarios.

Nadie tiene soluciones listas. Tampoco nadie parece ocuparse de estudios al respecto, basados en demandas que, hasta ahora, ninguna institución formula. Algunos, como Neira, estiman que las demandas sociales han sido relegadas desde que las miradas se posaron, no sin razón, en las cuestiones económicas.

En los tiempos en que la comunicación atraviesa cada proceso, cuando desde la propia presidencia del país se convoca a la reformulación de todo lo concerniente a esta esfera, se impone ir desplegando acciones por el camino y no aplazar las soluciones para un presumible momento ideal.

Si bien constituye un punto de partida loable y sin precedentes en el país, la Política de Comunicación Social del Estado y el Gobierno cubanos, aprobada en enero de 2018, no muestra aún señales palpables a nivel de sociedad. Según ha reconocido la propia Asociación Cubana de Comunicadores Sociales (ACCS) en el territorio, hay aquí investigaciones científicas de rigor con propuestas de soluciones, pero falta implementarlas. Y en este punto el factor subjetivo nuevamente se interpone, porque dicha misión toca a los decisores de los lugares investigados, donde procederían solo en caso de considerarlas de su interés.

Mientras tanto, queda en el terreno de los organismos e instituciones responsables por determinadas aristas, y de la ciudadanía toda, velar por que se cumpla lo legislado hasta este momento. Es por ello, más que deber, necesidad impostergable que el actuar de cada cubano conduzca a una nación de personas no ya educadas, sino instruidas en asuntos de relaciones interpersonales y de colectividad.

De eso trata la comunicación, aquejada de un tiempo a la fecha por un raquitismo que amenaza con volverse crónico. Sujeta a procesos que no se dan de manera espontánea, sino que necesitan de gestión, es hora de salvarla.

2 comentarios

  1. La selección natural, sostienen científicos naturalistas y sociales (¿será la social en nuestro caso?), empuja a un grupo minoritario de individuos marginales dentro de su propia especie, en este enigma de origen animal, endémica del archipiélago cubano, a su inevitable extinción en nuestras ínsulas.
    Con rasgos taxonómicos identitarios de la zoología isleña, clasifican como mamíferos del orden de los primates, familia homínidos, género homo, especie homo sapiens (¿quién sabe si cubensii, como nuevo taxón científico?).
    Aquellos, en franca deriva genética, no han sabido adaptarse al movedizo ambiente que les circunda.
    Más que reminiscencias atávicas en su apariencia física, les acusan sus rasgos conductuales.
    Sin entrar en distingos etarios, sus rarísimos individuos se denotan por acatar las normas de caballerosidad y respeto hacia los ancianos, mujeres embarazadas, madres con niños pequeños e impedidos físicos, al ofrecerles facilidades en parques y transportes públicos; no toleran botar desechos en calles y avenidas, ni hacer en ellas necesidades fisiológicas; no marcan ni afean bancos de parques, paredes de edificios, áreas urbanas o interiores de guaguas; respetan el derecho de los vecinos a la tranquilidad y al descanso reparador; no instalan desenfrenadas bocinas a todo decibel con horrísona música; no crían cerdos o palomas en patios o azoteas aledañas a aquellos; condenan el maltrato a monumentos, árboles, jardines y áreas verdes; combaten la vandalización sobre la telefonía, los tendidos eléctrico y telefónico públicos, el alcantarillado, las señales del tránsito y los antepechos metálicos de las carreteras.
    Tampoco de cuelan en las filas de sus congéneres ni evaden el pago del pasaje en los medios de transportación masiva, ni acaparan productos deficitarios en las redes minoristas mercantiles para su reventa a precios superiores, ni mucho menos, comercializan bienes y servicios ilícitos; si son estudiantes, cumplen con sus deberes docentes y estudian diariamente; no portan aditamentos electrónicos que perturben sus facultades intelectivas.
    Como prueba de degeneración, no gritan a viva voz en plena calle ni usan indiscriminadamente en su hablar cotidiano palabras obscenas y chabacanas; cumplen con los horarios de labor en los centros de trabajo y de estudio; no ofrecen ni aceptan sobornos ni prebendas en sus actividades ocupacionales; niegan su participación en juegos cruentos de animales y de puro azar, celebrados al margen de la ley, ni rinden subdeclaraciones tributarias o engañosas; tampoco revisten sus cuerpos con dibujos indelebles o apéndices estrafalarios, impuestos al vaivén de la moda: solo se atreven a vestir y calzar sin estridencias, con modestia y austeridad.
    Son tan pocos que, quizás sea mejor internarlos en reservas naturales para su protección y estudio, porque… ¡no tengamos dudas!, entre nosotros son, como califica la expresión latina a las personas o cosas poco habituales:
    ¡Rara avis!
    Arturo Manuel Arias Sánchez

    • Periodista:Toca UD un tema medular,en mi opinión más importante que lo económico,pues por material,es más fácil transformar la economía que la mentalidad dónde se ha enquistado,por generaciones,la doble moral,la imposición de criterios, conceptos delinquenciales como el que robarle al estado y aceptar sobornos,está bien.Arrojar basura,hacer necesidades biológicas y beber alcohol en la vía pública es algo comun .Exhibir una botella de cerveza y llevar botas de regadío es símbolo de estatus porque anuncia que trabajo en la carne.Etc etc..Le agradezco que se haya ocupado de este asunto..Como antiguo pedagogo,siento una profunda tristeza y le confieso que tengo muy pocas esperanzas en el futuro del lugar que me vio nacer.. Gracias

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