Fidel y su necedad eterna

Todavía anda Fidel en el aquí y el ahora de su Cuba, rodeado de gente llana, que devela verdades, que estrecha su mano delgada y fuerte

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Este 25 de noviembre se cumplen tres años de la desaparición física de Fidel.

Vino y se quedó hecho una oleada de vida, en la marea del pueblo que lo supo franco, humano y terrenal. Definitivamente, se quedó ahí, en el pórtico, con la observancia del viejo padre que aún no se abruma por llevar sobre sus hombros el peso de tantos destinos ajenos.

Todavía anda Fidel en el aquí y el ahora de su Cuba, rodeado de gente llana y sencilla, que pregunta sin tapujos, que devela verdades, que estrecha su mano delgada y fuerte, y la sabe fiel, hecha de un barro especial.

“Pocos hombres han conocido la gloria de estar vivos en la historia y la leyenda. Fidel es uno de ellos”. Así escribió Ignacio Ramonet, sabedor del proyecto colosal que significó embarcarse en el Granma y convertirse en un eterno soldado soñador.

Ya desde las aulas universitarias, en medio de las balas de la tiranía, construía las utopías, y gracias a ellas hubo el Moncada, La Historia me Absolverá, un Cinco Palmas, el Primero de Enero.

Este hombre, que tuvo la suerte de los elegidos, hizo un alto en Sancti Spíritus el 6 de enero de 1959. Desde los balcones de la Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena, otrora Sociedad El Progreso, alertaba a los cubanos sobre los días por venir. “Es importante que el pueblo sepa desde hoy y comprenda que la Revolución no podrá ser tarea de un día, ni de dos, ni de tres; que nuestros males no encontrarán solución de la noche a la mañana; que será preciso trabajar mucho (…), la Revolución tendrá que realizarse también paso a paso, poco a poco y sin otra divisa también que la del triunfo”.

Con esa pasión carnal, que aún contagia, Fidel guio la construcción de una Cuba nueva, admirada por una buena parte de este mundo y condenada, también, por aquellos que viven rumiando odio y acoso.

Paradójicamente, Fidel vive después de su muerte física, y con su excepcional magisterio anda en los hombros de otros muchos, igual que él, necios por no rendirse, necios por vivir sin tener precio, necios por soñar la travesura de multiplicar panes y peces. Enhorabuena, Fidel, por esa necedad eterna.

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