Junio de 1762: Espirituanos a la defensa de la capital de todos los cubanos

Con motivo del aniversario 500 de la fundación de la ciudad de la Giraldilla, Escambray reproduce este trabajo publicado a mediados del 2006. Hace 257 años más de 1 100 milicianos de Sancti Spíritus y Trinidad acudieron a combatir contra los soldados y marinos de su Majestad británica, que atacaban La Habana

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Toma de La Habana por los ingleses. Mural del artista Reynaldo Lázaro Álvarez.

Corría el sexto mes del año de gracia de 1762, cuando a la villa del Santo Espíritu Santo, entonces en el año 248 de su fundación, llegaron alarmantes noticias acerca del asalto al puerto y la ciudad de La Habana por una poderosa armada inglesa que pugnaba por apoderarse de esa posición estratégica, clave para el dominio del mediterráneo americano.

Ante tan infaustas nuevas, con toda urgencia se reunió el Cabildo y se procedió a prestar toda la ayuda posible a los defensores habaneros. En cumplimiento de las instrucciones recibidas, pronto tuvo movilizados el sargento mayor don Diego Cañizares Bernal-Pacheco (1) a unos 700 ciudadanos espirituanos, distribuidos en siete compañías para acudir en defensa de la capital.

Al propio tiempo el Cabildo trinitario ponía sobre las armas a otros 450 hombres pertrechados y amunicionados, listos para emprender viaje hacia occidente a marchas forzadas.

Entretanto, algo parecido ocurría en Vuelta Abajo, en Santa Clara, en Matanzas, en Puerto Príncipe y en Santiago de Cuba, ciudad esta última donde el capitán de navío don Juan Ignacio de Madariaga había sido nombrado comandante general de la isla y gobernador subdelegado, por decisión de la Junta de Guerra que funcionaba en la urbe habanera bajo la dirección del capitán general don Juan del Prado Portocarrero.

UNA SIESTA MUY COSTOSA

El 21 de mayo de 1762, al mediodía, se presentó en el Castillo de La Fuerza un hombre en extremo agotado y con las ropas sucias y raídas, quien dijo llamarse don Martín de Assanza y que traía una información en extremo importante para el Capitán General, pero como este estaba durmiendo la siesta, fue atendido por su principal confidente y auxiliar, el capitán don José García Gago, también sacado de su reposo por un subalterno.

Assanza, un comerciante santiaguero, había ido a Kingston, la capital jamaicana con el propósito de comprar unas telas y se alarmó cuando vio en el puerto una cantidad inusitada de navíos de guerra, e indudables aprestos que denotaban el alijo urgente de una expedición bélica, por lo que sobornó al patrón de una goleta que se dirigía a Honduras y logró que lo tomara a bordo y lo desembarcara en Cabo Corrientes, en la costa sur de Pinar del Río.

Medio muerto por el hambre y el agotamiento, en caballos facilitados por personas de buena voluntad que encontró en el trayecto, ese criollo llegó a la capital con una alerta anticipada que podía salvarla, pero el indolente funcionario a punto estuvo de encarcelarlo por perturbar su descanso y a duras penas cambió de parecer y lo echó del recinto sin ningún miramiento.

El 6 de junio, exactamente dos semanas después del incidente y ya con la armada británica a la vista, García Gago y el Capitán General se acordaron de Assanza y con toda urgencia lo mandaron a buscar. Pero aún con el peligro ante sus narices se perdieron valiosas horas para iniciar los trajines defensivos, ya que las autoridades españolas creyeron hasta el último momento que se trataba de la flota inglesa que hacía frecuentes viajes entre Europa y América.

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José Antonio Gómez de Bullones, el alcalde guanabacoense destacado en la resistencia al invasor.

RECURSOS DE AMBOS BANDOS

La flota atacante, al mando del almirante George Pocock, contaba con 173 buques, de los cuales 28 eran grandes navíos de línea y 145 de transporte. A bordo viajaban 28 000 hombres bajo el comando de sir George Keppel, conde de Albemarle. Esa fuerza se componía de 14 000 infantes de marina, 10 000 tripulantes y negros antillanos, así como unos 4 000 esclavos africanos.

Por su parte, la armada española disponía de 16 barcos de línea dotados con 724 cañones y 11 morteros y en total 80 embarcaciones de diferente porte, así como una guarnición de 27 610 hombres; de estos 4 610 soldados y artilleros, alrededor de 9 000 marinos de la flota en el puerto y 14 000 milicianos entre los batallones de pardos y morenos (cifra esta última contradictoria).

La Habana contaba además con las fortalezas de El Morro, La Punta y La Fuerza, con 159 cañones de conjunto, y los torreones de Cojímar, La Chorrera, Bacuranao y San Lázaro, con 10 piezas cada uno, además de otros 70 en las entradas principales de las murallas y en otros puntos fortificados de su perímetro. En términos proporcionales, la plaza era perfectamente defendible.

NEGLIGENCIA CRIMINAL

A la tardía reacción del mando hispano, que desaprovechó la alerta temprana proporcionada por don Martín de Assanza, se sumaron entonces otros desaguisados, como fue bloquear a su propia escuadra dentro de la bahía, al hundir tres de sus embarcaciones en la boca del puerto.

Luego, ya desembarcados 10 000 u 11 000 marinos ingleses, el coronel Carlos Caro, quien disponía de gruesas fuerzas de caballería, infantería y las milicias del alcalde regidor de Guanabacoa, don José Antonio Gómez de Bullones (Pepe Antonio) pudo haberlos arrollado con un ataque masivo, pero por destacar en la acción solo una fracción de sus jinetes, estos fueron rechazados después de perder 30 hombres.

Estas y otras operaciones disparatadas decidieron a Pepe Antonio a desechar las tácticas de guerra regular para utilizar las de guerrillas, con tan excelente tino que sus huestes comenzaron a diezmar a los ingleses por decenas y cientos, tomándoles centenares de prisioneros, lo que le granjeó la envidia y enemistad de Caro y de otros altos oficiales españoles. Esto no niega la bizarría de militares como don Luis de Velasco, jefe de la guarnición de El Morro, y de otros pundonorosos jefes hispanos que hicieron prodigios de valor.

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Representación pictórica de la lucha encarnizada por el Castillo del Morro.

LLEGAN REFUERZOS DE SANCTI SPÍRITUS

El 6 de julio, muy desgastados los ingleses y también los defensores, llegaba a La Habana el refuerzo de siete compañías de milicias espirituanas, las que de inmediato se sumaron a las huestes de Pepe Antonio, y casi juntos arribaron también los cerca de 500 trinitarios. El 9 entraban 50 jinetes vueltabajeros al mando del habanero don Francisco de Paula. Por esta fecha amarró en la Bahía de Jagua (Cienfuegos), procedente de Santiago de Cuba, una goleta con armas, vestuario y utillaje para la flota.

A pesar de recibir los atacantes el 12 de julio un contingente de 1 500 jamaicanos que fueron utilizados en la construcción de trincheras y emplazamientos artilleros, la inyección de nuevos combatientes le permitió a Pepe Antonio redoblar las acciones y al día siguiente, 13 de julio, caían en manos milicianas 500 británicos en dos escenarios diferentes.

Ante la presión de las fuerzas guerrilleras, el 17 de julio las tropas de Su Majestad tuvieron que poner pies en polvorosa de San Miguel del Padrón y al día siguiente se vieron obligadas a evacuar también Guanabacoa, a donde retornó victorioso, su alcalde regidor, José Antonio Gómez de Bullones, quien prosiguió sin tregua la ofensiva sobre las huestes enemigas.

Pero en el reporte al mando superior, el coronel Carlos Caro se atribuyó el mérito de esas acciones, motivo por el cual se produjo el 21 de julio un grave altercado con Pepe Antonio, a resultas del cual —parece que a causa de una apoplejía— aconteció la muerte del caudillo guanabacoense cinco días después.

Este fue el principio del fin de la batalla, por el efecto desmoralizador que el fallecimiento de Pepe Antonio causó en los defensores, junto el refuerzo de voluntarios yanquis —de las 13 Colonias— el primero de los cuales arribó el 28 de julio, y la caída del castillo de El Morro 48 horas más tarde.

En medio de nuevos desaguisados del capitán general Prado Portocarrero y sus más cercanos subalternos, la agonía de la plaza habanera continuó hasta el 14 de agosto, cuando se produjo la rendición secretamente deseada por aquellos hombres nacidos en Europa.

EPÍLOGO

Enseñoreado ya de la capital isleña, al ilustre sir George Keppel se le ocurrió pedirle al Cabildo de Trinidad que se le subordinase, en carta fechada el 27 de septiembre de 1762. En respuesta contundente como un puño, los trinitarios le replicaron en otra misiva: “La capitulación de esa plaza no incluye la de ésta, ni otro algún acto equivalente”, y afirmaron hallarse dispuestos “a defendernos hasta perder el último extremo de la vida”.

En octubre los vecinos de Sancti Spíritus acordaban no someterse a la dominación británica por más ventajosas que fuesen sus proposiciones, y en cambio patentizaban su disposición a “vivir perpetuamente sobre las armas en los lugares, bosques y montes”. Parecida respuesta obtuvieron los anglos en Santa Clara y otras partes del territorio insular, quedando sin fuerzas para posteriores avances, confinados a La Habana y su puerto -el de Matanzas y el de Mariel- a costa de cerca de 7 000 muertos. Once meses después se iban para siempre.

1 Milicias espirituanas al mando de don Diego Cañizares acudieron en ayuda de Guantánamo ante un ataque inglés en 1740. En fecha posterior marchó con hombres y armas en auxilio de Trinidad y de La Habana. En su haber figura el rechazo a dos intentos de desembarco de los británicos por Tayabacoa.     

Nota: Escambray agradece al licenciado Javier León los datos aportados para este trabajo. Extiende además su gratitud a la Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena.

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