¿Quién es el verdadero enemigo?

El presidente estadounidense acaba de extender por otro año la vigencia de la Ley de Comercio con el Enemigo, instrumento legal anacrónico que forma parte del criminal bloqueo contra Cuba

Ilustración: Osval

Cuentan que cuando Cuba le declaró la guerra a la Alemania del Káiser Guillermo, en plena Primera Guerra Mundial, al recibir la noticia el emperador prusiano lanzó molesto el habano que fumaba y pidió un mapamundi para ver dónde quedaba ese país atrevido que se sumaba a los muchos adversarios de las potencias centrales.

Del Káiser pocos se acuerdan, como también de que fue en el contexto de aquella primera hecatombe global que el Congreso de Estados Unidos promulgó el 6 de octubre de 1917 la llamada Ley de Comercio con el Enemigo, la cual faculta a los mandatarios de esa nación para restringir el intercambio comercial con países hostiles, y les da la posibilidad de aplicar sanciones económicas en tiempo de guerra o en cualquier otro periodo de emergencia nacional, así como prohíbe el comercio con el enemigo o sus aliados durante conflictos bélicos.

La ya anacrónica ley, que el mes próximo cumple 102 años, surge a poco de la entrada en guerra de la Unión Americana contra los Imperios Centrales: Alemania, Austria-Hungría y Turquía, al lado de la entente formada por Inglaterra, Francia, Italia y sus territorios dependientes, lo que la justificaba como parte del esfuerzo bélico contra un enemigo harto poderoso, convicto de la muerte de cientos de estadounidenses, como los que perdieron la vida en el torpedeamiento del trasatlántico Lusitania.

Pero, Cuba, ¿cómo se inserta en esta trama? La explicación más racional es que, a la luz del devenir histórico, Washington hizo de esta legislación un instrumento para castigar a los gobiernos que no resultan de su agrado, y así ha sido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: mero instrumento de chantaje y guerra no convencional contra pueblos que, como el cubano, han optado por defender su soberanía económica e independencia política.  

En el caso específico de nuestro país, fue después de la derrota de Playa Girón y la Crisis de Octubre de 1962, que el presidente John F. Kennedy, frustrado por no haber logrado el cambio de régimen en la isla, toma de base ese instrumento legal para avanzar en la implementación del bloqueo con medidas tales como las Regulaciones para el Control de Activos Cubanos, adoptadas en 1963.

Lo que trae de nuevo a colación al Káiser germano es la falta de proporción entre la magnitud de las sanciones adoptadas y el peso específico relativo de Cuba en el escenario mundial, pues si bien somos una potencia moral, poco temor debía representar este país insular para una superpotencia que nos supera 30 a 1 en población, y en cuyo territorio nuestro archipiélago cabe 80 veces.

Ya entrados en este teatro del absurdo, salta a la vista lo irracional de la aplicación a Cuba de la Ley de Comercio con el Enemigo, por cuanto el imperio vecino no ha declarado nunca una emergencia nacional con respecto a nuestra patria y tampoco estamos en guerra, lo que no ha sido óbice para que todos los gobernantes norteamericanos de Kennedy hasta Trump, nos consideren suficientemente importantes como para aplicarnos una ley diseñada para enfrentar a contrarios formidables. 

Y, hablando de absurdos y de dobles raseros, oportuno es recordar que los primeros en violar la Ley de Comercio con el Enemigo han sido los propios monopolios estadounidenses, así como familiares cercanos de varios presidentes, entre ellos el propio Kennedy y los dos George Bush, padre e hijo, pero también otros prominentes políticos. 

En el caso del primero, se sabe que su padre, el viejo Joe, quien fue embajador en Inglaterra hasta casi el comienzo de la guerra de Hitler, parecía más bien ser en Londres el representante oficial de la Alemania nazi. En cuanto a los Bush, todo comenzó en 1922, cuando el magnate ferroviario Averell Harriman fue a Berlín con el fin de entrevistarse con la familia Thyssen y fundar una filial bancaria que se concretó en 1924 con el nombre de Union Banking Company (UBC), de la cual fue nombrado presidente George Herbert Walker, el suegro de Prescott Bush.

Estos dos, abuelo materno y padre del luego presidente George Herbert Bush, se involucraron hasta el cuello en negocios con entidades germanas y sus filiales en Holanda, Estados Unidos y otros países. Lo grave de este asunto es que, a partir de 1923, Fritz Thyssen se convierte en el mayor y más poderoso representante de la oligarquía financiera alemana en dar su apoyo a Hitler hasta su subida al poder.

Los fondos iniciales para echar a andar el programa de rearme masivo del III Reich salieron fundamentalmente de la Brown Brothers Harriman y la UBC, regenteadas precisamente por George Herbert Walker y su yerno, Prescott Bush. La conclusión es que la UBC fue fundada para transferir fondos entre Wall Street y Alemania por vía de las bancas holandesas de Thyssen. La UBC recibía el dinero desde los Países Bajos y la Brown Brothers Harriman lo reenviaba, y ¿quién formaba parte de la dirección de esas dos compañías?: Nada menos que Prescott Bush.

Tan escandalosas operaciones de colaboración con la Alemania hitleriana, obligaron al gobierno de Washington a decretar el 10 de octubre de 1942 la incautación de todas las operaciones bancarias nazis en Nueva York, cuyo principal responsable no era otro que Prescott Bush. El 26 de octubre del propio año el ejecutivo ordenó la expropiación de otras dos sociedades dirigidas por Prescott, a cuenta de la sociedad bancaria Harriman.

El 11 de noviembre de 1942 otra gran empresa regenteada por George Herbert Walker y Prescott Bush, la Silesian American Corporation, fue embargada en cumplimiento de la Ley de Comercio con el Enemigo. Y esos enemigos sí eran verdaderos, pues mataron a 350 000 americanos, buena parte de ellos con armas fabricadas por empresas del grupo Thyssen con la ayuda H. Walker y Prescott, lo que constituyó un acto de traición a su patria. 

Pero también violaron la Ley de Comercio contra el Enemigo el clan Rockefeller y sus empresas subsidiarias en Alemania, que se mantuvieron activas durante la contienda y, una vez finalizada esta, el Chase Manhattan, su principal institución financiera, acabó siendo propietaria del 31 por ciento de las acciones del grupo Thyssen, valoradas en 50 000 millones de dólares.

Por lo menos una docena de otras corporaciones norteamericanas también ayudaron a Hitler, por ejemplo la General Motors, matriz del grupo germano Opel; la General Electric Co., principal accionista de la Compañía General Alemana de Electricidad; Dupont de Nemours, asociada a la I.G. Farben, productora del gas Ciclón B, utilizado para el exterminio de millones de seres humanos en los campos de la muerte; entre otras. ¡Entonces, ¿quién es el verdadero enemigo?

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