Cuando Sancti Spíritus se fue a la manigua

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En 1875 regresan los espirituanos a paso de carga a Las Villas bajo el mando del Generalísimo Máximo Gómez.

Tres meses y 27 días después del histórico Grito de Independencia o Muerte dado por Céspedes en La Demajagua, Sancti Spíritus se levanta en armas contra España en varios puntos de la jurisdicción espirituana

Intempestivo como trueno en cielo despejado sorprendió a los espirituanos el pronunciamiento independentista hecho por el abogado manzanillero Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, en su ingenio La Demajagua, que, por su apresuramiento motivado por razones de seguridad, no estuvo bien coordinado en tierras orientales, mucho menos en el resto de la isla.

Con los meses, aquella insurrección de apariencia localista se extiende con fuerza en Oriente, salta el 4 de noviembre al Camagüey, e incluye el 6 de febrero de 1869 la comarca espirituana, donde se producen varios levantamientos simultáneos en distintos lugares, lo que hizo más difícil a las autoridades coloniales la localización puntual de los rebeldes para intentar neutralizarlos. Las Villas, como provincia, se alza el día 7.

Según refieren los cronistas, Honorato del Castillo y Cancio se pronunció en Jobosí, al este de la ciudad, al frente de un grupo numeroso de sus seguidores; Marcos García se subleva con cientos de hombres al poniente de la villa, no lejos de Banao; Néstor Leonelo Carbonell lo hace cerca del poblado de El Jíbaro, Leonte Guerra en Morón y Serafín Sánchez, al frente de 45 hombres, en la finca Los Hondones, cerca de Bellamota.

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Honorato del Castillo y Cancio fue el principal impulsor del alzamiento múltiple del 6 de febrero de 1869 en la jurisdicción espirituana.

ANTECEDENTES DE UNA GESTA

Entre las muchas causas de la Guerra del 68, o de los Diez Años, las hubo de origen político, económico, estructural, social y de otro tipo, entre ellas el factor psicológico, pues el régimen colonial que España mantenía en Cuba, con sus persistentes arbitrariedades y abusos, estaba desfasado en muchos aspectos con la realidad que emergía en América y el mundo. La esclavitud como base del sistema socioeconómico imperante en la isla había para entonces devenido aberración y obsolescencia, sobre todo después de la Guerra de Secesión en Estados Unidos (1861-1865), que terminó con la derrota del sur esclavista.

En lo económico, Cuba era afectada por la crisis desatada entre 1857 y 1866, que golpeaba duramente el comercio de la isla, no obstante lo cual,  España, para financiar sus déficit y campañas militares —Norte de África, Filipinas, Fernando Poo, etc. —, imponía altos impuestos sin tener en cuenta la situación económica, dañada además por las políticas restrictivas al comercio y el monopolio ejercido por entidades de la metrópoli en su colonia.

El dinero desviado para otros menesteres ajenos al desarrollo de la nación, tan necesitada de inversiones para modernizar su industria azucarera, agudizó una situación ya de por sí explosiva.

A esto se unían factores de índole político, entre los cuales el fracaso de la Junta de Información en 1867 puede ser considerado el preámbulo de la contienda, donde ya se daban otras causas, como la negativa al derecho a reunión de los criollos, la prohibición de constituir partidos y la censura de prensa, ingredientes del caldo de cultivo esencial para las ideas separatistas, enunciadas por figuras como el presbítero Félix Varela, José A. Saco y otros destacados exponentes de la intelectualidad cubana.

LA SITUACIÓN EN SANCTI SPÍRITUS

Es hecho cierto que, a pesar de la represión de los cuerpos armados españoles, cuando estalla la Guerra del 68 existía en Cuba un movimiento más o menos incipiente de organización para el conflicto que se avecinaba. Según el historiador Segundo Marín García la Junta Revolucionaria de Sancti Spíritus estaba constituida ya a finales de 1868, compuesta fundamentalmente por intelectuales miembros de la clase media y el artesanado urbano.

Entre sus dirigentes, según Marín García, figuraban el médico y profesor Honorato del Castillo Cancio y Marcos García Castro, ambos intelectuales imbuidos de las prédicas de Luz y Caballero en el habanero colegio El Salvador, donde se formaron otros prominentes cubanos.

La Junta espirituana mantuvo contactos directos y sistemáticos con La Habana, de forma independiente a la de Santa Clara, en gran parte facilitados por la pertenencia de Honorato del Castillo, quien residía la mayor parte del tiempo en la capital, donde ejercía como profesor; junto a él y Marcos García, figuraban también en la citada junta, el historiador Rafael Félix Pérez Luna y Luis Alcántara, así como José Rafael Estrada, Juan Pablo Arias, Diego Dorado y Rafael Río Entero.

Llevado por la necesidad del momento, Honorato se traslada a Sancti Spíritus a fines de diciembre de 1868, con el pretexto de las fiestas de Pascuas y Año Nuevo y aprovecha para celebrar varias reuniones conspirativas; en uno de estos encuentros es sorprendido por las autoridades españolas, que lo ponen en fuga, lo que obliga al ilustre espirituano a pasar a la clandestinidad.

Pero antes Honorato había recibido en la villa a los comisionados del gobierno de Céspedes, con quienes ultimó detalles para establecer contactos con los alzados en armas en Oriente y Camagüey.

Cuando Céspedes se pronuncia en La Demajagua, la Junta de Sancti Spíritus acelera sus trabajos en un ambiente prebélico, pues uno de los futuros insurrectos, Valdés Urra, tomó Arroyo Blanco; otro, Bernabé Varona, atacó Guasimal, en tanto en la zona de Yaguajay se sucedían encuentros armados en el ingenio El Trapiche, en el río Jatibonico del Norte y en Mayajigua, mientras en Trinidad operaban alzados en el área de Sipiabo.

En la etapa final de los aprestos para el alzamiento, Serafín Sánchez, quien entonces contaba con solo 22 años, sostiene estrechos contactos con Honorato y lo mantiene informado de los preparativos que, según sus instrucciones, ha venido desarrollando en el área de su incumbencia.

Cuando se produce por fin el levantamiento del 6 de febrero de 1869, este repercute de inmediato en otros puntos de la jurisdicción y de la provincia de Las Villas, pues pocos días después se insurrecciona Yaguajay en coordinación con la Junta de Remedios, seguido de Trinidad, donde un grupo numeroso de insurrectos bajo las órdenes del patriota Federico Fernández Cavada inicia acciones en distintos puntos de ese territorio.

A raíz de la sublevación espirituana del 6 de febrero, sucedida al día siguiente por la de los villaclareños, se convoca una reunión en el llamado Cafetal González, en el valle de Manicaragua, para establecer la unidad del movimiento en Las Villas con dos objetivos capitales: pronunciarse de forma unánime contra la dominación de España en Cuba y desarrollar la guerra de forma unificada, algo que se logró en su primer punto, no en el segundo, pues a la larga prevalecieron el regionalismo y la improvisación.

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Serafín Sánchez y Marcos García durante la Guerra Grande. El segundo traicionó los ideales revolucionarios tras la paz ignominiosa del Zanjón.

APRECIACIÓN AL CABO DE 150 AÑOS

La sublevación espirituana y villareña de febrero de 1869 fue el comienzo de una epopeya de 10 años (1868-78), en la cual se pusieron de manifiesto el total desprendimiento, patriotismo y espíritu de sacrificio de aquellos hombres decididos a lograr la libertad a cualquier precio.

Ellos rubricaron con su sangre las más grandes hazañas, incluyendo desde las cotidianas escaramuzas y combates, hasta enconadas batallas como la de Las Guásimas (Camagüey, 1874). Obligados en 1871 al éxodo hacia el oriente del país por la falta de pertrechos de guerra y la concentrada persecución española, esas tropas combatieron denodadamente bajo las órdenes de los generales Ignacio Agramonte y Máximo Gómez y se destacaron de modo particular en las acciones de Palo Seco, La Sacra y en la toma de las plazas fortificadas de Nuevitas y Santa Cruz del Sur, entre otras.

En 1875 ya están de vuelta en Las Villas aquellas aguerridas huestes lideradas por el Generalísimo Máximo Gómez, con Serafín transformado en comandante, Carlos Roloff y Francisco Carrillo, entre una pléyade de curtidos oficiales. En aquellos gloriosos combatientes, como en otros —salvo Serafín—, hicieron presa, por la veleidad y falta de madurez política de algunos jefes, el regionalismo y el caudillismo que, al cabo de una década de esfuerzos y sacrificios incalculables, echaron por tierra el patriótico empeño.

Sin embargo, cabe hoy, al cabo de 150 años, la valoración mesurada, desprejuiciada y respetuosa con que se acercaron José Martí y Fidel Castro a la gesta de Céspedes, Agramonte y otros excelsos compatriotas, para reconocerles el indiscutible mérito histórico, conscientes de que fueron ellos quienes definieron con su impronta la epopeya que inauguró una época, marcando con sus hechos gloriosos la ardua y primigenia manifestación de la nación cubana.

 

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