Tengo sueños en la mochila

Confiesa José Manuel López, hijo de La Sierpe, terruño donde encuentra la inspiración que lo ilumina en su trayectoria como escritor y poeta

Llegué a La Sierpe para entrevistar a un poeta, a un escritor, pero encontré un cosmos de creatividad casi infinita en el diálogo con José Manuel López, maestro de raíz. Casi infinita, advierto porque, en la medida que él delinea oralmente cada texto, quien lo escucha puede casi palpar personajes y canciones.

“Tengo muchos sueños en la mochila y otro montón de sueños que no he podido convertir ni en tinta ni en papel, esos están en el corazón”, revela.

Licenciado en Geografía por vocación inequívoca desde 1993, y máster en Ciencias de la Educación por su cualidad de investigador implacable, José Manuel defiende el aula como un campo de ternura y abnegación; sabe, además, que en ese espacio donde las dificultades se multiplican se cuece mejor el heroísmo con humildad.

Alfabetizó en Honduras y en Colombia. ¿Recuerda esas misiones como experiencias de crecimiento profesional, o las evoca también desde otras aristas? 

Pude aprender cosas extraordinarias de la necesidad. A veces uno creía que a la gente no le interesaba y cuando tú le dabas ese producto la gente te recibía como a Jesucristo, porque te veían como embajador de la ternura, del amor. Ellos a veces decían: ¿Cómo tú, un profesional extranjero, vienes a tomarte un café con nosotros sentado en el lugar más humilde y más pobre? ´.

Y detrás de cada palabra, late un padre que desborda cada fantasía pensando en ellas.

“Tengo tres hijas que son mis mejores obras. La mayor es graduada de Música en la Escuela Elemental en trombón y hoy estudia magisterio. Las otras dos, una está en noveno grado y ha ganado en tres ocasiones, en el ¡Cuba qué linda es Cuba! en canto, y la más pequeña canta, actúa, baila y declama”.

¿Cómo usted valora su libro Verónica, 18 años después de haberse publicado?

Verónica responde al igual que el libro de Martí a una añoranza por la separación del padre y el hijo. Las circunstancias de Martí fueron excepcionales; las mías fueron por un divorcio bien manejado, pero esa separación me inspiró a hacer esta obra. Uno es un constante insatisfecho con lo que hace y adoro ese libro, pero a veces me digo: ¿Cuántas cosas más he escrito desde entonces que no están publicadas?, y lo que no se publica no se conoce.

Usted ha escrito canciones y obras de teatro infantiles, poesía libre, décima, cuento; pero, ¿por qué ha manifestado que apuesta más por la música?

Lo primero que debes tener en cuenta es que nada somos en la individualidad si no le aportamos a la colectividad y la música es un vehículo factible para que la obra sea de pueblo y pueda trascender en el alma y en las inclinaciones artísticas y literarias de niños y jóvenes, incluso de los padres.

Usted ha recibido críticas en los talleres literarios por el mensaje educativo que subyace en la mayoría de sus textos, ¿pudiera prescindir de ese estilo en sus creaciones?

No puedo desprenderme del maestro. Existimos personas que somos capaces de ver las cosas integralmente; más que una capacidad, es una actitud quizás con la que se nace. Por suerte, lo puedo hacer en el magisterio, lo puedo hacer en la poesía, incluso como delegado de circunscripción que he sido.

Actualmente, se desempeña como asesor de Ciencia y Técnica y de Relaciones Internacionales de la dirección municipal de educación en La Sierpe, sin embargo, ¿considera que durante sus años como maestro pudo ser un amigo más para sus alumnos como deseaba antes de graduarse? 

En alguna medida sí, porque uno a veces siente el calor de la gente. Una gran parte de mis clases las daba en el terreno y los alumnos conocían el medio ambiente: por qué la fosa desaguaba allí, cómo era el río ahora y cómo era antes, por qué había un fósil de cangrejo si no había mar, y a veces los alumnos te ven, te lo recuerdan y te lo agradecen.

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