Eusebio, la inmortalidad (+fotos)

El Doctor Eusebio Leal Spengler, quien falleciera el pasado 31 de julio a los 77 años de edad, deja un legado inigualable en la restauración y la conservación en Cuba. Durante sus visitas a Sancti Spíritus y a Trinidad elogió los valores patrimoniales de esas villas cubanas y apostó siempre por salvaguardarlos

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Eusebio Leal recorre el Centro Histórico de Sancti Spíritus en el 2013. (Foto: GARAL).

Fue un rapto. Aquello de tenderse boca arriba en el piso en cruz, como si se crucificara en las piedras de la calle, a riesgo de que la excavadora amenazante lo engullera también y lo escupiera más allá junto a los adoquines, fue tal vez su primera declaración de fe… y hasta de amor

Era ese su delirio; similar al que apasionó a Emilio Roig de Leuchsenring, quien lo contagió también a él, tanto que lo hizo vivir y morir sin poder ni querer librarse nunca de ese idilio eterno con el patrimonio. Porque cuando Eusebio Leal Spengler se le plantó delante a Emilio Roig, su mentor, apenas tenía 16 años, no había alcanzado ni el sexto grado y lo único que ostentaba era una fascinación febril por la historia.

Y se fue esculpiendo a él mismo primero, antes que a La Habana, la ciudad de sus deslumbramientos. Estudió autodidactamente, poniendo un peldaño tras otro sobre sus propias insuficiencias, leyendo muchísimo, “huyéndole siempre a la temida realidad de mis innumerables faltas de ortografía, que debía ir venciendo” y gracias a una erudición que jamás reconoció.

Cuando se convirtió en el Historiador de La Habana, ya había conducido el Museo de la Ciudad de La Habana y había concluido lo que fue el cimiento de toda su obra posterior: la restauración de la Casa de Gobierno, antiguo Palacio de los Capitanes Generales y Casa Capitular.

Dicen que desde entonces empezó a vestirse de gris para entonar con la opacidad de los uniformes de los reclusos que le ayudaron a reconstruir el otrora palacio. Sería su atuendo de gala: lo mismo para convidarnos a desandar La Habana, que para dictar una conferencia en lo que a la postre convirtió en Colegio Universitario San Gerónimo, que para discutir las labores de intervención en tal edificio.

Vestía sombrío, aunque andaba iluminándolo todo. Donde había paredes descarnadas por el tiempo y la dejadez, colocó tesón y exquisitez para resanarlas; donde hubo edificios patrimoniales llenos de barbacoas y agravios constructivos, rehízo apartamentos y devolvió la prestancia de antaño; donde existieron edificaciones abandonadas, las apuntaló con talento y las convirtió en comercios, farmacias, hoteles, centros para adolescentes, ancianos o deambulantes. Resucitó a La Habana y salvó también, inevitablemente, a su gente. Mas, en ninguno de sus proyectos faltaba una piedra angular: su estética de la belleza.

“Lo bello siempre es una relación misteriosa entre nosotros y lo que admiramos”, revelaría a la revista La Tiza, donde también admitiría que su gusto se fue perfilando en lo simple: en los papeles de colores que le daban a recortar en la escuela o en aquella casa de la Obrapía donde los amigos habían reutilizado cajas y otros objetos para armonizar el hogar.

E iba moldeando tal concepción en cada obra: la Plaza Vieja de La Habana, el Centro a+ espacios adolescentes, el Capitolio, quizás el más dilatado de todos sus sueños y la última de todas sus intervenciones.

Pero entre las tantísimas rehabilitaciones emprendidas bajo su tutela, en cierta ocasión confesó que el monumento a todo lo que se había hecho en La Habana era la Basílica de San Francisco de Asís.

“Cuando yo era niño la Basílica era un ministerio, pero de adulto la conocí como un mercado. En él se aglomeraban montañas de verduras y en el centro había un frigorífico para guardar las carnes. Luego figuró como escenario para una novela televisiva. Al final, quedaron solo las pulgas y el olvido. El símbolo es, entonces, la Basílica, en el momento en que Fidel Castro entra, restaurada, y se quita la gorra frente al Cristo que pende del escenario. Ese es el momento que quiero recordar, el momento en que pudimos revertir el olvido, la destrucción y la vulgaridad, y triunfó la razón pura, aunque sea acaso romántica. Esa visión romántica del mundo es la única que puede revolucionar lo aparentemente perdido”.

Católico como era, con esa vocación sacerdotal inculcada por la madre, hizo de la capital cubana su templo; mas, no dejó de trazar, en cierta medida, el Plan Maestro de la restauración en la isla entera. Acaso por presidir la Red de Oficinas del Historiador y Conservador de las Ciudades Patrimoniales de Cuba; acaso por la inquebrantable necesidad de rescatar en todas partes la identidad.

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Eusebio asistió en Trinidad al primer taller sobre ordenamiento territorial de las ciudades patrimoniales. (Foto: Carlos Sentmanat)

SANCTI SPÍRITUS Y TRINIDAD: EN LA RUTA DE EUSEBIO

Más de una vez admiró la monumentalidad de aquella torre enhiesta en Manaca Iznaga y el rojo de las tejas de barro desperdigado en medio de las cañas que parecían empequeñecerse justamente bajo sus pies; entró hasta los patios de las casas trinitarias y caminó por calles y plazuelas sin evadir los tropiezos con las chinas pelonas ni los saludos espontáneos de los lugareños.

Conminó siempre a salvar intactamente aquella pieza museable que suele semejar Trinidad. En el medio milenio de la villa la voz cadenciosa del eminente historiador sacudía hasta las palmas de la Plaza Mayor con semejante halago: “Hermosa por su arquitectura, cálida y espléndida por su gente y por los múltiples talentos que ella ha reunido a lo largo de los años. Llegar a Trinidad es peregrinación”.

Sucedía igual en Sancti Spíritus: ora sucumbía en la vera del puente Yayabo, ora meditaba en la Iglesia Parroquial Mayor, ora abría una de las cien puertas del Museo de Arte Colonial.

“Una ciudad como esta, de tan arraigadas tradiciones patrióticas, literarias y musicales, con una arquitectura tan singular y diferente, es un privilegio para toda la nación”.

Iba dejando huellas por doquier: en las cartas que timbraba con su puño y letra, en los consejos valiosísimos que compartía con los arquitectos, en los empujes incondicionales que prodigaba a determinada obra de restauración, en la historia que narraba con héroes de carne y hueso.

guayabera donada por eusebio leal a la casa de la guayabera de sancti spiritus
La Casa de la Guayabera de Sancti Spiritus atesora esta camisa donada por Eusebio Leal.
(Foto tomada de Carlo Figueroa / Facebook).

UNA VIDA DE SERVICIO

Hay un hombre de gris sentado en medio de muchos que lo escuchan. Al fondo, la monumental edificación no achica su elocuencia ferviente ni el verbo que se alza y a ratos retumba. En el renovado Castillo de Atarés —una de las últimas obras concluidas a propósito de los 500 años de la villa de San Cristóbal de La Habana— está Eusebio en una silla, pero pareciera que estuviese parado; no necesita erguirse, es él mismo una majestuosidad. Es 14 de noviembre del 2019, dos días antes del añorado medio milenio de la capital, casi cuatro años después de que la existencia del eminente historiador empezara a estremecerse con el diagnóstico de un cáncer de páncreas.

“Perdónenme que haya tenido que estar un poco sentado, porque estoy un poco fatigado; pero la fatiga no es el resultado de lo que no ha podido vencerme, ni derrotarme, es que vengo caminando hace mucho tiempo, hace muchas décadas, hace muchos siglos, el verdadero misterio es que yo viví hace siglos en otros cuerpos y estuve aquí cuando se construyó el castillo. Muchas gracias”.

Fue una de las últimas actividades oficiales por los 500 de La Habana en las que su salud le permitió participar, pero había batido demasiados molinos como para rendirse. Jamás renunció a nada: ni a los proyectos por ambiciosos que fueran; ni al catolicismo, amén de los prejuicios que le rondaron; ni a la militancia en el Partido, pese a los cuestionamientos; ni a su martiano actuar; mucho menos a la vida.

“Llevado por una fuerza superior a mí vuelvo todos los días a la batalla —confesó ante las cámaras de Rusia Today—; la única dificultad es que a veces, más que antes, se me altera el pulso y no hago verdad eso que siempre dije: cabeza fría y mano caliente, que es lo que me ha caracterizado”.  

Y como siempre no hablaba, oraba. Iba declamando, transformando la realidad en una metáfora, palabra por palabra, conduciendo a todos por ese estado de gracia en el que habitaba. La misma elocuencia para hablarle a los reyes de España, a renombradas personalidades, a los niños que lo seguían en sus Rutas y andares, ese proyecto de su Oficina para redescubrir La Habana.

Aquel hombre enjuto iba desandando sus mismas huellas. Caminaba sobre una ciudad otra, la de sus ensueños, la que le fue carcomiendo la vida y retribuyéndole, tal vez, con tantas condecoraciones, Doctores Honoris Causa, reconocimientos…

Y el pasado 31 de julio hubiese conocido una Habana distinta. Si hubiese podido subir al techo del hotel Saratoga, como le gustaba hacer para contemplarla, vería al Caballero de París con una espiga de azucena en la mano y un cartel en el otro brazo: Siempre leal; sentiría un salitre acentuado hasta las lágrimas; advertiría unos balcones donde se izaron sábanas blancas.

No lo supo tampoco. Esa misma mañana un canario amarillo —el suyo, el que habitaba en el patio de su casa— amaneció muerto en la jaula. Fue un presagio, tal vez parte de su misma magia; minutos más tarde Eusebio también se despedía sin remedio de La Habana. Después, solo quedó un lamento batiendo entre tela y tela, de casa en casa y, en medio de tanto luto clarísimo, una silueta gris ondea y levita, como las sábanas, y sigue andando.  

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