Con una estrella en la frente (+fotos)

Este 14 de junio Ernesto Guevara de la Serna cumpliría 95 años de vida. Del niño que criaron Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna, sus padres, perviven desde las anécdotas más entrañables hasta los ideales

Fotos: Archivos Escambray.

Bajo aquel techo de madera abrió los ojos el 14 de junio de 1928 allá en Misiones, provincia de Argentina, en el hogar levantado por el padre con más sacrificios que recursos. Y la humildad lo cobijaría desde entonces. Para la familia y amigos sería Ernestito —pese a que en su inscripción llevara el mismo nombre del padre Ernesto Guevara Lynch—; mas, verdaderamente trascendería por aquella palabra tan argentina y reiterada por él: Che.

Del pibe que fue le maduraron las inconformidades, los aprendizajes, la obstinación por sortear cualquier obstáculo, la lucha contra las injusticias, los sueños libertarios, los ideales… tanto que le hicieron crecer como el guerrillero que conocimos e inmortalizamos.

Y toda persistencia pudo haberle nacido, acaso, en aquellos accesos de tos que empezaron a ahogarlo y a recurrir desde los dos años de edad después de aquel baño en la playa del Club Náutico de San

Isidro, adonde su madre Celia de la Serna lo llevó para aprender a nadar. Desde entonces aprendería, también, a lidiar con el asma, a andar con el spray en el bolsillo y a imponerse hasta a los regaños de los padres por su empecinamiento en no dejar de practicar ni el fútbol ni el rugby.

Podría ser arquero para no correr, pero nunca se sentaba. Podía ganar un partido de ajedrez, pero se desprendía a mataperrear con los muchachos de aquel barrio de Alta Gracia —adonde fueron a vivir para que el clima le mejorara la salud— aunque la fatiga lo ahogara después. Devoraba los libros de Sigmund Freud, José Ingenieros, Platón, Aristóteles, Bacon, Russell con la misma intensidad que años más tarde andaba en el cojín de aquella bicicleta a la que instaló un motor marca Micron y en la que recorrió más de 4 000 kilómetros por las provincias más pobres del norte argentino.

Era su temple la perseverancia. Se atisba en las anécdotas que desgranó luego su padre en el libro Mi hijo Ernesto y en el que narraba del niño al que mandaban a buscar a la cocina mate y de regreso tenía que cruzar una zanja para llegar al portal, la cual no paró de saltar hasta lograr que no se le derramara la bebida que traía entre sus manos. O en aquella determinación con que respondió a su progenitor ante la insistencia de los médicos de que dejara de practicar el rugby: “Viejo, me gusta el rugby y aunque reviente lo voy a seguir practicando”.

Guevara con sus padres.

El Che se iba esculpiendo, sin intuirlo, en su misma cotidianidad. En las trincheras que armó en el patio de la casa en Villa Nydia donde juagaba a la guerra española con sus hermanos y amigos; en el enfrentamiento a aquel patrón que se negó a pagarles lo que les debía a él y a su hermano Roberto después de trabajar en la recogida de uvas; en su vocación por sanar las dolencias del cuerpo de muchos y por curar las heridas de tantísimos pueblos del mundo.

“Nunca hubiera pensado que estas pequeñas inclinaciones guerrilleras fueran las determinantes posteriormente —confesaba su padre en un testimonio ofrecido el 11 de octubre de 1970—. Se unían en él dos cosas: el haber vivido en el campo, en contacto con la naturaleza, haciéndose experto en el dominio de ella y el haberse hecho, al mismo tiempo, un aprendiz de guerrero”.

Era esa su esencia. La que lo llevó a recorrer no pocos pueblos del mundo dando ruedas, a enrolarse en la travesía del yate Granma, a subir hasta la Sierra Maestra y defender cada loma o llano a punta de fusil y entereza, a ganarse el afecto de quienes lo rodeaban sin sentirse jamás un extranjero, a construir el modelo de hombre nuevo que él mismo fue.

Resultó la mejor herencia que legara a sus hijos y a quienes hemos crecido en la admiración que asciende cuando se conoce al hombre, al internacionalista, al justiciero que no enmarcan ni las fotografías icónicas.

A modo de testamento se retrataba a sí en aquellas líneas postreras que escribía a sus hijos a modo de dolorosa despedida: “Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones.

El futuro guerrillero, junto a Fidel Castro, en México, durante los preparativos del reinicio de la lucha armada en Cuba.

“Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario”.

Fue su autorretrato. Los mismos valores que le inculcaron inspirarían a sus hijos y a otros de generación en generación. El niño aquel de Celia y Ernesto fue el ejemplo de muchos y el guía de no pocos que conspiraron por sus mismos sueños.

Han pasado 95 años desde aquel alumbramiento entre madera y selva allá en la modesta casita de Rosario. Y uno mira y lo ve en todos lados: el serio guerrillero, con la melena revuelta, la boina ladeada sobre el pelo y con la estrella en la frente iluminándonos siempre.  

Dayamis Sotolongo

Texto de Dayamis Sotolongo
Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez por la obra del año (2019). Máster en Ciencias de la Comunicación. Especializada en temas sociales.

Comentario

  1. Único e Irrepetible

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